Lunes, 16 de septiembre de 2019

Cuadernos de la dignidad

Luchar contra la tortura significa buscar su rastro entre las sombras, mantener la vigilancia sobre los abusos y prácticas del Estado, denunciar un poder que actúa en secreto y que, rayando constantemente la falta de legitimidad, lejos de limitarse a atemorizar, actúa con violencia.

Donatella Di Cesare

Desde la perspectiva del Estado, el ciudadano se ha convertido en un terrorista virtual. De lo contrario, no se explica el cúmulo de cámaras que nos vigilan en todas partes. Somos tratados como criminales virtuales. El ciudadano es un sospechoso, numerado, como en Auschwitz, donde cada deportado tenía su número”. Y lo más grave: “Después de Auschwitz, el presente”

Giorgio Agamben

Vivimos en una sociedad donde los más presionados para ser autónomos son los que están más privados de serlo. Y lo que es peor, las injusticias sociales y el más injusto sufrimiento humano, no parecen generar indignación moral ni voluntad política para combatirlos de forma equitativa y justa. La indiferencia es más peligrosa que la ira y el odio (Elie Weisel). La pedagogía del terror está enquistada en muchas sociedades, sobre todo en los lugares donde la pobreza es algo cotidiano, ante la indiferencia de muchos. Esto es lo que permite que la tortura siga existiendo. La mayor parte de la población no constituye el sujeto de los derechos humanos, más bien el objeto de los discursos sobre los derechos humanos.

Cada 26 de junio se recuerda el Día Internacional en Apoyo a las Víctimas de la Tortura, uno de los actos más aborrecibles que los seres humanos cometen contra sus semejantes, una de las mayores agresiones contra la dignidad humana. Al torturado se le niega la condición de persona y se le convierte en un mero objeto. La tortura se considera un crimen en el derecho internacional.

Está absolutamente prohibida en todos los organismos internacionales y no puede justificarse en ninguna circunstancia. En su declaración contra la tortura la ONU declara: “Todo acto de tortura u otro trato o pena cruel, inhumano o degradante constituye una ofensa a la dignidad humana y será condenado como violación de los propósitos de la Carta de las Naciones Unidas y de los derechos humanos y libertades fundamentales proclamados de la Declaración Universal de los Derechos Humanos” (art. 2 de la Declaración contra la Tortura de la ONU).

Desgraciadamente el uso de la tortura todavía está generalizado en el mundo. Según el informe de Amnistía Internacional del año pasado (2018), afirma que se tuvo noticia de torturas y otros malos tratos en muchos países, entre ellos Burkina Faso, Camerún, Eritrea, Etiopía, Mauritania, Nigeria y Sudán. Entre los aspectos positivos, en Nigeria se promulgó en diciembre el Proyecto de Ley contra la Tortura, cuya finalidad era prohibir y tipificar como delito su uso.

La tortura suele tener un lugar en la sombra, se ejerce entre bastidores, en lugares inaccesibles al público, perpetrada por agentes que se mueven bajo la sombra del poder. Tiene un carácter opaco de lo negable, debe saberse, pero no verse. En este contexto muchos gobiernos dedican más tiempo a encubrirla que a investigar los casos denunciados. En muchos lugares los torturadores actúan sin miedo a ser detenidos o castigados, sobre todo cuando es el propio gobierno quien está detrás de la tortura. La impunidad da como resultado que la práctica de la tortura se perpetúe y las personas que la sufren quedan desamparadas, según el informe de Amnistía Internacional.

Es en la tortura donde aflora la convivencia entre democracia y totalitarismo. Es parte de esa corriente que se sumerge de forma subterránea en la biopolítica arrastrando consigo la vida del homo sacer (Agamben), ya que no somos más que un pedazo de nuda vida frente al Estado. A pesar de la democracia y de los movimientos abolicionistas contra la tortura, no ha terminado de desaparecer. Ha cambiado de rostro, abolida por ley, hoy se ha convertido en una práctica clandestina a la sombra de la soberanía. Los gobiernos de muchas partes del mundo, rara vez investigan, enjuician y castigan la tortura como un delito grave en virtud del derecho penal. Pero su obligación es proteger a las personas frente a la tortura, garantizar que las víctimas obtengan justicia y castigar a los torturadores.

Como vemos en el mapa de la tortura investigada por Amnistía internacional, se corre más peligro de ser torturado en los países más pobres y los grupos sometidos a la exclusión y discriminación. También los niños, las niñas, las minorías étnicas o religiosas y las personas que pertenecen a grupos de oposición política están en riesgo de sufrir tortura. La violencia sexual es una forma de tortura utilizada como arma de guerra por todas las partes en los conflictos, como ocurrió en Ruanda, en los Balcanes, Colombia o la República Democrática del Congo.

En nuestro mundo “desbocado”, donde todo cambia con gran rapidez, debemos descubrir lo esencial del ser humano, y apostar por aquello que nos humaniza, a pesar de que se nos abra una realidad imprevisible y líquida. “Lo que mata no es la pasividad, sino la indiferencia” (Unamuno). La lucha contra todo tipo de tortura debe ser absoluta e inequívoca. No puede justificarse en ninguna circunstancia ni un estado de guerra ni en respuesta al terrorismo, la inestabilidad política ni a ninguna otra emergencia publica (Ban Ki-moon).

En el Día Internacional en Apoyo de las Victimas de la Tortura es una buena ocasión para la defensa de lo que nos hace más humanos y revela nuestra verdad por la defensa del hombre, luchando por prohibir la tortura y todos los tratos o castigos crueles, inhumanos y degradantes. La persona que ha sufrido tortura no puede sentir el mundo como su hogar. En el torturado se acumula el terror de haber experimentado al prójimo como enemigo, abortando todo atisbo de esperanza. La pasividad contra la tortura nos lleva a perder parte de nuestra propia humanidad.