Sábado, 21 de septiembre de 2019

A toda velocidad 

“Al final, lo que quita el miedo a la muerte, no es la fe, es la edad”.

Un día más, estoy esperando la llegada del señor Manuel; los dos estamos parejos de edad, nos conocemos desde siempre y aunque no coincidamos en algunas apreciaciones nos tenemos respeto en nuestras opiniones sobre los divino y humano. Nos une también, nuestro aprecio por el vermú con anchoas que nos tomamos en el trascurso de nuestra charla que hace más llevadero el trascurrir mañanero, que cuando ya tienes mucha edad se hace tedioso y largo.

Ha llegado un tanto sofocado por la caminata, así que le dejo recuperar fuerzas y cuando le veo sosegado le pregunto, después del primer envite al vermú, que hoy acompañamos con un buen queso regalo de nuestro inefable amigo Vicente Holguera; integrante de la Peña-“Los Magníficos” y que es sabedor de nuestras debilidades gastronómicas.

Señor Manuel… ¿Cree que los dos estamos preparados mentalmente para esta fase de la vida en que nos encontramos y que desde el nacimiento nos parecía tan lejana? Y,  ¡Ya está aquí!

Cada vez se asombra menos de las preguntas que le hago de sopetón y sin misericordia, ya se va acostumbrando. Así que tras breve pausa me contesta: “Qué quieres que te diga; después de tantos años de brega. Todo ha cambiado y nosotros nos hemos hecho viejos a-toda velocidad- y sin darnos cuenta. Y esto es curioso, pues no nos enteramos, de cuando cruzamos la línea dura que separa la madurez de la senectud y posiblemente, esto mismo, la ha pasado a nuestros coetáneos. Y les pasará a los que ahora son jóvenes y que con el paso del tiempo y también sin “sin darse cuenta”  se verán inmerso en ello”.

Qué razón tiene usted señor Manuel; envejecer, la verdad, no tiene mucho misterio ya que nuestras células no dejan de renovarse y con cada división se produce un acortamiento de los extremos protectores o Telómeros del cromosoma. Y cuantas más divisiones más cortos los Telómeros y más viejas las células… ¡J…. con los Telómeros!

Sabes Anselmo; a mí lo que últimamente me preocupa de todo esto del envejecimiento es la gran cantidad de familiares, amigos y conocidos que se van quedando en el camino de la vida, consecuencia de esas trasformaciones en nuestro cuerpo. Sabemos que ello tiene que ocurrir, más pronto o tarde, pero nunca nos abandona la sensación de perplejidad que ello nos produce.

Y usted que lo diga. Y quiero contarle una pequeña historia al respecto: “Hace unos días, un domingo por la mañana, junto a mí esposa nos encontramos en una calle céntrica de la capital con otro matrimonio conocido. Pero que hacía mucho tiempo que no coincidíamos… y ya sabe usted que cuando esto ocurre siempre piensas en lo peor. Así que el encuentro, fue para nosotros y ellos, motivo de alegría. Antonio el marido y también conocido por “Morroño” siempre ha sido un personaje singular. Yo le conocí hace muchísimos años cuando repartía pan por las calles de la vieja Salamanca. Lo hacía montado en la grupa de un caballo de fina estampa, que en su lomo llevaba unas fuertes aguaderas de mimbre en las que iba el pan recién hecho. Os estaba diciendo que Antonio “Morroño” era ya, por aquel entonces, un personaje singular y “miaja” caradura no exento de castellano humor.

Así que una vez… en que Antonio de Arriba Montéjo “Morroño”, un repartidor de pan supersónico de los años 50 montado en caballo “El Blanco”, repartía pan, bollos y pan de “maquila”… Sí hombre era el que nosotros le hacíamos a las señoras que nos daban harina de la buena de “estraperlo” y resultaba un pan muy bueno, nos aclara “Morroño” con ironía manifiesta. Sigamos… Un día que repartía pan  por la Gran Vía montado en el caballo “El Blanco”, cuesta abajo y –a toda velocidad-, le hizo el “quiebro” a un guardia urbano que se le puso delante con mano derecha en alto para mandarle parar. El caballo no paró y continuó su alocada carrera. Pero el guardia le conocía de sobra yal poco rato en su bicicleta se presento visiblemente cabreado en la Tahona y y a voz en grito se inició el diálogo… ¿Por qué no has parado? Y “Morroño” en  seis palabras terminó la conversación… PORQUE EL CABALLO NO TIENE FRENOS. Así que el guardia le “cascó” 5 pesetas de multa.

Con risa fácil se ríe el señor Manuel; qué ¡tío este Antonio, a  toda velocidad, a más de 80  cuesta abajo y el caballo sin frenos!...

Pues sí señor Manuel, y hoy cuenta con-88-años de edad y pinturera presencia física; al final de nuestra charla no pude menos que preguntarle: Antonio ¿Cómo llevas esto de la edad? Y me contestó: Hombre; uno, con la debida sinceridad que no es más que una mezcla de resignación y en tardar, lo más posible, en llegar a lo que nunca se quiere y que va-a toda velocidad- ¡ya sabes! te diré: “Hay que reconocer la perdida de elasticidad de las paredes vasculares, que los huesos se hacen quebradizos y que duelen y se “tronchan”, el tímpano del oído se endurece y te quedas más sordo que una tapia, que el cristalino pierde fuerza y no ves a dos en un burro, ¿Quieres que continúe?...  Pues hay más y mucho más. Ha sido un placer volver a veros.

Lo mismo os deseamos “Morroño” y buena singladura.

Mi amigo el señor Manuel se ha quedado sin palabras. Síntoma que en él hay que resaltar. ¿Qué le parece si apuramos el vermú y este buen queso y nos vamos marchando; que hoy la mañana está revuelta, hace frío, y no hace nada de calor como para tener que buscar la sombra?

Dedicado hoy a nuestros amigos de la foto de grupo numeroso, algunos lamentablemente desaparecidos en este camino de la vida, de lo que hoy contamos. Los que quedamos aún; seguimos  luchando. Pues eso.