Domingo, 18 de agosto de 2019

Una tortuga y una bolsa

Una tortuga lleva una bolsa enredada al cuello. Un cangrejo está metido dentro de una botella. Una foca tiene la boca pillada en un vaso de plástico. Una avutarda tiene el pico dentro de la ranura que queda entre una cuchilla de una maquinilla de afeitar y el plástico negro que la rodea. Otro cangrejo está enganchado dentro de un tapón de suavizante. Una gaviota tiene el pico cogido entre unas anillas de plástico para transportar cerveza. Un pez tiene la tripa llena de bolsas vacías de aperitivos. Otro pez está dentro del dedo de un guante con los que cada día cogemos la fruta en el supermercado (seguro que se puede hacer un guante de papel reciclado para coger la fruta, para coger la verdura, para coger).

Un señor tira el cubo y la pala y el rastrillo que usaron sus hijos en verano para que no ocupen espacio en casa, ahora tienen un sitio en el mar. Un chico cambia de móvil porque el nuevo tiene más potencia. Una abuela se deshace de unas camisetas que compró en rebajas porque eran muy baratas y nadie se las ha puesto. Una señora se compra una Tablet con una pantalla de más pulgadas que la que estaba usando.

Unos ancianos reciclan el vidrio, el plástico, los envases del yogur, que también son plástico, y el papel, y las latas, y el cartón, y los recipientes del suavizante, que también son plástico, y todos los recipientes que de plástico se hicieron y que de plástico seguirán siendo por los siglos de los siglos, muchos de ellos por más de 500 años.

Algunos investigadores dicen que se usan plásticos prohibidos en otros países de Europa. Se demuestra, dicen también, que el uso de plástico es nocivo para verduras y frutas, porque se contaminan de las sustancias con las que están fabricados; que son perjudiciales para peces, para otros animales, para humanos, aumentando los niveles de ciertas proteínas, produciendo distintos tipos de cánceres según los compuestos usados en su fabricación; están en la orina de muchos humanos, se dice; se producen al meter en el microondas recipientes plásticos para calentar la comida, se cuenta.

Forman kilómetros y kilómetros cuadrados de playas, crean islas, las corrientes los arrastran, y llegan deshechos en pequeñas bolitas de colores.

Bajan a las profundidades, y se hacen plancton, se vuelven plancton que los peces ingieren, quedan en sus intestinos y los comemos los humanos: plástico, alquitrán y metales pesados.

Verlo, saberlo, y llevarnos las manos a la cabeza no nos conduce a nada. Hay que comprometerse. Firmemente. Individualmente, tenemos desde hace tiempo, y por este orden, las tres erres: Reducir el consumo (lo que a nuestra vocación de consumistas cuesta mucho, pero vale la pena intentarlo: no necesitamos todo aquello que compramos), Reutilizar (tanto como sea posible, que es mucho), Reciclar (comprometernos a dejar cada envase en su respectivo contenedor).

Paralelamente a esto, también existen otras opciones. Si reflexionamos, los envases eran de uso continuado: se llevaba la botella –siempre la misma- de vino o de vinagre a la bodega, la lechera para que fuera llenada de leche, la bolsa de tela del pan a la panadería, etc. Y el botellín de cerveza, la gaseosa o el sifón, se pagaban previamente, y al ser devuelto “el casco” nos reintegraban su valor. Así fue durante mucho tiempo.

Un día, se empezaron a usar envases de vidrio más ligeros, que pesaban menos, otro tipo de contenedores para la leche, aparecieron los bricks, tetra bricks, pets, etc. Y ya no se llevaba “el casco”. Luego, aprendimos a reciclar. Y lo de las tres erres. La cuestión es que no se recicla todo lo que llevamos a los respectivos contenedores, dicen, sino sólo un pequeño porcentaje. O sea, que el coste de los envases que pagamos nosotros, se va a envenenar las aguas subterráneas y los fondos de los mares, los intestinos de los peces y los nuestros.

Algunos países europeos, muy sensibles con el medio ambiente, pagan un dinero mensual a quienes reciclan, una forma de premiar, simbólicamente, ese gesto (uno de ellos es Finlandia). En España empezó a hacerlo hace años una conocida cadena de supermercados que, al parecer, no era española. Daban unos céntimos por cada lata, envase de leche, de cristal, etc. que se entregaba para reciclar. En algunos países se devuelve al consumidor unos 24 euros por persona y mes, correspondiente a los envases que recicla. En este país no. Sólo se publica una ley que dice que un comercio cobra las bolsas y otro comercio cobra las bolsas y otro comercio cobra las bolsas. Aquí nunca se devuelve lo pagado al consumidor. Y tampoco se legisla que así sea. Otros temas, que no ponen en riesgo la salud de los ciudadanos, corren más prisa.

Esperando que a alguien de quienes tienen ese cometido se le encienda la bombilla de mirar por la salud de la ciudadanía y del medio ambiente, afanémonos en reducir el consumo, reutilizar y reciclar. Dicen los que saben que es muy urgente.