Martes, 16 de julio de 2019

Heredarás la tierra

Cuando Jane Smiley decidió escribir en 1992  sobre  el acto tantas repetido de la herencia, no consiguió que todo lo que parecía apacible desde cuatro generaciones antes perdurara en la siguiente. Para sorpresa de su protagonista -el viejo Larry Cook- aparecieron los sentimientos de venganza, de celos, de odio, de secretos soterrados insatisfechos tan propios de las obras shakespearenas.  Pero Jane Smiley es de California, nada que ver con nosotros.

En Santa Inés, durante mucho tiempo los árboles hablan solos su soledad de campana muda, y reina el bienestar de la rutina, tan apacible como inevitable. Sabemos que el tiempo se nos escurre y siempre nos parece demasiado rápido, sabemos que nos iremos, pero que nunca seremos cintura del olvido.

Detrás de nosotros - los viejos- hay una eternidad de herederos, y a los herederos (acabamos de verlo y vivirlo) les nacen ramas, esquejes y referencias, sólida esperanza de que la costumbre puede llegar a ser algo parecido a la eternidad.

Hemos terminado el quinto año de esa rara y hermosa manía de vivir una tarde de sol y sábado acompañados de nosotros mismos y de alguna gente que se perpleja al llegar de fuera y encontrarse con que el paraíso perdido de Milton estaba aquí, en el fulgor de los versos que saben mejor  que en cualquier sitio de las otras Españas, en la dulce tiranía de la música diferente, en la cena que todos y todas con amor ofrecieron, en la paz tendida de una noche que se alarga posío abajo hasta la vega y más allá, después de los crepúsculos más lejanos, en un universo de fascinaciones quietas que no queríamos acabar nunca.

¿Acabará algún día como le pasó al padre Larry Cook?

De momento estamos seguros en esta legión de herederos, muchachos y muchachas que alcanzan los 80 años y más y no se rinden. Y de la misma forma que un día convirtieron los corrales en jardines, se entregan alma, corazón y vida, a poner el espacio en movimiento. Y construir un día tan distinto, lozano e íntimo que se parece ya a un aniversario.

¿Y después?

Después vienen los Miguel y las Carmen, de 15 y 16 años. De momento sólo tenemos dos. Dos que ya han dado un paso al frente proclamándose guardianes de una costumbre que no hace daño a nadie sino todo lo contrario.

Detrás de estos dos adolescentes vendrán otros, siguiendo la estela de sus padres, de los nativos y de los que nos trajo de fuera el mestizaje. Bendita la hora en que todos entendieron que abrir las manos para los demás es la única manera de quedarse con la mejor parte.

Miguel y Carmen han visto entrar la pubertad por la puerta grande. Cómplices de sus padres, uno lleva apellido lorquiano (“al toro tengo que ir/ aunque vaya de prestado”) le dijo una noche de ansia y miedo al Chema Sánchez que veía inquieto. Y tiene nombre históricamente literario (Miguel de Cervantes, Miguel de Unamuno, Miguel Hernández,  Miguel  Labordeta, Miguel Delibes, Miguel Ángel Asturias, Miguel Mihura, Miguel Veyrat, etc).

Miguel Sánchez se bautizó de hombría de bien la tarde en que se puso delante del pueblo, no como un mártir de la canción, sino como una garganta plantada sola en un monte. Con ese gesto de arcángel, Miguel Sánchez estaba diciendo con la serena firmeza de los guerreros hijos de la paz: que laven las montañas, las casas y los árboles, porque todo está en su sitio y en calma.

Carmen tiene apellido perito en lunas, como su abuelo el labrador de más aire. Que sí, que este rayo no cesa, lo digo yo que sé husmear el talento de los tatuajes que vienen de familia, y Santos es un  hombres que se hizo querer en los ventarrones y en las pestañas del ansia.

Carmen Hernández está hecha de tierra buena y verde, para que crezcan la buena gente, los árboles y la música. Ni un atisbo de tempestad, ni un oscuro diluvio, sino la agüita bien caída para las albricias del porvenir.

Miguel Sánchez y Carmen Hernández, dos relámpagos que hablaron con la claridad de las pleamares nacidas por sorpresa, nos aseguran el futuro. Un futuro que pastorearán ellos y  otros que les acompañarán la aventura de vivirse en un pueblo que se habrá hecho otra vez nuevo.

Ellos dos encumbran la casa soleada de los abuelos que duermen amarrados a la costumbre de recordarse, algo que se lleva siempre mucho y bien en este pueblo, donde sonó en junio con fuerza la primavera.

Santa Inés para volver, sí. Siempre.