Jueves, 27 de junio de 2019

Nocturnidades

Los periodistas tenemos muy mala prensa. Nocturnos y mensajeros, los de antes formábamos una tribu mixta con los cómicos y las mujeres pasajeras. Cuando hace cincuenta años yo me incorporé a esta vida, estaba muy mal visto que un periodista se levantase antes de las dos de la tarde. Eso era antes, claro. Porque enseguida llegó el pluriempleo. De todo ello, yo saqué una consecuencia: la gente de la noche era mucho mejor que la otra tan correcta viviendo como Dios manda, incluso en los horarios. Porque cuando yo volvía a casa rendido pero feliz, ellos hacían el viaje contrario con cara de náusea camino del trabajo.

Cuando mi editora de hoy me pregunta cómo se puede vivir de escribir durante tantos años, le digo que con una maleta en la mano y durmiendo durante ese medio siglo solamente cuatro horas diarias. Así no te mueres de hambre pero al final casi no tienes dónde caerte muerto, como Celaya. Y mientras, el portero de mi casa creyó que yo era panadero hasta que un ictus tremendo hizo que su mujer le abandonase y él mismo acabó por abandonarnos a todos sin saber que yo de pan sólo conozco el trigo que segué de chico con una hocina. Un día el trigo dejó de existir. Para subrayar mi caricatura, tengo que decir que en el suburbio de paz adonde nos trasladamos a vivir cuando nos nació un hijo, mi  mujer pasó muchos años por ser una madre soltera.

Ya al atravesar la puerta de un oficio tan sencillo que consiste en contar lo que pasa, te dabas cuenta de que debías guardarte para ti el noventa por ciento de lo que sabías que estaba pasando. Y de que en la intendencia diaria de vivir en esa constitución de costumbres pasaban siempre cosas raras. Como la de cobrar tu primer sueldo y ver que había descuentos inexplicables. Acudías al pagador y te aclaraba: esto es para el loro, esto es para el palco, esto para las bodas.

Porque efectivamente, había un loro en la redacción, un loro que cuando sonaba un teléfono volaba hacia él gritando ¡cabrón! La única palabra que se sabía. Lo que yo ignoraba es que el loro estaba en nómina. Había también  un abono anual para el palco de un cine. El carnet para entrar y la llave del palco estaba en un casillero de donde los podías coger si lo necesitabas. Eran tiempos donde en pensiones y hoteles pedían el libro de familia a las parejas y esto resultaba siempre un inconveniente. Lo del palco del cine lo retrata muy bien Cela en “La colmena”, no recuerdo si en la versión de Mario Camus es Ana Belén o Victoria Abril quien se levanta del suelo, se sube las bragas, después de copular allí con su novio (la puerta estaba cerrada por dentro, claro) y dice: esto ni es amor ni es ná. La partida para bodas era  un remanente, como en las comunidades de vecinos, para cuando alguno se casaba. Se le entregaba lo ahorrado entre todos para que se comprase los muebles, o parte de ellos, de su nueva casa.

Quizás lo que más ilumina ahora que el tiempo ha pasado y se ha convertido en viento toda aquella extrañeza, es el candil de las tertulias mientras esperabas sin sospechas que amaneciera y la noche pasara a mejor vida.

Tertulias en casa de Ana Diosdado  donde las delgadas paredes no impedían que nuestros bisbeos molestasen a los obreros que madrugaban. Y protestaban. Tertulias donde Carmen de la Maza tocaba madera cada vez que se mentaba un divorcio y miraba a su marido Agustín Navarro, un director de sus propias películas y parte las de Berlanga, que había sido profesor de literatura de Carlos Saura.

Allí donde Josefina Rodríguez era tan intransigente con los matrimonios desiguales intelectualmente y para ella resultaba un enigma que un hombre y una  mujer se casasen si no estaban culturalmente al mismo nivel. Probablemente esos debates eran tan fecundos que allí mismo nació su novela “El enigma” que publicó cuando Ignacio ya había muerto y ella tomó su nombre y pasó a ser Josefina Aldecoa. (Para mí sí era un enigma que la dictadura dejase fundar su colegio Estilo que mantuvo vivas las bases de la Institución Libre de Enseñanza).

Quizás se ama más cuando se ama lo diferente, era una argumentación que yo quería creerme. Y al  mismo tiempo pensaba y repensaba cómo sería la fusión de un hombre llamado Rafael Sánchez Ferlosio con una mujer llamada Carmen Martín Gaite. Y de lejos llegaría después el amor inviolable de David Bowie con la bellísima Imán, una modelo a quien los asesores de imagen intentaron hacer pasar como una pastora pobre de cabras de Somalia, y en realidad era una mujer culta y rica que hablaba cuatro idiomas,  hija de un diplomático.

Fuera de las casas y las multiplicaciones de tantas palabras, estaba la noche de Madrid que se asentaba en una moral de disturbios en las relaciones tan distinta a la que habían implantado el nacionalcatolicismo, Carmen Polo, y sus amigas con La Camila al frente.

En las noches de Madrid ya no estaba el ronroneo de Ava Gardner en Chicote, pero sí la imparable presencia de María Asquerino que tenía reservado su sitio en el pub de Adolfo Marsillach. Y en las noches de Madrid intentaban ser felices plumillas y cómicos, mientras La Ponte y Maruja se tiraban de los pelos en un garaje por el anarquista Agustín González, mientras ya sonaba como un himno de hojas verdes La Boheme de Charles Aznavour. A todos nos subía la bilirrubina. Tal vez por eso yo nunca conocí un sereno cobarde.