Jueves, 27 de junio de 2019

Junio en Santa Inés

Dos veces cruzó la frontera Manuel. No sabía que la primera fue para encontrarse con Olga. Ya juntos, Manuel Picón y mi amiga Olga Manzano atravesaron el mar para llegar a una dictadura española donde no estaba la libertad que, primero él y luego los dos, necesitaban para vivir. Aquí llegaron con “Fulgor y muerte de Joaquín Murrieta”, un canto a la rebelión del poeta comunista Pablo Neruda.

El fulgor y la muerte. El éxtasis y el tormento. Cinco palabras que biografían la vida de los pueblos cabalgando hacia la España vacía. Casi todos conocieron una vida mejor. La mayoría fueron más grandes. Posiblemente no gozaron una riqueza, pero sí el olor de los horizontes quietos. Hasta  que la colina se hizo ladera y empezaron a declinar.

En 1957 decenas de familias cruzaron el río tras la estrella errante. Y enseguida se alzó ante sus ojos el fervor de un pueblo niño que fue nidal de todo lo que es hoy.

Cuando las familias llegaron para ver cómo nacía Santa Inés, enseguida aprendieron que debían ser protagonistas de su propia historia. De manera natural hicieron suyo el lema de la Revolución Francesa, y una conducta para regir sus posibilidades en comunidad. De repente, se habían acabado las clases sociales, y una misma llave abría todas las puertas.

Enseguida llegó don José María el de Carmeldo, que muchos años después quizás murió echando de menos un reconocimiento por parte de un pueblo a quien él dio todo a cambio de nada. Cuando los días de invierno se apagaban tan pronto. Cuando las primaveras y los otoños dejaban siempre un cachito de tiempo en el aleteo de la noche que empezaba. Cuando quizás unos 80 jóvenes y niños de ambos sexos se juntaban entorno a él en el gran barracón que era la escuela mixta y comunitaria, empezó todo.

Allí don José María el de Carmeldo formó un amplio coro que cantaba “a dos voces” (una octava más baja un grupo). Allí don José María el de Carmeldo propició recitales de poesía que en la voz de la gente del pueblo eran una vigilia hija del deseo y de la felicidad. Todo pareció muy hermoso y lo era. Y un día, cayó sobre aquella isla de luz el olvido. Mucho tiempo después don José María el de Carmeldo se murió sin saber su estatura a la hora de entregarse a la misma tarea de algunos republicanos -tantos años atrás- por acercar la cultura al pueblo.

Supongo que ya es tarde - casi siempre es tarde para todo- si digo que don José María el de Carmeldo estuvo en los años 50 a la altura de García Lorca, Ugarte, Casona, Bartolomé Cosío, Altolaguirre, Miguel Hernández, o Giner de los Ríos en cuanto a una actividad cultural y ambulante que a él no le reportó nada, salvo un probable sentimiento de ingratitud que jamás pronunció.

Hace cinco años ya que  un grupo recogió el testigo de aquel hombre bueno que llegó, dejó su huella en un pueblo naciente, y se fue cuando quizás entendió que no hacía ya falta.

Ese grupo del pueblo está pilotado por los más jóvenes (hoy los más jóvenes en los pueblos andan por los 40 años o un poquito más), pero hay poca gente que se excluya de una tarea tan rentable desde el corazón. Presencias y ausencias en una tarde de junio (15 de junio este año con los músicos Rafa Mora, Moncho Otero,  Miguel Sánchez y Carmen Hernández, la poeta María Ángeles Pérez López, y el seductor Coro de Mujeres de San Inés) que recogen aquella heredad donde los padres fueron protagonistas y algunas madres vuelven a tener 20 años. Abstenerse es un  derecho, pero el grupo que conduce al pueblo a un junio sin zarzas saben que a la tarde, cuando dice Juan de la Cruz nos examinan en el amor, se recoge una cosecha de felicidad mayor a la hora de dar que a la hora de recibir. Y ellos y ellas dan mucho.

Llegan a Santa Inés músicos y poetas de lejos  al aroma de un día distinto. Llegan también algunos de los que se fueron a la llamada familiar y amante de los que quedan. Y entre todos ellos  ponen en pie las  horas que hace cinco años parecían imposibles y hoy vuelven a tener hambre.

Quien nunca está -y se agradece mucho- es el poder que desama la cultura. Todo lo que sucede cada junio de cada año se debe al sudor feliz de la gente. Ese grupo de un pueblo cada año más chico se basta a sí mismo para poner patas arriba una tarde de junio, atizar candelas de gozo, y encender llamas que se alzan vigorosas en un mundo viejo que vuelve a 1957 y a los 20 años de algunos.

El poder no solo repudia la cultura sino que se asoma siempre que puede fagocitar un cacho de ella. Tengo una larga experiencia de abusos y apropiaciones políticas de lo que es sólo cultura libre como las inevitables pleamares. Me viene a la memoria el caso de una escritora que ganó un premio en una ciudad. Vi la foto oficial en la prensa y se repitió la historia: en medio, el cacique político que había institucionalizado la corrupción en medio país. Ya ni era diputado ni pintaba nada en política, pero el sedimento de su poder durante años no sale ni con aguarrás. A sus lados, el alcalde, concejales, gente con poder fáctico o de gobierno. Y en una esquinita, como pidiendo permiso, asomaba la carita de la escritora, verdadera protagonista del acto. He aquí un ejemplo de lo que no debe hacer nunca la prensa, cuyo fundamento es ser crítica con el poder.

Cuando protesté por la profanación de tantos jarrapellejos, no me entendió ni la propia escritora. Los sicarios del príncipe político corrieron a insultarme. Pobres, cumplieron con su deber de pesebre pero no se dieron cuenta de que yo no defendía a la escritora sino a la literatura invadida una vez más por la sarna política.

En Santa Inés hay una voracidad hermosísima por la libertad. Si todos los junios son sanos y relinchan con su propia pasión y la de los visitantes que llegan es porque mantienen lejos cualquier apropiación que no sea el del pueblo. El 15 de junio no es de nadie porque es de todos. Quede claro una vez más, aunque como decía Li Po en el siglo XI, hagas lo que hagas nada tiene remedio.

La gente se viste de zaragüelles de seda y brocado y alza sobre la avaricia natural de sus posíos un palacio para los sueños y los milagros. Si vais, no perderéis la tarde y ganaréis la fe que intentan quitarnos mientras caminamos la vida.

Cuando llegue junio, ven a Santa Inés y podrás sembrar tu voz hasta en el barro.