Martes, 23 de julio de 2019

Nación, nacionalidades, regiones, etc. (2)

«… no puedo comprender qué país tan raro es España. Las costumbres populares y el ceremonial de la Corte son completamente extraordinarios. (…) Descubrí que cada gallo tiene una España y que la lleva debajo de las plumas».

(Nicolai Gógol. Diario de un loco)

Como venía diciendo, la pujanza de los sentimientos localistas en España va paralela a la endeble conciencia nacional del conjunto. Abordando de manera tangencial tan complejo asunto, empecemos señalando la chocante diversidad en cuanto a la definición que cada componente autonómico se da a sí mismo. Atendiendo a los estatutos de autonomía, resulta que en el Reino de España tenemos:

Dos ciudades autónomas (Ceuta y Melilla); una comunidad de régimen foral (Navarra); dos regiones (Castilla-La Mancha y Murcia); siete comunidades autónomas (Cantabria, Castilla y León, La Rioja, Valencia, Madrid,  Extremadura y Asturias, que también se titula “Principado”) y cinco nacionalidades (País Vasco, Andalucía, Aragón, Las Baleares y Galicia). Faltan Canarias, que son comunidad autónoma y nacionalidad a la vez, y Cataluña, que es nacionalidad y nación. 

No se trata de definiciones gratuitas, aunque solo sea porque reflejan la voluntad política y el carácter diferencial de cada una. Y porque la historia, a la que apelan la mayoría de los estatutos, da pie a la justificación de muchas de ellas, si no de todas. El rodaje de estas administraciones ha ido creando o fortaleciendo ese sentimiento regional o lo que sea desde que en 1983 se aprobara el último estatuto, que fue el de Castilla y León. Pero después de 36 años aún no está ultimado el esquema general esbozado en el título VIII de la Constitución –sobre la organización territorial del Estado– aun después de numerosos reformas estatutarias. Ni hay un consenso y equilibrio general entre las mismas comunidades, ni entre ellas y el Estado central. Hubiera debido gestionar ese asunto el senado, pero no ha sido el caso. Cuando Juanjo Laborda habló de reformar el senado, nadie hubiera pensado que se trataba de dotarle de sauna y piscina, como hizo.

Un eco de esta situación se ha dado en las recientes tomas de posesión de muchos diputados, senadores y concejales, que han asumido el cargo en nombre de la república catalana, la vasca o la española, sin olvidar a los que lo han hecho “¡¡por España!!”, como hubieran dicho los golpistas de los ochenta si hubieran entrado en las cortes para bien y no pegando tiros. Ni a López Uralde, que ha evocado “a todo el planeta”, sin duda pensando globalmente y dado que los problemas humanos son cada vez más universales y por ello deberían suscitar cierta solidaridad entre todos los miembros de “la familia humana”, como predica la ONU.

Pues España está en el planeta, ¿o no? Y también está en la U. E., lo cual exigiría así mismo cierta identificación emocional o moral con ella, aunque solo sea por el flujo de euros, directivas y mandatos que nos han enviado para cambiar y decidir aquí casi todo: las infraestructuras, las políticas económicas, ambientales, agrarias, exteriores… y la propia constitución (artº 135).

 La persistencia de particularismos o nacionalismos contradice esa unidad nacional española que la Constitución da por supuesta. El reciente revival nacionalista español, expresado en la aparición de un partido chauvinista de extrema derecha y en el paroxismo patriótico de la derecha (Partido Popular y Ciudadanos), sería muestra paradójica de esa misma debilidad del españolismo, al predominar en él la nota reactiva y hostil hacia otros nacionalismos –así como hacia la inmigración– y la incapacidad de formular nuevos “proyectos sugestivos de vida en común” para unos y otros, como hubieran dicho Ortega y Gasset y José Antonio, con perdón.