Jueves, 19 de septiembre de 2019

Nación, nacionalidades, regiones, etc.

Gerald Brenan comienza su Laberinto Español  (1943) aludiendo a la fuerza de los sentimientos locales y regionales en España, paralela a la debilidad de la adhesión a la patria y al Estado. “España –escribe– es un conjunto de pequeñas repúblicas, hostiles o indiferentes entre sí, agrupadas en una federación de escasa cohesión”. Un siglo antes Richard Ford decía algo semejante: “sería muy difícil afirmar una cosa, por sencilla que fuese, de España o de los españoles que pudiera ser aplicable a todas sus heterogéneas partes”. Tanto Brenan como Ford, buenos conocedores de este país, por el que viajaron o vivieron durante años, señalan así el particularismo político y los “hechos diferenciales” en materia de lenguas, costumbres, indumentaria, en fin, lo que entonces se llamaba folklore. Subrayan también las peculiaridades geográficas de la Península, empezando por lo intrincado del relieve. Nada de extrañar, teniendo en cuenta que el uno vivió en las Alpujarras y el otro recorrió el país en caballerías.

Entre uno y otro, y antes y después, no faltan testimonios que corroboran esa percepción de nuestro país o la amplían con nuevos aspectos. Por ejemplo, ya citando a españoles, tras el “desastre del 98” Joaquín Costa denuncia la falta de cohesión cívica y moral de los españoles, así como el deleznable sistema político gestionado por la oligarquía y el caciquismo, con una monarquía caduca, que aún apela “a la gracia de Dios” como fuente de legitimidad. Lo que le lleva a clamar: “no es verdad que la soberanía resida en la nación (…); no es verdad que el régimen político de esta sea el parlamento”. Y el catedrático de la USAL Enrique Gil y Robles (padre del líder de la CEDA), hablaba de “la masa inorgánica, desagregada y atomística que sigue llamándose nación”. En ese contexto, tenía poco sentido hablar de una nación española, aunque la palabra apareciera en textos legales y discursos públicos, lo mismo que la bandera.

¿Se enderezó y superó esa situación en el siglo XX? Evidentemente no mientras duró la monarquía de Alfonso XIII, que terminó sus crisis recurrentes y sus pucherazos con la dictadura de Primo. La II República volvió a intentar, como lo había hecho “la Gloriosa” de 1868, el asentamiento del sistema político sobre la soberanía nacional, la democracia amplia en cuanto a derechos y sujeto de derechos y las reformas sociales. Pero el lastre berroqueño de la oligarquía y del clericalismo y la misma falta de nacionalización de las masas hicieron imposible ese empeño. A la “Niña bonita” no la dejaron llegar a ser adulta y fecunda: antes fue violada y asesinada. Luego vino el franquismo.

A la muerte de Franco no había una nación española propiamente dicha, si entendemos la nación como un conjunto de ciudadanos libres que optan libremente por un sistema de convivencia común. Durante cuarenta años se impuso un nacionalismo de cartón piedra, basado en visiones espurias de la historia, en el desprecio y el olvido de los vencidos en la guerra y en ceremonias y efemérides de mucho uniforme, bigotillo, incienso y vacíos discursos altisonantes. También hubo una asignatura de formación del espíritu franquista o algo así. Fue entonces cuando se radicalizaron los nacionalismos periféricos hasta llegar al punto de exigir el derecho de autodeterminación.

Llega la Constitución de 1978, sin embargo, y da por sentado que la Nación española ya existe como algo unitario y homogéneo políticamente. Pero, por si las moscas, blinda esa entidad otorgando al ejército la custodia de su integridad –algo que señalarán los sucesivos golpistas de los años ochenta–  y poniendo amplias mayorías de bloqueo (2/3, 3/5) a una reforma constitucional que la afecte. ¿Y es bastante eso para fundamentar y dar sustancia a una unidad nacional? Lo dudo. De momento los particularismos que señalaba Brenan se siguen manifiestando, si más no, en las denominaciones de las entidades territoriales españolas, que, según sus estatutos, se definen como nación, nacionalidad, comunidad autónoma y/o histórica, región, ciudad autónoma o comunidad foral. (Continuará).