Sábado, 21 de septiembre de 2019

La historia se repite

            Hace un año que Pedro Sánchez sacó adelante la moción de censura contra Mariano Rajoy, con 189 votos a favor (PSOE, Unidos Podemos, ERC, Compromis, PDeCAT, Bildu y Nueva Canarias) y 169 en contra (PP, Cs, Foro, UPN y la abstención de CC). De esta manera, el doctor Sánchez se convirtió en el primer gobernante español sin escaño en el Congreso, cuyo grupo parlamentario era menor que el del primer partido de la oposición.

            Como es natural, antes de que se sustancie toda votación, tanto los que hacen una proposición como los que se oponen a ella, mueven sus hilos para intentar los mayores apoyos posibles, “comprando” ese favor a base de contraprestaciones más o menos razonables -porque aquí nadie trabaja por amor al arte. No mucho antes de esa moción de censura, Mariano Rajoy había negociado el apoyo a sus Presupuestos Generales con los partidos teóricamente más afines. Entre sus potenciales “clientes” siempre se colocó el PNV -como antes había sucedido con Jordi Pujol. Después de conseguir lo reclamado dio su visto bueno a las promesas de Rajoy. Luego, todos conocemos la historia. Llegado el momento, el PNV tumbó a Rajoy con argumentos de tanto peso como la ética política y la responsabilidad. Es muy triste reconocerlo, pero en nuestros parlamentos hay que buscar con candil a los partidos identificados precisamente con la ética política y la responsabilidad. Salvo las corrientes surgidas en el siglo XXI ,unos por falta de tiempo y otros por no haber tenido ocasión, todos los demás tienen muy poco derecho a mentar la soga en casa del ahorcado. Así que basar sus decisiones en ética política y responsabilidad, a otro perro con ese hueso.

            Es cierto que nuestra etapa de Transición ha sido definida como modélica en más de un foro internacional. Generaciones enteras que no habían conocido lo que es una democracia, fueron capaces de sacrificar parte de sus principios para acercar posturas en busca de la convivencia y el bienestar social. Ni más ni menos de lo que ha sucedido en no pocas naciones que siguen hoy día conservando esos mismos criterios, a pesar de los enfrentamientos que ocasiona el normal desarrollo de la sociedad. En España, sin embargo, parece que nos hemos cansado demasiado pronto. Los pequeños reinos de taifas en que se están convirtiendo nuestras autonomías cada vez se preocupan menos del vecino. Cada cual va a lo suyo sin importarle nada los problemas que puedan tener los demás. Papá Estado tiene que acceder a mis peticiones y, si no llega para todos, que se aguanten. Los nacionalistas fanáticos ya van más lejos. Con unas políticas muy bien estudiadas, basadas en una educación tergiversada y en un bombardeo mediático, están empezando a recoger los frutos de la siembra bien abonada. Ya no hablamos de personas con escasa formación cultural y fáciles de embaucar. No. Ahora hay nacionalistas de sólida formación universitaria, capaces de enfrentarse a todos para asegurar que su “nación” saldría beneficiada ante una posible independencia de España. Unos lo dicen conscientes de que no es cierto, pero emplean la fórmula de Göbbels: Una mentira repetida mil veces, se convierte en verdad. Otros lo proclaman porque ya han sido abducidos. En cualquier caso, representan un verdadero peligro porque, hasta ahora, les ha salido muy barato hacer oídos sordos a las más elementales leyes de convivencia,… y a las otras.

            Tanto los seguidores de Jordi Pujol como los de Arzalluz, siempre procuraron aparentar alejamiento ideológico del resto de sus paisanos, en el sentido de declararse más razonables, dispuestos a colaborar, si fuera necesario, con el gobierno de Madrid y aparentemente menos violentos, a cambio de sacar pingües beneficios para sus territorios. Craso error. Ni la antigua Convergència y Unió de Pujol era menos independentista que la ERC de Junqueras, ni el PNV de Urkullu lo es que el Bildu de Otegui. La diferencia entre ambos está en que los nacionalistas catalanes ya se han atrevido a dar el primer paso independentista – veremos con qué consecuencias- y los nacionalistas vascos lo están cocinando.

            Si con un porvenir tan poco halagüeño coincide la presencia en el Gobierno de un personaje como Pedro Sánchez, es, como mínimo, para preocuparse. Cuando llegó a la Moncloa pretendió confundir a más de un incauto prometiendo rápidas elecciones, no gobernar con independentistas ni populistas y defender con uñas y dientes la unidad de España y su Constitución. Efectivamente. Todo era mentira. Ahora, con los mismos diputados que tenía Rajoy, pretende vendernos la misma burra, porque hay más de un listo que quiere comprársela. Es posible que, cuando sale con su Falcon fuera de nuestras fronteras, encuentre algún interesado -cada vez menos- en escuchar sus fórmulas mágicas, y algún ingenuo que se las crea. Aquí, en España, ya le conocen hasta los suyos. Pero es igual. Los que están muy bien colocados nunca le llevarán la contraria y los que se han quedado fuera de la foto no son escuchados. Para Pedro Sánchez sólo hay una cosa verdaderamente importante: no abandonar la Moncloa. Todo lo demás es accesorio.

            Visto el fracaso que han cosechado los sucesivos gobiernos en el tratamiento aplicado al serio problema del procés catalán, parecería lógico no tropezar en la misma piedra a la hora de tratar el tema del País Vasco. Cualquier intento de acercamiento a los miembros del PNV obtiene como respuesta inmediata -y larvada- la posibilidad de aplicar las mismas medidas que en Cataluña han dado los resultados pretendidos por el nacionalismo secesionista. Con las pistolas no pudieron doblar la oposición del resto de España y ahora quieren emplear el chantaje enmascarado. Si fuera cierto algo de lo que ha proclamado Pedro Sánchez después del resultado del 26-M, aquí y ahora tendría la mejor ocasión para demostrarlo. Con una población navarra mayoritariamente opuesta a su integración en la autonomía vasca, apoyar los socialistas de Chivite -con el visto bueno de Ferraz- un gobierno de independentistas y filo etarras, significaría la mayor felonía de un socialismo “made in Sánchez”.

            Ahora bien, no nos pongamos trágicos con algo que ya no es nuevo. Todo el mundo reconoce que la moción de censura que llevó a Sánchez a la Presidencia del Gobierno fue perfectamente legal. Todos los votos que obtuvo eran válidos y fueron mayoría. Lo que fue legal, sin embargo, tuvo poco de racional. Y lo demuestra la reincidencia en apoyar su labor de gobierno en la colaboración de partidos que llevan en el frontispicio la antítesis de lo que dice perseguir el PSOE. Con una situación económica entre nubarrones, no quiere gobiernos de colaboración pero está dispuesto a ofrecer alguna cartera a Podemos. Eso es, aunque la economía se resienta y el paro se incremente con ese capricho. El Secretario de Organización del PSOE declara que no negociará nunca con Bildu, al mismo tiempo, dice que es tan inconstitucional como VOX. Presionado por el PNV, 48 horas después ya está negociando con Bildu. Hay que rendirse ante la evidencia, cuando hablamos de Pedro Sánchez, y su obsesión por el poder, nos estamos refiriendo a alguien que dista mucho de parecerse a los dirigentes socialistas del Antiguo Testamento. Sin el apoyo del PNV, sabe que no puede gobernar y por un plato de lentejas, es capaz de vender al PSOE, a Navarra y al resto de España.