Miércoles, 23 de octubre de 2019

Lo volveremos a hacer

No hace muchos días, un matrimonio de Tarrasa presentaba una denuncia en la comisaría de los Mossos por la presunta agresión de una profesora a su hija de 10 años, que había tenido la osadía de pintar la bandera de España en un cuaderno y escribir en él: ¡Viva España!

<<Desde luego, no hay derecho. Montar todo un programa de odio a lo espa-ñol para que venga una mocosa fascista de 10 años y se permita el lujo de insultar salvajemente a Cataluña,…. hace pensar muy seriamente que algo está fallando. ¡Por ahí no vamos a pasar! ¡No podemos bajar la guardia! Y lo primero deberá ser, todos a una, negar la versión de la nena -que está manejada desde Madrit- y discul-par a la pobre profesora porque su actuación, si algo merece, es el apoyo unánime de toda la Generalitat. ¡Demasiado paciencia ha demostrado la dona, que no llamó a los padres de la nena para que sufrieran el escarnio de toda la sociedad! ¡Si no es-tán conformes, que se vayan de nuestra nación! >>

Que conste que este párrafo no contiene ninguna exageración. Si algún in-cauto mantiene la duda, basta con que siga cualquier medio audiovisual de los que ejercen diariamente su labor de propaganda en Cataluña para comprobar, una vez más, que la culpa es de “Madrit, on es tergiversen tots els temes”.

Lo que en cualquier país medianamente cuerdo sería considerado como una barbaridad, en el nuestro, cuando se trata del procés, es lo cotidiano. El refranero español, rico en sentencias muy acertadas, suele tener un montón de proverbios para definir cualquier estado de ánimo. Para la actual situación en Cataluña muy bien podría valer “aquel que diu”: Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente. Hace trescientos años que los catalanes – es verdad que no todos- escogieron la vía del victimismo para justificar su disconformidad con todo lo que suponga una situación de dependencia de la corona española. También es cierto que, para que nadie pueda tildarles de intransigentes, cuando se trata de recibir cantidades extra de los fondos de todos los españoles, no dudan en abrazarse a esa dependencia.

En la Guerra de Sucesión, Cataluña -no olvidemos que encuadrada en el Reino de Aragón- eligió el bando perdedor, y su derrota -no muy honrosa, por cierto- la utilizaron para inventarse la primera gran mentira: la derrota del bando partidario del archiduque trajo consigo una opresión personalizada contra los catalanes. Como en todas las guerras, el bando vencedor impone sus condiciones, y las represalias -que las hubo- fueron para todo el Reino de Aragón. Desde ese día, los secesionistas, que siempre fueron minoría, están poniendo en práctica – con tintes menos dramáticos, pero con la misma eficacia- algo que, muchos años después, los bolcheviques llamaron el agit-prop. Bombardear constantemente a la sociedad con falsos lemas - Goebbels también fue un maestro en este arte- llega a anular los principios de las masas convenientemente motivadas.

Lo que tradicionalmente ha sido la labor de una minoría, con la llegada de la democracia se ha transformado en una gran masa fermentada por la levadura ma-chacona del victimismo, hasta hacer mella en buena parte de la sociedad catalana y, no lo olvidemos, en no pocos círculos políticos internacionales. Aquel insignificante núcleo nacido a la sombra del falso héroe nacionalista Rafael Casanova -que distó mucho de ser un héroe y otro tanto de morir represaliado- ha conseguido dividir la sociedad catalana en dos bandos, casi equilibrados, producto de la exclusiva irresponsabilidad de los gobiernos nacionales que no han sabido, o querido, imponer el cumplimiento de la ley en cada momento. Unas veces, la disculpa era el chalaneo de unos votos nacionalistas necesarios para poder gobernar en Madrid. En otras ocasiones, gobiernos que disponían de la mayoría suficiente para gobernar, no se atrevieron a ser los malos de la película. Así hemos llegado a una situación tal que buena parte de la generación actual se cree con derecho a burlarse de lo que se ordena desde Madrid, si no es lo que se quiere desde Cataluña. Como hasta hoy han salido gratis todas las infracciones, porque se tenía el convencimiento de que “hablando se entiende la gente”, ahora resulta que el secesionismo exige un diálogo para debatir lo que está decidido de antemano. Y, si no se acepta esa forma de dialogar, es porque lo que se busca es mortificar al sufrido pueblo catalán. Los independentistas emplean la misma fórmula que aquel padre autoritario que, para tratar de enderezar a un hijo rebelde, después de propinarle un par de bofetadas, le decía muy serio ¡Y, ahora, ni una lágrima!

