Operación “Overlord” (y III)

            La semana pasada dejábamos una columna aliada entrando en las calles de París, exactamente, el 24 de agosto de 1944. El golpe propagandístico de esta acción – en parte, debida a que de Gaulle incumplió las órdenes de Eisenhower y ordenó a Leclerc desviarse hacia París – supuso, sin embargo, un indiscutible error estratégico.  En el “abc” de los tratados de táctica, se estudian las diferentes fases del combate ofensivo y se explica que el final de esa acción debe ser “la explotación del éxito” y “la persecución”. Desde el día 17 de ese mes, dos columnas aliadas habían conseguido copar más de veinte divisiones del Séptimo Ejército alemán en un espacio muy reducido de terreno. En ocasión tan pintiparada -y tan difícil de explicar-, la aviación aliada se encontró con una larguísima columna de vehículos pesados alemanes, en retirada -casi en posición de desfile- y sin protección aérea. Ni que decir tiene que los bombarderos Thunderbolt P.47 y los cazas A.A.F. se emplearon a fondo con las cabezas de esa inmensa columna, destruyendo cerca de mil vehículos y originando tal atasco que, al día siguiente, los Mustang y los Spitfire destruyeron otros tantos.

            A pesar de este duro castigo, un hábil contrataque de la 2ª División Panzer consiguió abrir una brecha en el cerco aliado por la que pudieron escapar más de un tercio de los efectivos alemanes. Si no se hubieran detraído parte de las fuerzas que atenazaban al Séptimo Ejercito alemán para dirigirse sobre Paris ni para la Operación Dragoon, es muy posible que la guerra hubiera acabado un año antes. Si en junio todo indicaba que lo verdaderamente importante era la ocupación de Normandía y Polonia, también es cierto que lo verdaderamente estratégico era el eje Berlín-Praga Viena. Era muy fácil deducir que si los aliados, que actuaban por el flanco occidental, eran los primeros en alcanzarlo, se podría soñar con una paz real y esperanzadora; pero si los primeros en llegar eran los rusos, sería una paz difusa y poco estable.

             Eisenhower tomó el mando de todas las tropas terrestres. A partir de este momento, la proporción de fuerzas de combate era de dos a uno, a favor de los aliados; en carros de combate y aviones, la proporción se disparaba mucho más. O Eisenhower desconocía esta desproporción -cosa poco probable-, o no supo aprovechar debidamente la fase de la persecución, o se creyó que estaba en una película del Oeste y pretendió convertir el paso de las Ardenas en otro galope del Séptimo de Caballería detrás de los indios. Por si fuera poco, los aliados habían aprobado el reparto anticipado de Alemania, en un plan que contemplaba el desmantelamiento de toda su industria y el traslado del personal fuera de Alemania para utilizarlo en trabajos forzados. Ante tan negro porvenir, hasta los millones de alemanes que no comulgaban con el nazismo pensaron que era mejor hundirse junto a Hitler que aguantar un asedio en clara desventaja. Lo que debía haber sido un verdadero paseo militar -reconocido por los propios alemanes-, se convirtió en una locura. Eisenhower nunca quiso admitir la opinión de Montgomery -partidario de asestar el golpe definitivo a través del Rhin, hasta ocupar Alemania aprovechando su clara superioridad en blindados-, y abandonó la idea del inglés para avanzar por la cuenca del Sarre y confluir con las fuerzas que operaban por el valle del Ródano. La potente contraofensiva alemana fue un último intento de Hitler de embolsar a lo mejor del ejército aliado para, una vez derrotado el enemigo, forzar la firma de un tratado de paz que dejara en el bando de vencedores a las potencias del Eje. Otro sueño del loco del Tercer Reich, empeñado en dar la vuelta a los repetidos reveses sufridos por Alemania en las dos batallas del Marne.

