Lunes, 19 de agosto de 2019

Asalto a la intimidad 

Hay utópicos que hablan, en estos tiempos tan retrógrados, de asalto a los cielos, siguiendo una estela de mayo del sesenta y ocho que dudamos alcance y llegue hasta la actualidad. Más bien –y esto sí que es un fenómeno palpable y preocupante, pese a que la población adopte hacia ello una indiferencia llamativa– nos encontramos ante un poderoso asalto a la intimidad de cada ciudadano.

Las predicciones de 1984 de Orwell se quedan muy cortas ante el asalto a la intimidad que estamos viviendo, debido a todos los artefactos y artilugios tecnológicos de geo-localización, escuchas, espionajes, vigilancias y otras malas artes de acoso a la intimidad de las personas, tan fáciles de desarrollar, por otra parte.

El derecho a la intimidad está vinculado a ese valor abarcador, propugnado por el humanismo renacentista y defendido y adoptado desde entonces hasta hoy mismo por nuestras sociedades, que es la dignidad humana. El derecho a la intimidad está, teóricamente, protegido por la ley y, en nuestras sociedades democráticas, aparece relacionado también con las libertades fundamentales de que goza cada individuo, como son –y esto es bien sabido desde los planteamientos ilustrados– las de expresión, reunión y manifestación.

Todo esto, en teoría. Pero las amenazantes perspectivas orwellianas son ya una realidad. Y, si tecleamos en la red, para realizar las búsquedas que sean, todo ello va configurando, para ese monstruoso ojo invisible, una cartografía personal, que se utiliza –por instancias de diversos tipos, desde políticas, comerciales, publicitarias… o vaya usted a saber– contra nosotros. Y no digamos ya nada de lo manipulables que son las redes sociales, en las que están casi todos como borregos.

Vivimos, como decía Antonio Gamoneda en el título que puso a una antología poética de sus versos, “en cárcel invisible”. Y se están configurando sociedades de control, con ciudadanos controlados y fácilmente manipulables, a través de estrategias de mentiras programadas y de eslóganes interesados, para conseguir objetivos que van contra el bien común y a favor de determinados intereses.

¿Y qué decir –como apostilla– de los tejemanejes postelectorales, que tuercen, a favor de determinados intereses de poder, las votaciones populares, donde se desvirtúa el sufragio popular expresado en votos, y donde las promesas de renovación quedan tan lejos y tan burladas, y donde –es un mero ejemplo– un grupo con tres concejales ocupa la alcaldía de un municipio y al más votado con once se le deja al verlas venir?

No a los cielos, el asalto de que estamos siendo testigos, sin decir ni pío, es el asalto a la intimidad de todos nosotros. ¿Dónde queda, entonces, el valor de la dignidad, que Europa pusiera sobre el tapete de la historia desde el inicio de los tiempos modernos?