Cuando ese secesionismo recalcitrante, después de amenazar un día sí y otro también con la celebración de un referéndum para poder declarar la independencia de la República de Cataluña, vio que nadie adoptaba medidas lo suficientemente explícitas como para disuadirlos del intento, pensó que había llegado el momento de dar el paso definitivo. Había sido una dejación de funciones tan vergonzante que, cuando se quiso reconducir la situación, ya fue demasiado tarde. La propaganda había sido sabiamente empleada para sacar a la calle todo un “ejército” de jubilados, madres acompañadas de sus niños, componentes activos de organizaciones independentistas muy bien instruidos, y no pocos provocadores disfrazados de periodistas. Toda esta “fuerza” contó siempre con la tolerancia y la información que aportaban los Mossos. Ante una tenaz resistencia a cesar en la ocupación de espacios públicos y privados, y la clara dejación de funciones por parte de la policía autonómica, la acción de las FCSE no fue nada fácil. Para cumplir con la misión encomendada por los jueces, tuvieron que emplearse con firmeza y aguantar no pocas provocaciones. Esa “batalla”, cuando se emitieron los documentales debidamente cocinados, la ganó el independentismo a base de ofrecer imágenes que no siempre se correspondían con la realidad, y que nadie se preocupó en desenmascarar.

Después de dos largos años de intoxicación, se ha celebrado la vista oral ante el Tribunal Supremo, ya está vista para sentencia. La firme decisión del presidente del tribunal para cortar de raíz todo intento de tergiversar los hechos, unido a la desfachatez de no pocas declaraciones de testigos de la defensa y a la desafortunada labor de alguno de sus letrados, han evitado lo que se buscaba: trasladar la imagen de una justicia española nada independiente y, sobre todo, prevaricadora en el tema del procés.

Ya durante el alegato final, el presidente de Asamblea Nacional Catalana no tuvo ningún inconveniente en asegurar que, cuando llegue el momento, volverá a repetir su actuación. En estos días, una campaña de Omnium Cultural – la otra pata del independentismo organizado- ha conseguido autorización del Ayuntamiento de Barcelona para exhibir en los transportes públicos carteles en los que, entre otros lemas, se puede leer: ¡Ho tormarem a fer” (Lo volveremos a hacer). Es una muestra más del grado de arrepentimiento de los inculpados. Es verdad que entre ellos hay más de un estómago agradecido, con escasa iniciativa propia, que han incurrido en burdas contradicciones. Hay otros, sin embargo, tan comprometidos con la causa que, a pesar de la constatación de su culpabilidad, nunca darán marcha atrás por-que se quedarían sin argumentos para seguir viviendo del victimismo. Y no cederán porque, entre otras razones, están viendo claros indicios de que su permanencia en prisión cuenta con todas las papeletas para ser muy efímera. Todo un clamor de la izquierda está dando por seguro el indulto de los presuntos condenados. Ahí tene-mos al expresidente Zapatero que, no contento con su absurda intervención en la situación de Venezuela, se muestra partidario -no tiene valor para decirlo abierta-mente, pero lo da a entender- del inmediato indulto.

Pedro Sánchez, alejado del tipo de socialismo que impera en Occidente, pero mucho más ambicioso que Zapatero, necesita el apoyo de todos los que siguen considerando a los responsables como presos políticos para seguir en la Moncloa. Dentro de su propio partido, a pesar de las consignas tan patrióticas que lanzan en cada campaña electoral, hay numerosos “liberados” que, para no perder la nómina, siempre verán con buenos ojos lo que haga el ciudadano Sánchez.

Con estos mimbres tenemos que aguantar el futuro más inmediato. Y no po-demos ser optimistas. Con las exigencias que le plantean a Pedro Sánchez aquellos que deben sustentarle, tampoco él lo tiene fácil. El máximo responsable de un partido, que se muestra partidario de negociar los asuntos del Estado con organizaciones responsables de haber asesinado a sus propios compañeros de fila, una de dos, o necesita tratamiento médico – no es el caso-, o no es digno de ostentar ninguna representación. España no puede estar “en funciones” tanto tiempo, volviendo a ignorar las constantes provocaciones de los independentistas catalanes , o dando el visto bueno al continuo desprecio a las víctimas del terrorismo etarra. Necesitamos un gobierno que, fiel a nuestra Constitución, asuma la responsabilidad de gobernar para todos los españoles. Cuanto más tardemos, peores serán las consecuencias. El tiempo se encargará de certificar quiénes son los políticos que merecen la confianza de todos  y quiénes no.