Lunes, 9 de diciembre de 2019

¡Qué miedo me dan los que tienen miedo al silencio!

Hace unos días le hicieron una entrevista a George Steiner, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades; al ser preguntado por la educación actual respondió que le daban miedo los niños que temían el silencio. Le he copiado la frase para titular este artículo, pero he sustituido niños, por “los que…”. Pues en nuestro país no solo muchos niños temen el silencio, sino también la mayoría de la población.

Los adultos que temen el silencio son los que inundan de ruido nuestras ciudades, nuestras calles, las discusiones, los medios de comunicación, el tráfico ruidoso. Los mismos que educan a sus hijos, a sus mascotas, en el ruido, los que crean vecindarios ruidosos.

Quizás no lo pueden evitar aunque se lo propongan, pues su primer objetivo en su existencia es comprobar a través del ruido que emiten que están vivos, que tienen un espacio en nuestra sociedad. El ruido es su medio básico de comunicación, característica común con la mayoría de animales, no los razonamientos a través del lenguaje, sino los gritos y los ruidos.

No solo me producen miedo, sino, sobre todo, quizás, pena, porque los ruidosos están condenados a no gozar de las más bellas manifestaciones de la naturaleza y de las más bellas creaciones de las mujeres y los hombres: una hermosa puesta del sol, un amanecer en el bosque, contemplar un buen cuadro, escuchar una sinfonía, un piano o una guitarra, oír al cuco o al ruiseñor en el campo nocturno, o una bonita voz cantando, o estar atento a los primeros balbuceos de un bebé, no pueden dar placer inundados de ruido. Simplemente no se puede. Ni siquiera leer concentradamente, o escribir, o hacer cálculos, o llevar una conversación “normal”, no digamos una conversación rica en intercambios, y mucho menos una conversación en grupo. Es imposible, por mucho que la tecnología nos lo facilite.

Una vez le preguntaron a Mozart qué es lo que más le gustaba de la música; su respuesta fue: el silencio. Sin silencio, sin silencios no hay música, no hay diálogo, no hay comunicación.

En esta pequeña y ruidosa ciudad de Salamanca a veces surge una Salamanca distinta: bella, culta, digna de ser cuidada y mimada. El viernes pasado, al atardecer, escuchamos un hermoso concierto al coro de Tomás Luis de Vitoria, en el patio de la Universidad Pontificia; los presentes pudimos gozar de unas voces, de unas letras de cánticos y poesías, de unos colores de atardecer, de unos sonidos del aleteo de las cigüeñas que sobrevolaban el patio…gracias al silencio que nos envolvía.

También la noche del sábado, los que nos acercamos a ver el espectáculo de luz y sonido al puente de Enrique Estevan, pudimos gozar de las imágenes proyectadas en las aguas del Tormes: el espectáculo se había concebido respetando el silencio de la media noche. Había voz y música, pero sin sobrepasar el nivel adecuado.

Para que  el ruido no se convierta en el amo, para anular la falta de salud que crea, para que lo positivo que el ruido evita,  surja, NO HACE FALTA  COSTE ECONÓMICO ALGUNO. Al contrario, la presencia  del silencio crea salud, riqueza, bienestar, trabajo bien hecho.