Jueves, 27 de junio de 2019

¿Somos los escritores básicamente masoquistas?

Hace un par de meses he publicado, me han editado, mis Obras Completas. En tres tomos, más de dos mil páginas de biografías, de grandes compositores y de algunos escritores. Debo ser el biógrafo más prolífico del territorio español, pero, como ya escribió Ortega y Gasset, allá por los años treinta, a los españoles no les interesa el género de las biografías; “no les interesa la vida de nadie”, escribió, a no ser que coincida o se asemeje mucho a la propia, cosa harto improbable.

Así que ser un biógrafo en este país es como ser un especialista en hormigas verdes. Nadie. Ser un escritor, así, escritor, sin concretar nada más, es lo más parecido a ser un esclavo o  un repartidor de GLOVO: alguien que trabaja mucho para no tener ni para comer. (Excepto si has sido el afortunado de los dioses para ser elegido de las editoriales, que han encontrado en lo que escribes un filón para ganar dinero. Unos diez o doce en el conjunto nacional). No me ha extrañado nada que a las dos presentaciones que he hecho en esta ciudad de mis Obras Completas hayan venido quince o veinte personas. Pocas personas, pero de enorme calidad: por el modo respetuoso y receptivo de escuchar las generalidades que dije y los párrafos de varios de mis libros que leyó una excelente lectora.

Aquellos días pensaba que solo por el hecho de tener una experiencia de presenciar el acto de presentación de unas Obras Completas por el autor, aún vivo, una experiencia que ni el uno por ciento de los mortales ha tenido, podría haber movido, al menos a amigos y conocidos, a mover (perdón por la repetición) el culo, e ir a ver unas “obras completas”. Se quedaron sin saber qué son unas obras completas…en este país en el que lo único que hay son obras incompletas de toda índole: obras públicas, trenes, autovías, hospitales, leyes, programas de estudios, noticias, edificios,  programas políticos.

Pero no, no todo es masoquismo en los escritores o quizás en los artistas en general. El intenso placer, que, junto al esfuerzo, siente el escritor durante todo el proceso de creación, solo lo saben ellos. Lo sabemos nosotros; que el placer de la creación, desde la primera a la última línea, no nos lo quita nadie. Casi es lo único que nos queda: pues en la balanza de recompensas del escritor, unos cuantos aplausos algunas veces y tres o cuatro cheques escuchimizados al año pesan como una pluma. En nuestra desprotección generalizada, hasta hace un par de semanas estaba vigente una ley que nos prohibía a los escritores jubilados obtener ningún beneficio de nuestros escritos: era incompatible con recibir la pensión; parece que finalmente los legisladores  se han dado cuenta de  que las cantidades de las que se trataba eran comparables al presupuesto para plantas ornamentales en los hospitales públicos: una miseria que daba vergüenza prohibirla.

Una vez conocí a un cínico agente literario ruso que fue la única persona que me dijo una parte de la verdad de los motivos del maltrato a los escritores: me dijo que los artistas en general tenemos un narcisismo tan exacerbado y un amor tan desmesurado a nuestra propia obra que los editores están convencidos que aunque nos traten a patadas, aceptaremos con sumisión y placer cualquier condición con tal de  que conduzca a dar a conocer nuestras “excelsas” creaciones.

“Pero…¡seguirás escribiendo! ¿no?”, me dijo un poco alarmado más de un amigo. Sin saber que a muchos escritores ( por malos o mediocres que seamos) nos pasa como al gigantesco Miguel de Cervantes, que quiso morir así, escribiendo, como el valiente soldado muere en la batalla, como el ave muere volando o el león muere cazando.

Escribir hasta el final, despotricando, gozando, amando el lenguaje que todo lo contiene: desde la mayor estupidez a la mayor genialidad humana.