Viernes, 7 de agosto de 2020

Al vicio de pedir...

Mi señora madre, esa que no quiere ser citada en mis escritos, decía siempre que al vicio de pedir, la virtud de no dar. Nuestras madres, curtidas en la necesidad, en el ahorro y en estirar la ropa, las sobras, los restos, los recortes y hasta los bajos de los pantalones y el jaretón de las faldas, eran mujeres sabias y tenaces que hacían oídos sordos a las peticiones infantiles más machaconas y sin embargo, tenían un sexto sentido para oír y sentir la necesidad aunque no se dijera. Mujeres que se sentaban al filo de la silla para levantarse a servir, si es que se sentaban, con la mayor celeridad, porque cuántas veces hemos comido todos sin reparar en que la madre estaba o sacando la comida del fuego o yendo y viniendo sin sentarse a la mesa. Mujeres que jamás enfermaban, que acarreaban desde el mercado el peso de la alimentación de toda la familia sin que nadie les hablara de la dieta mediterránea ni de las virtudes de la correcta nutrición. Ellas hacían equilibrios con los lácteos, las frutas, las legumbres, la carne y el pescado sin necesidad de estímulos externos, mandaban hacer deberes sin meterse en mayores renglones y enviaban a la cama en junio a los niños bajando las persianas porque lo del horario de la luz no va con madrugar para el cole…

Mujeres que al vicio de pedir, contestaban con la virtud de no dar… esa que desde siempre, el partido socialista ha regalado a sus socios de la izquierda con mano de hierro en guante de seda. Una mano convertida en bofetón cuando IU le negó el apoyo a Vara en Extremadura y posibilitó el gobierno de la izquierda para sanear un poco el pesebre donde siempre escarban los mismos hocicos. Sí, reconozcamos que la falta de alternancia en el poder propicia ciertos clientelismos, pero claro, la voluntad del pueblo es soberana, y no hay de otra. Sin embargo, el reparto de los pactos nos ha dejado con ese sabor de boca de la inutilidad, del absurdo y hasta de un cierto ridículo en algunos lugares. Una sensación que quizás olvidemos con esa gestión acertada que todos esperamos mientras en el ruedo de San Jerónimo todavía andan a trancas y barrancas con un quítame ahí ese ministerio y vótame mucho pero eso sí, con puesto intermedio.

         A mí se me da muy mal el regateo y negociando soy un desastre. Las cuentas y los números, cuando sea rica, me lo llevará un gestor que seguro que me mete en un lío con Hacienda. Claro que luego pondré cara de estar viviendo en Andorra o en las islas de la charca del pueblo de mi madre y le echaré la culpa a mi gestor, que previamente se habrá llevado su buen tanto por ciento. Hay quienes no necesitan pedir un ministerio para salir airosos de toda negociación. Con resolver lo suyo tienen suficiente, lo malo es que aquí lo de todos ya sabemos qué apoyos compra, los de aquellos que encima, creen en las virtudes de la fuerza centrípeta. Y es que ya lo decían nuestras madres, al vicio de pedir… Yo por eso, cuando sea rica, pondré a mi señora madre a llevarme las cuentas para que yo siga gestionando los cuentos… eso sí, tendré que pedirle suelto hasta para ir a por el pan y escuchar a cada rato eso de la virtud de no dar.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.