Jueves, 27 de junio de 2019

Ingrata gratitud

La antigua (y quizá ya vieja) polémica entre las diversas formas de entender ese ente tan difícilmente describible y sin embargo tan concreto y reconocible como es “la sociedad civil”, se ha visto animada recientemente a causa de la consideración que merecen las últimas donaciones que el empresario español Amancio Ortega ha realizado a entidades y organismos sanitarios de este país en forma de equipos de diagnóstico y/o tratamiento destinados a suplir las carencias de que adolecen (adolecían) algunos hospitales públicos.

La mayoría de las opiniones con respecto a esas donaciones reflejan aceptaciones que van desde la zalamería servil al mero agradecimiento cortés, contrastando con otras de rechazo frontal y crítica a un tipo de “caridad”, dicen, inadmisible en una sociedad que debería satisfacer las carencias por sus propios medios.

Entrar en el detalle de la ética de las organizaciones empresariales y el lugar que deben ocupar en esa sociedad civil de tan dispares interpretaciones, nos haría olvidar que no todos los que dicen valorar esa sociedad civil entienden de igual modo el vocablo, con lo cual se producen confusiones considerables. Consiste la más grave en equiparar la defensa que de la sociedad civil hacen quienes ven en ella una fuente de solidaridad, procurando una justa distribución tanto de la aportación como de la atención, con la de aquellos que la entienden como el lugar privilegiado para defender los derechos de propiedad, de enriquecimiento, por muy obsceno que parezca, como si ello fuese un derecho natural frente a cualquier proyecto igualador de distribución de la riqueza.

Cuando se acepta que ha de ser bienvenida (y celebrada sin cuestionamiento) cualquier ayuda particular para paliar las carencias que impiden una mejor atención a la población, se está, al tiempo, considerando a esa misma sociedad, de la que son integrantes tanto el donante como los beneficiarios, carente de la autoridad de autogobierno, decisión, autonomía y suficiencia en aspectos decisivos de su propia identidad, resignada a parecer más de lo que es o a no ser nunca lo que aparenta, y huérfana de las posibilidades suficientes, o de la intención adecuada, como para procurarse por sí misma los medios que precisa.

La insana delegación en la caridad de funciones propias y obligatorias de los gestores de las sociedades, el depositar gran parte de su sentido, y contenido ético en la buena voluntad o el mecenazgo sin garantía, desfigura lo que somos. Ese vestido prestado, ese maquillaje moral que hace aparecer a una sociedad con una fuerza que no tiene, y que tampoco puede garantizar, de igual modo se revela respecto de políticas de ayudas para el estudio y formación (fundaciones privadas que otorgan becas y ayudas), en la atención a necesitados de todo tipo (acciones solidarias basadas en donaciones, limosnas o esfuerzos personales), en la atención a refugiados, perseguidos o marginados, y que deposita el mantenimiento de una estructura que debería valerse por sí misma, en la voluntad imprecisa de organizaciones, empresas o personas, confiando en la aparición sorpresiva de donaciones, el ejercicio de voluntariedades o la irrupción de iniciativas de tipo humanitario o caritativo, es una sociedad disfrazada de lo que no es.

No se vea un átomo de ingratitud en estas líneas para con voluntarios, cooperantes, colaboradores y solidarios con y en causas de todo tipo, y hasta con Amancio Ortega. Pero la gratitud no debería nunca confundirse con la búsqueda de la justicia social que se basa, sobre todo, en el justo reparto de lo común (o que debiera ser común), siendo la voluntariedad siempre complemento y nunca esencia. El capitalismo más salvaje en que están sumidas la mayor parte de las sociedades occidentales con la desoladora anuencia de gobiernos e instituciones, propicia el descontrol o la inexistencia  de mecanismos que deberían impedir, pero facilitan (contando en este país con el histórico papanatismo institucional ante el dinero) el amasamiento de obscenas fortunas, que una sociedad más consciente de sí misma, más atenta a la equitativa distribución, a los derechos, a los deberes y al reparto de sus obligaciones y, en definitiva, más justa, no debería permitir.

Es preciso transmutar el viejo adagio que afirma que enseñar a pescar es más valioso que regalar pescado, por el mucho más útil que insta a aprender a pescar en lugar de aceptar lo pescado por otros. Sé que todo esto suena marxista; tal vez lo sea, tal vez tenga que serlo. Pero es que aceptar acríticamente esa realidad de vasallaje al rico, es de algún modo insultarse; esa dependencia pueril de la magnanimidad, esa boca abierta permanente a la ocurrencia solidaria (una realidad política), significa aceptar un sistema de valores erróneo; significa resignarse a la inseguridad y la mano abierta, a formar parte de una sociedad un poco mendiga y un poco servil que se conforma con la limosna, se alimenta de lo sobrevenido y del regalo y renuncia, así, a las posibilidades que le brinda su propia fuerza.