Jueves, 27 de junio de 2019

El lado oscuro de la (luna) tierra

 

 El lado oscuro de la  luna  tierra

Sí, queda tachada y corregida esa palabra del título para hacerlo más intencionado. Y  aprovecho esa cara oculta de la luna, tan pendiente siempre en nuestros mitos particulares y hace poco desvelada por la sonda enviada por los chinos, como ya no podía ser menos. A veces se dice oscura y a veces oculta, pero en cualquier caso se quiere decir lo mismo.

El 1 de marzo de 1973 salió al mercado americano The Dark Side Of The Moon (“El lado oscuro de la luna”)  el disco de Pink Floyd que cambió el curso de la música rock. Eran diez canciones memorables, la última, titulada Eclipse, terminaba afirmando: No hay un lado oscuro de la luna realmente. Realmente todo es oscuro. (la negrita es mía)

Quizás tengo unos días malos y no me los mejora nada de lo que cada día leo o veo en diarios y telediarios. Quizás es eso, unos días malos por lo que sea, pero lo cierto es que no se me va la idea: no hay un lado oscuro de la tierra, no, no lo hay. Lo que realmente hay es que todo es oscuro. Y me viene la misma idea negra tanto si miro lo de cerca como si abro la mirada hasta lo más lejos. Realmente todo es oscuro.

Algo de esto recogía Rosalía de Castro y lo cantaba después Luz Casal en Negra sombra.  Y también a mí, como repetía el poema, me asombra esta sombra, ese lado oscuro, esa mitad oculta de La luna, de la tierra, del ser humano, de la vida.

 Esto no es una ocurrencia, es una de las más viejas sensaciones en la historia del ser humano que mira y siente. Hace más de veinticinco siglos en tiempos también duros y sombríos un vidente gritaba a quien quería escucharle: Andamos a tientas, como los ciegos junto a una pared, palpando para encontrar el camino, como la gente que no tiene ojos. Hasta en lo más radiante del mediodía nos tropezamos como si estuviera oscuro.  El vidente se llamaba Isaías y sabía lo que se decía. Está entre los profetas bíblicos y sus palabras se encuentran en Is 59:10-11. Y la lista de los detectores de sombras es, desde hace siglos, interminable. Y sigue abierta.

Más veces recurrí en este tema a otro vidente, Mario Hamlet Benedetti, con aquello del poema A tientas:  “…hasta que una noche se queda uno sin cómplices ni tacto / y a ciegas otra vez y para siempre”

Pudiera ser que ese supuesto defecto que, quizás sin razón, suelo achacarle a los poetas de ahora, el de evadirse de lo que realmente sucede en el mundo y refugiarse en imágenes intimistas y en anécdotas de superficie, se deba a una huida inconsciente porque de otra manera la poesía sería inmoral. Allá por los sesenta estaba de moda, hasta explotar al final de la década, un sentimiento de rebelde impotencia copiado del entonces inevitable Bertold Brecht porque

Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua…
¡Qué tiempos éstos en que
hablar sobre árboles es casi un crimen
porque supone callar sobre tantas alevosías!

Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.

 

A lo peor es hoy también así, como en tiempos de Isaías o en tiempos de Brecht o a lo mejor no lo es tanto y hay razones para la esperanza de cada día.

Pudiera ser, a lo mejor, que detrás de cada político hubiera una franja de paz venidera y junto a cada gestor social –político, económico, religioso, cultural…-  corrieran dos gotas frescas de luz y en medio de tan cierta pobreza de humanidad pudiéramos encontrar suficientes razones para mantener la fidelidad y construir una vida honesta y justa.

Pudiera ser que, aun como estamos, tan en la cara oscura de la tierra, todavía estuviéramos a tiempo para poder repartir el pan y los papeles, levantar a los débiles y rebajar a los soberbios, medir las distancias y mirar más allá para ver lo esencial. Y quiero hacerme creer que detrás de esto va cada mitin, cada libro de versos, cada homilía y cada editorial del periódico. Pudiera ser, aunque casi siempre lo hagamos con esa torpeza desesperante que se comprueba cada día.

Y por ese “pudiera ser”  tan precario me atrevo cada mañana a abrir los ojos con buen ánimo y a emprender el día con una dosis bastante alta de ilusión y de esperanza. Y por ese “pudiera ser” me atrevo a escribir cada semana cosas como ésta.