Miércoles, 17 de julio de 2019

El libro menguante

La noticia, que ocupa un espacio en el cada vez más amplio capítulo de lo trivial informativo, habla de que en España se editan “libros cada vez con menos páginas”, y el cuerpo de la información se nutre de declaraciones de libreros, editores y algún escritor (ni una de lectores), que quieren explicar-justificar ese descenso del número de páginas en la supuesta adaptación a los “gustos de los lectores” (?) en lo que ellos llaman “nuevos hábitos” de lectura, “falta de tiempo disponible para leer por la atención a las redes sociales”, pero ni palabra dicen de que, para muchos, el tiempo para leer ya no existe porque se utiliza en trabajar para poder subsistir con sueldos de mierda que pagan, precisamente, muchos de los grandes accionistas de las mismas editoriales. Y, por supuesto, ni se menciona en esa noticia que habla del “adelgazamiento” de los libros, el brutal, evidente (y deprimente) descenso en la calidad general en la novela, el ensayo, la poesía o la divulgación (y  la cantidad de chorradas en tapa dura, de tela y a todo color que se editan) y que, además de por esa progresiva reducción de páginas y el ni siquiera comentado abusivo precio de los libros, y por la saturación de las instancias literarias de la estupidez en forma de memorias, autoayuda, ediciones “para regalo” y otras escorias de la boca abierta, está convirtiendo el mercado editorial de este país en una especie de broma de mal gusto a mayor gloria del negocio editorial, publicitaria, mercantilista y alejada del sentido de la lectura, divorciada de la crítica de los contenidos (críticos en nómina de las editoriales, alabanzas mutualizadas, tiralevitas de oficio...), e ignorante del significado cultural que debería generar, cuya más lacerante muestra ha sido la última feria del libro de Madrid y la “información” periodística al respecto.

Coincidiendo con esa otra “información” sobre la reducción de la extensión de los libros que se editan en España (que algún posibilista alabará en aras de la conservación de los bosques..., al tiempo), una revisión somera de mi propia biblioteca (perdón por la auto-referencia), me recuerda una realidad que, de tan evidente, he tomado como obvia pero que es, sin embargo, el tristísimo indicativo del retroceso cultural español en las últimas décadas. Se trata de libros importantes, comprados hace décadas y cuya edición sería hoy imposible debido a la nunca reconocida pero evidente censura política, editorial e informativa a que ciertos temas, autores y obras están sometidos. Censura tácita, siembra estratégica de la incultura y la manipulación, que ha creado en España una “raza” lectora de poco más o menos, devota del bestseller y el nombre de campanillas, engolosinada por la nadería de tronos, sagas, culebrones seudoliterarios y famoseo en todos sus niveles; una actividad lectora no solo corta sino apocada, dirigida, intoxicada, resignada y convertida en patio de vecindad.

A vuela pluma, y solo como ejemplo de lo que hoy día sería imposible editar, y tal vez leer con la íntima libertad de querer hacerlo, acaricio en estas líneas los cuatro grandes volúmenes de la Historia del franquismo, de Bernardo Díaz Nosty y Daniel Sueiro, una impresionante obra comprada por fascículos en los años 1977-78, y que constituye uno de los escasísimos ejemplos de estudio riguroso, documentado, veraz y fiable (y valiente) del período más oscuro de la reciente historia de España; hojeo los libros de la editorial Hordago que clarificaron a finales de los ‘70 algunos de los aspectos más oscuros (y siniestros) de la última etapa del franquismo:  Operación Ogro –Cómo y por qué ejecutamos a Carrero Blanco-, de Julen Agirre, Txiqui-Otaegui, el viento y las raíces, de J.S. Erauskin, estremecedor testimonio sobre los últimos fusilados por el franquismo, o Burgos, juicio a un pueblo, de Lurra, un documentadísimo estudio periodístico sobre el proceso de Burgos contra los sindicalistas de Comisiones Obreras, verdaderos pioneros en la lucha por las libertades en este país; la Biografía del odio, de Manuel Salgado o La memoria cautiva, de J.A. Gabriel y Galán, son libros valientes, sinceros y de una utilidad indudable para entender la respiración de la posguerra española, hoy absolutamente imposibles de ver la luz... Libros que nos hicieron más clarividentes y, por tanto infelices, pero más libres, como ¿Quién mató a Julián Grimau?, de A. Rodríguez Armada y J. Antonio Novais, que la valiente Ediciones 99 puso en la calle en 1976 para denunciar la brutalidad policial en comisarías y cuartelillos, la tortura y hasta el crimen cometidos contra militantes comunistas ya muerto el dictador; La guerra de España en sus documentos y La España franquista en sus documentos, los dos sensacionales volúmenes de recopilación documental del nada sospechoso de radical Fernando  Díaz-Plaja, que contribuyeron a conocer los textos en que la infamia adquiría marchamo legal entonces y hoy sirven, todavía, de base y sustento a tanta indignidad; las dos obras fundamentales sobre nuestra historia, prohibidas durante la dictadura y hoy ocultas por la poquedad y la indiferencia, como La guerra civil española, de Hugh Thomas o La República española y la guerra civil, de Gabriel Jackson; las necesarias y esclarecedoras ediciones de obras tan fundamentales para nuestro auto-conocimiento como país y como sociedad como Historia de España, de Pierre Vilar, La noche que mataron a Calvo Sotelo, de Ian Gibson, El caso Almería, de Ramos Espejo (una exhaustiva investigación sobre un oscuro y sangriento episodio de triple asesinato policial), Descubro y acuso, de Eliseo Bayo, El mito de la cruzada de Franco, de Herbert R. Southworth... y tantos hoy silenciados bajo la verborrea que quiere reescribir una historia con la intención de borrar la ya verazmente escrita. Y uno descubre libros mucho más actuales que en esta sociedad española de charanga y pandereta (Machado –Antonio,claro- más actual que nunca) son ya imposibles para editar e incluso difíciles de leer por la molicie mental de la intoxicación en lo que está  o no está bien: El movimiento anarquista español, de Antonio Padilla, Elogio de la irreligión, de John A. Paulos, La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo, Breve historia de la corrupción, de Carlo Alberto Brioschi, Esta salvaje pesadilla, editado por Ricardo Robledo, Experiencias sobre el morir, de John Hinton...; tantos documentos de la historia, del pensamiento y de la reflexión (y de la libertad),  que hoy los jóvenes españoles adelgazados de inquietud como los libros de páginas, adaptados al resumen de quienes nada tienen que decir, dirigidos por la medianía de lo políticamente correcto y pastoreados por cabreros de la nueva realidad, no podrán ya ver. Ni leer.