Lunes, 19 de agosto de 2019

La plenitud del solsticio

            Pese a que vivamos de espaldas a la naturaleza, desde que, ya en la baja edad media y hasta hoy mismo, se consolidó la cultura urbana, no hemos perdido, a nuestro modo, la conciencia del tiempo estacional, por el que también nos regimos, en la medida en que nos lo marca el propio planeta en que habitamos.

            De ahí que sigamos celebrando el solsticio de verano, cristianizado en una fiesta de nacimiento, como es el de San Juan Bautista. La fiesta de San Juan tiene un carácter muy popular y, tradicionalmente, en el mundo campesino, ha estado marcada por una serie de ritos y de creencias relacionados con tres elementos importantísimos, que, de algún modo, tienen significación simbólica de regeneración de la vida: el fuego, el agua y la vegetación.

            Las hogueras de San Juan, encendidas en el primer momento de la medianoche en que comienza la fecha festiva, siguen vivas a lo largo y ancho de toda la península ibérica, desde el Mediterráneo hasta el Atlántico, desde el Cantábrico a las costas andaluzas, y siempre con el mismo significado de regeneración del tiempo, de desprenderse de todo lo viejo, de todo lo desgastado, de todo lo caduco, echándolo al fuego y que lo consuman las llamas.

            Pero había una antigua tradición de amanecer de San Juan y era que, antes de la salida del sol, había que ir a beber agua a siete fuentes y lavarse con tales aguas los ojos y la cara, para preservar la vista y mantener sano el cutis. Es, de nuevo, un rito de regeneración y de salud, vinculado con ese momento tan especial del solsticio de estío.

            Asimismo, al tiempo que se visitaban las fuentes, se recogían las hierbas y plantas salutíferas de San Juan, por su carácter medicinal, para vahos y distintos tipos de curas, en los momentos rigurosos del invierno. El saúco, con sus hermosos racimos constelados de flores blancas o de granas, era, quizás, la planta sanjuaniega más emblemática; pero había otras también.

            Hay un dicho de San Juan, que escuchábamos de niños en La Alberca, pero que también está recogido por Rodríguez Marín, en sus ‘Cantos populares españoles’, que alude, enigmáticamente, a la ignorancia del santo en el momento de la celebración solsticial: “Si San Juan supiera / cuándo era su día, / no cabría en el cielo / de pura alegría.”

            Este año, además, por los caprichos del calendario, al haber caído tan tarde la Semana Santa, se junta a la de San Juan, la hermosa y emblemática fiesta del Corpus Christi, que se celebra en el mundo campesino de un modo tan hermoso y solemne, con altares en las calles, con calles alfombradas de vegetación, con procesiones a veces sorprendentes (como la leonesa de Laguna de Negrillos), con balcones y ventanas pulidos con antiguos bordados (como ocurre en la Sierra de Francia, particularmente en La Alberca, pero también en Mogarraz), con orfebrería religiosa para los momentos especiales (custodias, cruces de guía, ciriales, incensarios, navetas…, todo un léxico litúrgico que aprendimos cuando éramos monaguillos).

            Las celebraciones del Corpus Christi y de San Juan Bautista forman parte de nuestro patrimonio histórico y cultural; un patrimonio inmaterial que, año tras año, se reafirma cuando llegan estos días que, en la finalización de la primavera y en los inicios del verano, gozamos de esa plenitud del tiempo, del que formamos parte.

José Luis Puerto