Miércoles, 17 de julio de 2019

Luis y Diego

Aquí va otro encuentro/reencuentro como el que narraba la semana pasada: cada vez tengo más claro que la poesía y la amistad son una patria, un lugar, un tiempo.

Luis y Diego son padre e hijo; arquitectos y gente de letras, ambos, nos conocimos la semana pasada, aquí en México.

Todo empezó cuando Luis Carnicero, que así se apellidan, fue a Salamanca a presentar el libro de José María Muñoz Quirós, que nació junto a mi Intención de autor, en abril pasado, en la colección “Autores salmantinos” de la Diputación de Salamanca.

Por azares del destino, o porque la poesía es juguetona, o vaya usted a saber, mi libro cayó en manos de Luis, algo le llamó la atención y, por amigos comunes -gracias, Mariángeles- me contactó y nos vimos, aquí, a donde vino con Diego, su hijo, a dar unas charlas.

Los amigos de amigos son amigos, la amistad y la poesía son lugares comunes, concretos, en los que uno encuentra, se encuentra y se reencuentra.

Y eso pasó; en México ellos se reencontraron con otro Luis, Barragán, arquitecto al que los vi disfrutar desde mi coche, charlando, poniéndonos al día en una conversación que había empezado antes, aunque ninguno estuviéramos presente, y que seguirá, con nosotros, entre otros, con otros.

¿No me creen?, va un fragmento de esa conversación que por ahí anda, en poemas, en libros… En el otro que lee y en el que, sin saberlo, nos leemos, nos escuchamos, nos decimos. Y leemos, escuchamos y decimos a otros, lo sepamos o no.

 

…Y ya que prolongas tu sed en estas piedras

con el verso dado al aire

que no expira

sé la urdimbre de otro canto

en otras voces…

 

…Porque si la palabra labra

la palabra

–gracias, Julio–

el poema es nombre

que nombra lo que nombra...

Y lo que nombra

no puede tener nombre

y si lo tiene

Baruj Hashem,

no debe pronunciarse.

 

Ya les digo, Poesía…

 

@ignacio_martins

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