Sábado, 21 de septiembre de 2019

Hacia los ochenta

No todos los cumpleaños son iguales

En esta semana acabo de cumplir setenta y nueve años. Buena ocasión para hacer una reflexión sobre el paso del tiempo y la forma de vivirlo a lo largo de los años.

No todos los cumpleaños son iguales. Desde luego que no faltan las felicitaciones de los familiares, amigos y compañeros de convivencia o de trabajo profesional. Pero la reflexión íntima va mucho más allá de las simples felicitaciones. Aunque algunas te deseen aprovechamiento en salud y en avance del propio desarrollo humano y espiritual. Y otras te deseen que cumplas un año más o muchos más años, y que sean buenos, porque, si no, no merecerían mucho la pena.

Por otro lado, es claro que no todos los pasos de los años significan la misma cosa y de la misma manera para el que los vive. Los años jóvenes se viven queriendo hacerse mayores. Los años en etapas de edad superiores, aparte de pasarse cada vez más rápidamente, te hacen pensar más a fondo sobre el sentido de la vida, tanto en el pasado como en el presente y el futuro.

Por supuesto que sabemos que cada vez tenemos posibilidades y oportunidades de vivir un mayor número de años. Las cosas han cambiado mucho desde que la media de vida de los hombres de nuestro entorno era de 40 ó 45 años. Mientras que ahora nos encontramos cada vez con más personas que viven muchos años, incluso con razonable salud y bienestar, algunos de los cuales llegan y pasan de los cien años. Lo sabemos bien los que trabajamos cada día en ámbitos hospitalarios o en residencias de mayores.

El paso de los años, cuando superamos los números redondos terminados en cero, tiene un sentido de mayor peso y de una mayor comprensión de la trascendencia. Por eso, este año, en que el cumplimiento de los 79 años me ha situado a las puertas de los ochenta, para mí ha tenido un sabor y un sentido muy especial.

Además, los que trabajamos en el ámbito de los hospitales y residencias comprendemos más la debilidad de los que tienen que afrontar la enfermedad, y aun la muerte, especialmente cuando vamos avanzando en la edad y experimentamos cómo se pasan los años.

La postura ante la vejez y aun la muerte van viviéndose cada vez con mayor realismo. Vamos viendo, por ejemplo, cómo, a medida que pasa el tiempo, desaparecen familiares, amigos, conocidos que son más jóvenes, incluso mucho más jóvenes que nosotros. De modo que podemos considerar que el seguir viviendo y avanzando de día en día en una permanencia con salud, son con toda propiedad un regalo inmerecido y gratuito.

Por supuesto que, los que vivimos y nos situamos ante la muerte con algún tipo de fe, con sentido espiritual, e incluso con fe cristiana, nos enfrentamos a la supervivencia y aun a la muerte con una nueva visión más trascendente y con una visión más esperanzada ante el futuro.

Por supuesto que estas edades avanzadas nos ofrecen unas sensaciones de mayor peso, psíquico y aun físico. Pero, sobre todo, uno se va sintiendo cada vez más torpe, con una menor memoria y agilidad mental, con mayores despistes y limitaciones. Y no faltan “goteras” de todo tipo, y fallos físicos como roturas, caídas, golpes, etc., etc.

Por eso hay que contar con cultivar nuestra edad avanzada y activa. No por estar ya jubilados tenemos que dejar todo tipo de actividad; al contrario, debemos procurar mantenernos activos e incluso, si es posible, hasta productivos.

Sin perder de vista que, justamente la edad avanzada, nos da posibilidades de aportar nuestra propia experiencia en favor de los más jóvenes. Por supuesto de los nietos y biznietos y demás miembros de la propia familia, pero también es posible y conveniente compartir con otras personas más jóvenes que están abriéndose ahora a la madurez de la vida y al ejercicio de la responsabilidad familiar o profesional.

“¡Cumpleaños feliz…!” Cumplí los setenta y nueve. Empiezo a vivir los ochenta. Ya os contaré el año que viene, si Dios quiere.