Miércoles, 23 de octubre de 2019

Los frailes

Probablemente no haya en todo el mundo una riqueza literaria mayor que nuestra lírica popular. Y en este sentido, nadie como Gabriel Calvo para indagar, recuperar y difundir esta manera de expresión oral a través de historias condensadas en el folklore de nuestra tierra. No hay que esperar a que sea tarde para reconocérselo, porque en Salamanca tarde significa nunca. Y tampoco es aconsejable que la cultura llegue a los libros para conocerla, es mejor acercársela a la gente como hace Gabriel.

En esa lírica popular que con Gabriel Calvo vuelve a la vida diaria de hoy, vestida de ayer, abunda mucho la picardía. La frondosidad de las leyendas musicales de nuestra tierra no escatima trajines de frailes, curas, sacristanes, monjas, criadas de curas, mujeres de sacristanes, y una urdimbre de vodeviles claros y explícitos que al final es la mejor albacea de un costumbrismo que por otra parte se perdería en el olvido sino es por la difusión musical de Gabriel Calvo y otros como él.

Antes de seguir por este camino, tengo que confesar que hace poco mentí aquí mismo. Lo hice a conciencia, para que no me etiquetasen de anticlerical. Me acordé de que hace años, cuando yo viajaba constantemente por otros países y otras culturas, alguna vez lo hice con un compañero escritor para abaratar costes compartiendo habitaciones de hoteles. Hay una imagen de aquel compañero, con bastantes años más que yo, alto, enjuto, parlanchín. La imagen: yo despertándome en medio de la noche y él desnudo mirándose de pie en el espejo del armario de la habitación. No he visto en mi vida a alguien que pudiera ser más hermano gemelo de Don Quijote.

Pero lo que me queda de él, del Quijano que fue, no es su cuerpo de silbido antiguo, sino el consejo de no ser nunca anti nada, porque entonces pierdes de vista lo que importa al escribir: una aproximación a la verdad.

Mi exceso de celo por seguir los consejos del compañero de viajes me llevó a ocultar que las tres películas porno que quedaban de la amplia colección privada de Alfonso XIII (El confesor, El ministro, y Consultorio de señoras) están en la Filmoteca de Valencia ahora, pero durante años estuvieron en un convento donde los frailes las custodiaron como guardaron la memoria de la cultura en el Medievo.

Los frailes y curas, los monasterio y seminarios, al margen de su divinidad o no,  son pilares fundamentales en la historia de nuestro país. Y hasta muy tarde, hasta ayer mismo podríamos decir. Y hay una gran ignorancia en esto. Achaco a la ignorancia y no a otra cosa, la salida de tono de una compañera en la noche más feliz de mi editora. La presentación de mi libro había estado bien y yo, un poquito ocurrente. En la cena de después, mi editora me preguntó, risueña, si yo había sido seminarista. La compañera intervino para afirmar que a los seminarios iban sólo los pobres por un plato de comida.

Abundo ahora en la aclaración de que en el Seminario Menor de Linares de Riofrío (al que siempre estaré profundamente agradecido aunque hace muchos años dejó de existir), hacíamos un bachillerato de lujo para hacernos hombres y no curas. Que no íbamos por matar el hambre sino porque en la Sierra de las Quilamas aquel centro de cultura era un caldo de cultivo para ser mejores. Y que resultaba más barato, claro, que los colegios burgueses de la capital.

Hay que situar las cosas en su tiempo y en su medida. Es cierto que el Seminario Menor de Linares de Riofrío vivía un esplendor de libertad, comparado con Ávila o los alrededores. Allí tomó posesión de los helechos la iglesia de la alegría. Y en una España donde el nacionalcatolicismo gobernaba todo, en medio de los robledales en el albor de la montaña que coronaba el pico Cervero, aprendieron a vivir hijos de jornaleros sostenidos por becas, hijos de coroneles victoriosos con el poder de todas las vidas en sus manos, hijos de familias de abolengos a quienes un hijo clérigo les parecía un sueño,  hijos de campesinos salidos de las escuelas y los corrales, hijos de todos que en manos de un profesorado joven y rebelde (qué curioso, los tres profesores que eran laicos tuvieron luego una muerte violenta) se formaron en un ardor guerrero que Muñoz Molina sufrió en la mili y aquellos muchachos en la sola idea de la entrega.

Estoy hablando de seminarios menores, donde el objetivo era la formación académica en un bachillerato que no se daba en ningún otro sitio. Luego, si parte de aquella aguerrida tropa decidía probar suerte en una profesión eclesiástica, había de ir a la ciudad donde le esperaba el Seminario Mayor de Calatrava. Casi todos fueron desertando en ese fervor por encontrarse a sí mismos dentro del oficio de cura.

Han pasado muchos años, pero sospecho que alguno de aquellos curas profesores de Linares de Riofrío que luego tuvieron el carnet de comunistas, ya ejercían la pureza del comunismo. No mucho después, José Luis Martín Vigil escribió en el Novelty su libro “Los curas comunistas”. En cualquier caso, la mayoría sembraron en mí un concepto de la felicidad que no necesita subir al madero.

Mención muy especial para don Marciano Sánchez, el mejor profesor de literatura que hubo en todo el país. Yo amaba la literatura ya, pero él cultivó al alevín de escritor enseñándome todo lo que sé y publicando por su cuenta mi primer artículo en El Adelanto, periódico centenario de la provincia. Catorce años tenía yo, al empezar un oficio que luego ya no paré. Las veces que estuve en la universidad después no empeoraron lo que él me enseñó porque sus lecciones tenían las raíces recias como siglos de resistencia. (Recuerdo su veneración por Cela, y sobre todo por Cunqueiro de quien afirmaba que sería el mejor si no fuese tan vago).

Sí, los frailes han guardado las películas porno de Alfonso XIII, y esto lleva a muchas interpretaciones. Pero, a la hora de la semifinal, echo la vista atrás y me reafirmo en lo que soy gracias al Seminario Menor de Linares de Riofrío: un libertario probablemente sin Dios, pero que sigue amando aquel lugar y aquellas gentes de donde salí sabiendo muchas matemáticas, mucha química, mucha física, mucho francés, mucho latín, mucho griego y literatura ni te cuento, mucha audición musical, mucha urbanidad que te enseñaba a bajar o subir las escaleras con una señora y a pelar la fruta con tenedor y cuchillo.

Salí hecho un hombre para amar a los demás. Y no aprendí nunca a rezar el rosario.