Lunes, 19 de agosto de 2019

Homilías

“Somos la expresión plural y diversa de una sociedad plural y diversa”
Pleonasmo de Meritxell Batet, 21 de mayo de 2019.

En diferido, a altas horas y para no ahogarse en la pomada de un espectáculo de la clase política que asfixia de puro vulgar, uno intenta  ganarle un par de horas a la noche (al final, las pierde) escuchando con la esperanza del náufrago los discursos de los/as nuevos/as presidentes/as de las cámaras legislativas españolas (el Congreso y el Senado, Meritxell Batet y Manuel Cruz, respectivamente) y uno, ..., ya que dicen se han sentado aires de progresismo y, por tanto, de inteligencia en los escaños de sus señorías, uno esperaba cierta diferencia y algo de aire limpio, un salvavidas, un soplo... algo, mas uno se da cuenta de que... no, que estamos donde estábamos, o peor por más viejos y sin aprender, incluso a pesar de que la voraz e iletrada derechona española haya sido abofeteada electoralmente y ya no presida el parlamento español (aunque igual aporree sus escaños).

Uno quiere creer y desea, aunque le cueste, que los representantes electos del pueblo español son, de entre todos sus conciudadanos, los más preparados, capaces, aptos y competentes para ostentar tan alto cometido. Ver algunos plenos parlamentarios, pataletas, vocerío, postureo y otras rechiflas de sus señorías o, sin ir más lejos, el pleno de toma de posesión de sus excelencias esta semana, hace que uno dude una y otra vez de que ese deseo se cumpla algún día. El comportamiento de muchos diputados y senadores en las sesiones de constitución de las cámaras casi han justificado el rapapolvo que implícitamente contenían los discursos de los/as presidentes/as de las cámaras. Y, a lo peor, hasta su escaso nivel.  Eso, sin embargo, no puede ser nunca óbice para exigir de las más altas representaciones del pueblo español unos discursos a la altura intelectual, lingüística y hasta filosófica (y política) del cargo que ostentan. Salvo que los/as presidentes/as sean tan inteligentes (o torpes) que, a la vista del guirigai en el hemiciclo, hayan decidido ponerse a la altura. O esperen, en lugar del del pueblo, el aprobado real, que pudiera ser.

Los discursos de la señora presidenta del Congreso y del señor presidente del Senado, ambos militantes socialistas y ambos, se supone, con un nivel intelectual y cultural suficiente como para escribir textos de cierta complejidad y construir intervenciones políticas de alguna altura, han adolecido de un nivel más bien mínimo, escasos de categoría política, romos de contenido y sin apenas enjundia parlamentaria. Ambos se alinean con esa visión pedagógico-maternal del ejercicio del parlamentarismo que la democracia española es incapaz de superar, y olvidan la naturaleza de su propio cargo, nutriéndose en sus discursos principalmente de citas y reflexiones que parecen, en ambas intervenciones, destinadas a una clase escolar de preadolescentes a los que hay que enseñar las cuatro reglas parlamentarias y abroncarles para que cumplan la norma, respeten las filas, hagan caso a la “seño” y no se peleen. En lugar de pronunciar discursos institucionales sólidos, maduros y que inviten a la reflexión sobre ejercicio del parlamentarismo, las taras de nuestra democracia, las exigencias de la representatividad, las formas de la soberanía o las diversas caras del inacabable prisma de la teoría del Estado, parecen ir dirigidos a parlamentarios electos a los que parecen querer apacentar, y también a todo un país que deben considerar todavía bisoño en las lides parlamentarias e ignorante de las obligaciones del sujeto democrático y la sociedad plural, porque tanto el contenido como el sentido de ambas intervenciones (planas, romas, simples) no difiere de una clase escolar de ciudadanía o un repaso de examinando a reglamentos, leyes, obligaciones y derechos elementales de la actividad parlamentaria.

Dejo escrito aquí mi respeto y admiración a las personas que ostentan el cargo de presidente/a citados/as, sobre todo por la obra literaria y ensayística de Cruz (menos conozco la de Batet), y lamentaría que se confundiese esta opinión con alineamiento alguno con posiciones políticas contrarias a las de ellos/as, que son también contrarias a las mías. La circunstancia de que sean una experta en Derecho Constitucional y un Filósofo quienes presidan las cámaras legislativas españolas, ha causado gran alegría en todo el ámbito progresista de este país, ya que al menos por preparación, experiencia y oficio, nuestra representación institucional va mereciéndose un nivel más alto de capacidad y valía en vez de la acostumbrada proximidad con el líder. La desazón aumenta, por eso, al comprobar que tanto el sentido como el significado de los discursos de apertura de ambas cámaras, aun sabiendo de la cualidad institucional que los despersonaliza, han sido solo lecciones de maestrillo en las que no se echa de menos filo ideológico (que tal vez sobrase en esa circunstancia), pero sí una construcción intelectual, una posición, un pronunciamiento o, al menos, una intención a la altura de una representación, un momento y un país al que es preciso, institucional y socialmente, empezar a tratar como adulto.