Jueves, 1 de octubre de 2020

Juan de Sahagún, el pacificador

Ira odium generat, concordia amorem nutrit

Juan de Sahagún es el patrono de nuestra ciudad y de nuestra diócesis. Por ello, sobre todo por ser el patrono de la ciudad, es popular y medianamente conocido. Claro que lo conocemos sobre todo por sus milagros, el del niño liberado del pozo amarillo, que da nombre a nuestra calle, y el de la pacificación o amansamiento del toro en la Calle de Tentenecio.

Otros toros más bravos tuvo que lidiar. Es el caso, sobre todo, de la pacificación de los bandos tradicionalmente enfrentados, con tristes resultados para cada uno de los dos partidos, que tenían por protagonistas a dos grupos de familias, los bandos de San Benito y Santo Tomás, irreconciliables entre si y que, además, proyectaban su influencia sobre las instituciones de la ciudad: Concejo, Cabildo y Universidad, dejando a la ciudad convertida en un hervidero de discordias y luchas. El gran milagro de nuestro patrón fue “el ajustamiento de paz” entre los caballeros de los dos bandos. Aún queda la portada de la casa de la “concordia”, donde se firmó el acuerdo de paz. En ella se puede leer todavía la frase que recoge el sentido de aquel acuerdo: “Ira odium generat, concordia amorem nutrit”, “la ira engendra odio, la concordia alimenta el amor”.

Pero Juan de Sahagún fue, además, un incansable predicador, promotor de la paz y la convivencia social y defensor de los derechos de los pobres y de los trabajadores y dependientes.

La obra de Juan de Sahagún fue reconocida por nuestra ciudad. Sus restos descansan en una urna de plata en la Catedral Nueva. Urna que “mandó hacer la muy noble ciudad de Salamanca a su costa”. Fue Pío IX quien lo declaró patrono principal de la ciudad y de la diócesis de Salamanca, junto con Santa Teresa de Jesús.

Si echamos una mirada a nuestro mundo, nos encontraremos con un montón de situaciones de guerra, de secuestros, de asesinatos, de discordias y desencuentros, cuya resolución no estaría mal que la encomendáramos a la favorable intervención de nuestro santo.

Baste referirnos ahora a los nombres de lugares que más suenan y que son normalmente por todos conocidos como lugares de guerra y de conflictos frecuentes: Gaza, Ucrania, Siria, Iraq, Sudán del Sur, República Centroafricana, Yemen… Y como conflictos, quizá los más conocidos sean los de Venezuela y Nicaragua, por más cercanos a nuestra historia y a nuestra cultura.

Conflictos de otro nivel, económico-políticos o comerciales, serían los planteados entre Estados Unidos y China, o entre los Estados Unidos y Méjico. Entre nosotros podríamos citar el conflicto planteado con Cataluña. Pero también las múltiples desavenencias y enfrentamientos entre partidos políticos de distinto signo, a los que es difícil situar en actitud de concordia y colaboración, con miras puestas en el bien común y no en los intereses de partido o de las personas que los regentan.

Ojalá encontráramos hoy Juanes de Sahagún que, con su predicación o intervención dialogante, lograran poner concordia entre todos los provocadores de conflictos. Quizá podamos colocar en esta perspectiva de pacificador al Papa Francisco que, con sus encuentros de oración por la paz entre líderes de distintas confesiones religiosas, o provocando encuentros entre jefes de diferentes conflictos, trata de llevarlos a la concordia, al perdón y a la reconciliación. Sin perder de vista las acciones de concordia y pacificación al interior de la misma Iglesia o entre iglesias cristianas y otras confesiones.

Juan de Sahagún: mira a nuestra Salamanca, nuestra España y nuestro mundo, y ejerce tu función eficaz de pacificador, como lo hiciste en tus tiempos con los partidos y familias enfrentados, con personas que incidían en actitudes de abuso de poder, y haciendo que los poderosos miraran a los humildes y necesitados y se vieran urgidos a ayudarles para salir de sus situaciones de miseria. Juan de Sahagún, ruega por nosotros.