             El súbito contraataque alemán en las Ardenas puso al descubierto el peligro que escondía la estrategia de Eisenhower. A pesar de que el ejército alemán acabó sucumbiendo, el capricho de “Ike” costó a los aliados más de 70.000 bajas y el prestigio americano recibió en las Ardenas una afrenta tan dolorosa como la que había sufrido con el ataque a Pearl Harbour. Decíamos al principio de esta serie que, en la conferencia de Teherán, el único que tenía muy claro lo que quería era Stalin. Después de la batalla de las Ardenas, el secretario general del PC ruso pensó que si actuaba con diligencia, cuando volvieran a reunirse “los tres espadas”, a su ejército le daba tiempo a conectar con los aliados. Así que, por su cuenta, inició su avance hacia occidente. En menos de un mes, los rusos atravesaron Polonia para llegar al Oder y, un mes más tarde, Malinovski estaba en Viena -primera pieza del eje. Ya sólo faltaban Praga y Berlín. La capital alemana estaba muy cerca, tanto de los rusos como de Eisenhower y, aunque nada se había decidido sobre quién tendría el honor de ocuparla, los rusos ya habían transgredido lo convenido en Yalta. Si Berlín era ocupado por angloamericanos, situaría a EE.UU. y Gran Bretaña en condiciones ventajosas a la hora de firmar la paz. Eisenhower, el único militar de los tres responsables aliados, siempre pospuso los intereses políticos en favor de los estrictamente militares. Churchill se mostraba partidario de “arreglar pronto las cosas” para no convertir en fraude “la foto de Yalta”. Eisenhower, por su parte, pensaba que el enemigo estaba al borde de la derrota final y, según lo aprendido en su Academia, había que emplear los medios para aplastar al enemigo, y no ocupar ciudades vacías y en ruinas. Es decir, esta vez tampoco actuó como en París. Así pues, dejó Berlín en manos de los rusos y siguió avanzando por la izquierda hasta el Báltico, y por la derecha hasta Leipzig. Churchill estaba furioso, Stalin se frotaba las manos.

            Aquel lejano desembarco de la madrugada del 6 de junio de 1944, había costado un año de horrores -y errores- para acabar con el monstruo que resucitó el sueño napoleónico. Las consecuencias de esta victoria se transformaron en amarga realidad al comprobar cómo Stalin, el hijo de las tinieblas, había dirigido toda su estrategia a imponer su ego particular en más de media Europa. Viena, Praga y Berlín ya estaban en su poder, lo mismo que todas las ciudades importantes de la Europa oriental. Sólo Atenas pudo salvar los muebles. Rusia había conseguido avanzar sus fronteras más de 1000 km hacia occidente, y mil años de historia europea acababan de rebobinarse.

            Cuando EE.UU. y Gran Bretaña quedaron unidas a Rusia por las armas, ésta se convirtió en el mayor oponente bélico para su futuro. La triste realidad de esta contienda fue que, después de todas las calamidades y sacrificios que padecieron cientos de millones de personas para buscar la victoria de una causa justa, no se logró ni la paz ni la seguridad que se pretendía. Por si no fuera suficiente con lo sucedido en el teatro de operaciones europeo, la entrada en acción de Japón a favor del Eje -para tratar de compensar el apoyo ruso a los aliados-, quedó eliminada brusca y trágicamente en Hiroshima y Nagasaki. Este triste final abrió las puertas de Asia para que el comunismo se extendiera por China.

            Si las consecuencias políticas de las explosiones nucleares empezaron a ser realidad con los miles de muertos que ocasionó una sola bomba, las militares nos llevan directos a la pregunta: ¿Cuáles serán los efectos de cientos de ellas -cien veces más potentes- en una próxima guerra? A partir del 6 de agosto de 1945, los manuales de táctica y estrategia quedaron obsoletos. Es verdad que, desde esa fecha, todo han sido ensayos y amagos. Nadie se ha atrevido a emplear el arma atómica en el campo de batalla por miedo a las consecuencias. El verdadero peligro está en la mentalidad de uno de esos líderes sin escrúpulos, o sin cerebro, que sufra un cruce de cables y le dé por apretar el botón -basta con mirar hoy hacia Irán o Corea del Norte. Han pasado más de 70 años de contención, pero nunca había entrado en acción una nueva clase de guerra: la terrorista. Cuando el fanatismo revestido de radicalismo religioso se mezcla con la política, hemos visto que da lugar a decisiones muy trágicas. Ya nunca podremos tener la seguridad absoluta de no conocer otro conflicto generalizado. Dios quiera que ese día no llegue nunca.