Viernes, 18 de octubre de 2019

Madrí, Madrí, Madrí 

Madrid es el paraíso de los suicidas, la ciudad hembra llena de puertas para entrar y casi ninguna para salir. Pero también la mentira de Agustín Lara que le robó el chotis a su autor, el músico republicano Rafael Oropesa, huido a  México para salvar la vida pero con la intención de  volver. Por eso escribió en el chotis la frase “cuando vuelvas a Madrid”, y Agustín Lara se limitó a cambiar “vuelvas” por “vengas”.

Todos  los que se fueron en 1939 querían volver algún día y casi ninguno lo consiguió. (Todavía estamos esperando a Federico). Tampoco volvió el músico Oropesa. Así que ahí tenemos la estatua de Agustín Lara en la calle del Sombrerete para que la caguen las palomas, y ningún alcalde sabe qué hacer con ella, después de comprobar que estamos ante un trilero. Bueno, también los trileros tienen madre como el Julián de “La verbena de la Paloma”, la zarzuela más madrileña que se debe al salmantino Tomás Bretón. En este caso,  una ex novia  de Agustín llamada Clarita Martínez dice que fue su novio y no el español. Yo creo que las ex novias tienen mucho prestigio, pero también la tentación de mentir por el  amor que no se fue del todo, o por unos minutos de gloria en la tele.

Los alcaldes de Madrid han tomado pocas decisiones importantes, desde que Carlos III mandó construir la Puerta de Alcalá para que la cantasen Ana Belén y Víctor Manuel. Una de las órdenes más ruidosas la dio la alcaldesa Botella, a quien llamó Hacienda junto a su marido Aznar para ajustar cuentas. La Agencia Tributaria dijo que faltaban 300.000 euros. Botella mandó extirpar de mendigos el Madrid céntrico, porque afeaban el paisaje y espantaban a los guiris. ¿Qué puede hacer un mendigo en un suburbio? Pues ser más invisible, que es lo que pretendía aquella Botella a la que ningún madrileño eligió. Hizo con los mendigos lo mismo que con Hacienda.

Cuando yo llegué a Madrid hace 51 años, al día siguiente ya quería volverme  a Salamanca, como el músico del chotis. Y como él, me quedé. A ver, que salir de los brazos de una ciudad  novia bellísima y cariñosa para caer en la apología del feísmo, cuesta.

Lo  mismo le pasó al actor Javier Cámara cuando vino de su Logroño y entró en el metro. Dijo: buenos días. Y nadie le contestó. Al día siguiente volvió a entrar en el metro y volvió a decir: buenos días. Y de nuevo el silencio, un concepto que maneja mucho en su cine Basilio Martín Patino, y que forma parte de un Madrid siempre inverso. Javier me confesó que quiso marcharse a Logroño como yo a Salamanca, porque en una ciudad donde saludas y nadie te contesta, pues no puedes estar bien.

Hablo de un Madrid que tenía todo parcelado y en orden, menos el metro con el olor de  sus fiambreras de aluminio y las parejas metiéndose mano: se dejaban empujar hasta el fondo y allí, de Madrid al cielo.

Hablo de un Madrid donde la educación sentimental estaba reglamentada. Los municipales llevaban unas tablillas para las multas: 25 pesetas, un beso. Y la multa más alta -250 pesetas-  una fornicación. Así que esta última en un parque valía el doble que un alquiler de Banús. Pobres amantes fuesen gatos o de pueblo como yo.

Pero también estaba muy bien organizada la delincuencia. Los carteristas tenían (y siguen teniendo) sus territorios, lo mismo que los cárteles extranjeros esos de ahora que no han inventado nada. Cuando yo me casé y tuve niños, como vivía siempre con una maleta y una Olivetti bajando de un avión y subiéndome a otro, venía a casa a ayudar una señora. La señora tenía un marido carterista que operaba en la línea de autobuses más larga, la número 27 que va de Plaza de Castilla a Embajadores donde vive mi amigo el poeta tardío y gigante Paco Caro, y donde tienen su sede Antonio Huerga y Charo Fierro que editan libros para exponer luego en la Plaza Mayor de Salamanca.

No le pregunto a mi mujer cómo se llamaba la señora para que no se me sumerja en la nostalgia de su atronadora juventud que se fue también para nunca volver, como el chotis, como Cámara y como yo mismo. Sí recuerdo al marido carterista del 27. Era bajito y operado de cáncer de garganta. Tenía un agujero en el gañote por donde gruñía muy bajo pero con cólera  cada vez que le pillaban sacando una cartera de un bolso que no era suyo. El carterista, en ese trance de furia de titanes, impresionaba. Así que la gente se achantaba. Y luego la señora que venía a casa a ayudar echaba cuentas: hoy me llevo tanto dinero de aquí, más lo que ha sacado mi marido en el 27, este mes salimos por tanto.

Yo he estado unos días sin móvil. La gloria, oye. Como si hubiese estado de ejercicios espirituales con la prima Montse del Opus. El móvil me lo robaron por dar un abrazo a un desconocido. Y no fue en el 27 sino en plena calle. Entonces me sentí como un yahil, yihil, o gilhil, o sea: un gilipollas.

Pero ya se me ha pasado el disgusto y de nuevo tengo ganas de comer sin la copita de vino quina Santa Catalina que me daba mi  madre en el pueblo para abrirme el apetito. Cuando niño, claro.

Madrid y yo somos un matrimonio de conveniencia, como si yo fuese un rey y la ciudad, la consorte que necesito para las oportunidades, sean marxistas o no.

Pero el corazón tiene memoria y sigue -pongamos un ejemplo- en Edelweis donde jamás los sueños se estrangulaban a pesar de mi amigo Ignacio Bellido, un revolucionario de la psiquiatría española y un escritor salmantino con más de 40 libros, que bajaba de la facultad de medicina para disputarme el amor imposible y mirón de doña Lola y su hija. Ahora mismo no sabemos qué habrá sido de ellas. Y nunca supimos cuál de las dos nos gustaba más a aquel don Hilarión que fuimos los dos.

Mientras pasa la vida y se aleja la Plaza de Anaya, voy perdiendo de vista a todos los nombres que fueron caballos de agua luchando desde los versos por la libertad que hoy está en retroceso. O eso me parce a mí, un hombre cargado de años bisiestos  que se muere en la orilla.