Miércoles, 23 de octubre de 2019

Ana María Rodas y su Salamanca

 

 

Ana María Rodas (dcha. dela imagen) con los poetas Zurita, Bartolomé, Dobles y Ana Ilce Gómez en la Plaza Mayor (foto de Jacqueline Alencar)

 

Una ciudad dorada en la meseta castellana y múltiples querencias, entrañamientos en el corazón o en el alma, expropiaciones de rincones para atesorarlos en la memoria hasta el último de los días: Salamanca tiene muchos visitantes y muchos más turistas., lo cual es de agradecer mientras no se saturen los espacios de este museo al aire libre que es mi Luciérnaga de Piedra, la capital del Tormes.

 

Hoy quiero mencionar a la notable poeta Ana María Rodas (Ciudad de Guatemala, 1937), quien la visitó a mediados de octubre de 2005 y quien ha escrito varios textos en torno a esos días de octubre, cuando vino para participar en la Cumbre Poética Iberoamericana en representación de su Guatemala natal.

 

Y aunque la poesía centroamericana es poco conocida, salvo dos o tres nombres que se repiten hasta la saciedad, ella venía amparada por su excelente obra lírica, especialmente por el tono erótico y emancipador de la mujer, algo que logro imprimir en su libro ‘Poemas de la izquierda erótica’ (1973), una referencia ineludible. A modo de ejemplo, he aquí ‘Lavémonos el pelo’, un poema suyo de entonces: “Lavémonos el pelo/ y desnudemos el cuerpo.// Yo tengo y tú también/ hermana/ dos pechos/ y dos piernas y una vulva.// No somos criaturas/ que subsisten con suspiros.// Ya no sonriamos/ ya no más falsas vírgenes// Ni mártires que esperan en la cama/ el salivazo ocasional del macho”. Han pasado más de cinco décadas y pareciera escrito ayer mismo: pionera es, pionera será.

 

Pero los registros de su poesía son variados, no se circunscriben a la vertiente ya comentada. Aquí el poema ‘Un arco en Salamanca’, escrito en 2005: “Recostada sobre un arco de los que abrigan esta Plaza Mayor/ /son parte esencial de ella/ advierto cómo poco a poco las luces van menguando/ en silencio// Ese silencio que se abate sobre mí junto al frío de la noche/ y transforma/ este lugar que de día fue colmena/ en un silencio dulce que aumenta a medida/ que la luz artificial desaparece/ y le da paso a la Luna creciente/ delgada y tierna/ como naciente uña de virgen/ Horas atrás bajo el sol/las cuadradas piedras del patio de la Plaza Mayor/ zumbaban en sonido coral// A la escuálida luz que se va escurriendo entre la nada/ echo un vistazo a mi piel de mestiza americana/ y recuerdo/ la mañana// La estancia resonaba con palabras/ /rozaron la piel encrespada del Atlántico/ vuelo de pájaros inmensos/ susurros/ premoniciones/ que chocaron suavemente con la playa en la Península/ Una orgía de palabras// Dejo la Plaza Mayor/ me escurro/ por una calle aún más oscura/ alzo los ojos y muerdo las estrellas/ las devoro con pasión/ y camino sorbiendo los delicados jugos de la Luna// Veo hacia atrás y allí espera/ Fiel/ Poderoso/ con la fuerza que le dieron los siglos/ el arco de la plaza     aquel a cuyo pie esparcí/ mi amor por Salamanca”.

 

Hay personas que nacen y mueren en un lugar, y no muestran apego o afecto por el mismo. Pero hay poeta a quienes les basta unas horas o pocos días para sentirse parte de la ciudad o pueblo que conmueva su corazón. Ana María Rodas es una de esas personas, con el añadido que ella recordaba lo mucho que su madre le hablada, cuando niña, de la maravillosa Salamanca. Por ello tiene otros dos o tres poemas más en  torno a este refugio de Fray Luis y de Unamuno. Uno de ellos, que conozco, se titula ‘Lo que mejor recuerdo’ y trata sobre Antonio de Nebrija y su gramática castellana.

 

Ana María Rodas, quien fuera Ministra de Cultura de su país, es una poeta a la que  admiro. También por dejar constancia y esparcir “su amor por Salamanca”.

 

Poetas Iberoamericanos participantes en la Cumbre Poética Iberoamericana (Salón de Recepciones del Ayuntamiento de Salamanca, 2005)

 

Artículo de Alfredo Pérez Alencart en El Norte de Castilla