Sábado, 20 de julio de 2019

Cartas de los lectores

Treinta y cuatro tardes en Madrid

La Fiesta de la Tauromaquia no se acaba en Madrid por San Isidro. “que sería de la primavera española, de nuestra sangre y nuestra lengua, si dejaran de sonar los clarines dramáticos de la corrida”. Eso decía Federico García Lorca. Seguirán sonando los clarines por toda España. Donde no suenen, será por la intolerancia y la ignorancia de una clase política de ideología torcida, que no respeta las tradiciones las leyes y las sentencias judiciales. Y menos la libertad de los ciudadanos que quieren disfrutar de este arte tan profundo y español, que tiene como protagonista principal el Toro, el animal más natural y grandioso de la creación.

Así lo proclamo en verso el poeta Rafael Alberti, (de ideología clara y concreta como Federico): “El negro toro de España, /libre, al sol del redondel, /que nadie puede doblarlo, /que nadie puede matarlo, /porque toda España es el”.

La Tauromaquia está definida como conjunto de conocimiento y actividades artísticas, creativas y productivas. Incluyendo la selección del Toro bravo que confluyen en la corrida moderna y el arte de lidiar, expresión en la cultura tradicional del pueblo español. El arte, hay que “saber ver” sino, nunca podrás disfrutar ni valorar nada. El arte del toreo está unido con la vida, la gloria y la suerte, o la muerte. El ruedo de una plaza de toros es el escenario de los valientes. Allí se expresa el valor de la manera más plástica y espontanea sin ningún guion, se escucha la música callada del toreo, esa emoción mágica que convierte en belleza armónica la acometida de un animal bravío, noble, grandioso y único.

En la plaza de Madrid en treinta y cuatro tardes, han pasado a disfrutar 640.000 espectadores, un éxito memorable lleno de emociones, allí a ardido la llama de la libertad frente al mundo de los mediocres e intolerantes, que no conocen la historia, la cultura, ni la humanidad. Me he llegado a preguntar si los goces estéticos del arte de torear y la magia del ambiente de fiesta, me compensaban seguir sintiendo este maravilloso espectáculo de valor y sentimiento. Y mi balance final es rotundo: si desaparecieran los toros, la humanidad perdería un tesoro de la civilización. P.D. No estoy de acuerdo con algunas ideologías, pero defenderé siempre el derecho a expresarlas pacíficamente, para que de las mismas formas respeten las mías…

Maximo de la Peña Bermejo