Jueves, 22 de agosto de 2019

Reverencias

“El rey propone a Pedro Sánchez como candidato a la presidencia del gobierno” es un titular que la prensa repite estos días y, al tiempo, una frase ofensiva para cualquier demócrata. A cualquier persona que se sepa sujeto democrático de un país que se dice libre, una de las imágenes que más pueden frustrarle y hasta indignarle, es justamente la de esta fotografía. Ésta o cualquier otra en la que se muestre cómo un representante elegido por el pueblo rinde pleitesía a quien ni ha sido elegido ni significa eslabón lógico alguno en la cadena institucional y representativa que posibilita la auténtica democracia real en la que la soberanía plena corresponde a la ciudadanía. En esta fotografía, que estos días se ha repetido con diferentes representantes políticos, se asienta y argumenta una de las razones del creciente descreimiento en la política, uno de los motivos por los que cada vez más gente considera que, en realidad, de su voto no depende realmente quién manda en su país, sino su turno de reverencias. La frase “El rey propone a Pedro Sánchez como candidato a la Presidencia del Gobierno”

Podrá argüirse, y así se hace aparentemente en estudios y hagiografías de corto aliento, que la legalidad de las normas que permiten a Felipe de Borbón ostentar la jefatura del estado español, ha sido establecida por la Constitución de 1978, y que la forma de estado, esa “monarquía parlamentaria” (cuyos términos se contradicen), ha quedado sancionada por el referéndum que la aprobó. Pero no se habla aquí de la ley (ese paraguas maleable -reléanse, como ejercicio de chamarileo legislativo, los acomodos “legales” de protección a Juan Carlos de Borbón a raíz de su abdicación-). Aquí se cuestiona otra legitimidad, la del derecho moral, la de quién tiene el derecho, y por qué, de imponer una forma de estado y un jefe de estado que convierten en súbditos a los restantes ciudadanos. Algún día habrá que debatir sobre el permanente papanatismo, cortedad y zalamería de los partidos políticos españoles respecto a la monarquía impuesta por el franquismo en 1969 y su negativa  a plantear algún debate que la analice. A la vista de la mediocridad argumentativa de nuestros hemiciclos, ha de sospecharse que ese debate habrá de aguardar a un crecimiento notable de la talla e inteligencia políticas... o un brusco descenso del servilismo institucional que se respira en este país. O ambas cosas.

Ya que la supuesta “legitimación” de Felipe de Borbón viene dada por la santa voluntad de su padre, al que “legitimó” la no menos santa del dictador Francisco Franco, no será ocioso aquí lamentarse y avergonzarse del babeo generalizado (babeo generalizado) de los medios de comunicación, opinadores, tertulianos, parroquianos, políticos de medio pelo y otros mozos de cuerda del folclore político-periodístico cañí, a raíz de la reciente “retirada” de la actividad “oficial” del citado Juan Carlos, cuya figura ha sido loada, encomiada, ensalzada, enaltecida y elogiada hasta niveles que traspasan el mismo rubor de la decencia y que, además, quieren construir un tan dulce relato histórico de su reinado, que sus excesos no solo califican la catadura servil del periodismo español, sino que por los cuatro costados revientan las costuras de la verdad.

La simpleza argumentativa de que se nutre la información en este país, cree que con titulares, etiquetas y pancartas, es decir, con la pura simpleza, se explica la realidad. Por eso también se etiqueta a quienes cuestionan, critican  o rechazan la monarquía como simplemente “antimonárquicos”, pretendiendo encuadrarlos en una suerte de minoría política marginal. Y no es así en absoluto. El rechazo a la monarquía no es en sí una opción política sino parte y umbral de una convicción mucho más profunda que incluye principios de respeto a la auténtica democracia, que contempla la creencia ética en la igualdad y el rechazo frontal a la subsidiariedad, a la sumisión y, de modo principal, la lucha por la dignidad de las personas, por su plena autonomía política y por el ejercicio sin trabas de la soberanía plena sobre  su país. Despreciar esa lucha es no entender la libertad, no querer entenderla o tomarnos por tontos. Que, a lo peor, es lo que pasa.