¿Pero a qué jugamos?

La democracia se construye…y se destruye. Claro, primero tendríamos que ponernos de acuerdo sobre en qué consiste. Por ejemplo, el otro día, al dar su discurso tras recibir en Valladolid el premio Max a mejor autor, Josep María Miró i Coromina, se preguntó si es "un territorio bonito para vivir" aquel en el que hay "quien está privado de libertad por defender determinadas ideas". No dijo que se refería a España, pero evidentemente hablaba de nuestro país. Pues bien, señor Miró, miente usted, en la mejor tradición separatista. En España se pueden defender todas las ideas y por ello no se va a la cárcel, se va la cárcel por cometer un delito, en este caso el de rebelión, del que se acusa a los políticos presos que estos días juzga el Tribunal Supremo.

Como mienten los mismos políticos presos que el otro día al tomar posesión de su cargo de diputados o senadores, utilizaron fórmulas en las que lo hacían como “presos políticos”. El insulto es de tal gravedad porque supone equipararnos a Turquía, es decir, a países no democráticos o autoritarios, y esto es intolerable, por lo que la presidenta del Congreso, la señora Batet, debió intervenir inmediatamente para advertir a quienes así se expresaban que tal fórmula impedía que adquirieran la condición de parlamentarios, y o la reformulaban o no adquirían tal condición. Pero la presidenta fue cobarde y se achantó.

El espectáculo fue denigrante, denigrante para toda la nación española que se vio insultada sin que quien la representa al frente del Congreso no hiciera otra cosa que el Tancredo. Así, Junqueras prometió acatar la Constitución “por compromiso republicano” y “como preso político”, y Rull, Turull y Sànchez lo hicieron “por lealtad al mandato democrático del 1 de octubre y al pueblo de Cataluña”. ¿No hay una contradicción palmaria entre el respeto o el acatamiento a la Constitución y al tiempo declarar ante los representantes del pueblo español que son presos políticos o que son leales al intento de golpe de Estado en Cataluña? Sonó a flagrante tomadura de pelo, a escarnio que solo merecía la no aceptación de la falsa promesa. Pero Batet se la tragó y se la hizo tragar al pueblo español que representaba en ese momento.

La democracia española es de tal densidad y tolerancia que el Tribunal Supremo aceptó que los presos a los que está juzgando pudieran adquirir su condición de parlamentarios presentándose a recoger su acta, primero, y después a jurar o prometer la Constitución. Pero esos políticos presos, que entraron en olor de multitud en el Congreso, acogidos con una gran ovación por los políticos nacionalistas presentes en el hemiciclo, aprovecharon la oportunidad que la democracia les deparaba para hacer escarnio de la misma autoproclamándose presos políticos fieles al grave delito que perpetraron proclamándose república independiente, y cometiendo en consecuencia un palmario acto de rebelión, la máxima traición al Estado.

De ahí que haya que estragar mucho la hermenéutica jurídica para aceptar que tales acatamientos fueron válidos, pues su nulidad es evidente. Pero el circo no acababa ahí. Conforme a la ley de Enjuiciamiento Criminal y al propio Reglamento del Congreso de los Diputados, los diputados electos en situación de prisión provisional deben ser suspendidos en sus funciones. Lo razonable habría sido, pues, que la mesa del Congreso el mismo día en que los políticos presos adquirieron su condición parlamentara, se hubiera reunido para aplicar lo establecido en la ley y el reglamento y suspenderlos en su condición (que no supone la pérdida de la misma, sino su paralización hasta que el Supremo dicte sentencia). Pero Batet no actuó como debía sino que le lanzó la pelota al tejado del Supremo para que este los suspendiera, cuando está claro que es la mesa del Congreso quien debe hacerlo. Una más.

¿Por qué actuó Batet así? ¿Por temor al resultado en las inmediatas elecciones europeas y municipales, difiriendo la resolución hasta la próxima semana? Y en estas, como era lógico, los independentistas proponen ahora que Junqueras y Sánchez participen en la ronda de conversaciones con el Rey para proponer nuevo candidato a presidente del Gobierno. La verdad, hay que reconocer a esta gente que no se para en barras, porque todo lo supeditan a su único propósito: la ruptura del Estado español. Su osadía no tiene límites.

Resultado: el Tribunal Supremo ha confirmado su postura (no le cabía otra, porque de lo contrario habría actuado contra la ley) exigiendo al Congreso que cumpla con su obligación. Una vez más, el poder judicial salvando a nuestra democracia y a la dignidad del pueblo español. Y una vez más, el independentismo metiendo un gol por la escuadra a nuestro país, como si fuéramos imbéciles. ¿Es esta la manera de dialogar de esta gente?, ¿pero tras 30 años de engaños permanentes, alguien cree todavía que es posible dialogar con ellos?, ¿hasta cuándo seguiréis abusando de nuestra paciencia?

¿A qué juega el PSOE? ¿Adónde nos quiere llevar Pedro Sánchez? ¿Cómo no pensar que fue la propia estulticia de los sucesivos gobiernos quien ha provocado el desafío permanente de la ruptura de Cataluña? No lloremos cuando esté todo perdido, ahora es el momento de actuar unidos quienes creemos en la democracia y en nuestra Constitución que la posibilitó. Después, cuando no tenga remedio, lo único decente será callarnos y sentir vergüenza. Si es que nos queda.

Marta FERREIRA