Sábado, 14 de diciembre de 2019
Ciudad Rodrigo al día

“Archivos vivientes” (17): la azorosa represión carcelaria de Margarita Manchado, vecina de Robleda

Nuevo capítulo de la serie de Ángel Iglesias Ovejero dedicada a luchar “contra la desmemoria republicana”

Margarita Manchado con su madre, su marido y su hijo

En la represión franquista hay una clase de víctimas que, paradójicamente, también sufrió la represión republicana, en el contexto de la guerra civil declarada por la sublevación militar. Fue el caso de Margarita Manchado Mateos. De ella se puede decir que pagó caro la circunstancia de haber nacido en el seno de una familia modesta, tirando a pobre, pues vio la luz en tierra extraña y en un mundo tan agitado, que a sus 25 años ya había rodado por Francia y España, y hubiera podido comparar el régimen carcelario en Madrid bajo el control de las autoridades de la República durante la guerra y bajo la férrea mano de Franco, con la implantación en todo el territorio hispánico del Nuevo Estado nacional-católico. Pero no es seguro que ella tuviera del todo claro de qué lado le habían llovido los palos, e incluso es posible que, dadas las circunstancias, considerara haber tenido una relativa suerte a lo largo de su vida. Esta es la impresión que dejó a sus 84 años, cuando en el verano de 1998 ofreció al encuestador un complicado relato que, grabado en la segunda quincena de agosto de aquel verano, a los pocos días se perdió con otros documentos y con la vida de una persona de la familia, en un cúmulo de desgracias la víspera de san Agustín (27/08/98). Carmen Toribio Manchado, hija de Margarita, Robert Bit, su yerno, y otros familiares y amigos han ofrecido información y documentación de archivo que, sin embargo, no permiten aclarar toda la azarosa experiencia vivida por esta singular mujer.

Nació el 16 de junio de 1914 en Champdeniers (departamento de Deux-Sèvres), “diócesis de Poitiers”, según su acta de matrimonio (Robleda, 1940). Sus padres, José Manchado Toribio y Ceferina Mateos García, fueron de aquellos robledanos que calaron en la antigua región de Poitou-Charentes (hoy Nouvelle-Aquitaine) en el último tercio del siglo XIX y el primero del siglo XX, como Sebastián Bonilla y su padre Marcelo Sánchez, avecindados en La Torchaise (Vienne), cerca de Poitiers, donde ya residía un primo y reside actualmente el nieto homónimo de Sebastián (v. “Secuelas”, 03/08/2017). Este último y su hermano Jesús recuerdan que el abuelo, antes de servir de enlace para otras migraciones, siguió un periplo parecido al de esta familia. Primero estuvo en el Poitou y después a las puertas de París, ya empleado en la famosa sociedad Saint-Gobain (cristalerías, instaladas en España desde 1905), para asentarse en Aubervilliers (Seine-Saint-Denis). Aquí, al igual que en la localidad vecina de La Plaine, desde aquella época siempre ha habido una importante colonia española, en condiciones pésimas de alojamiento para las primeras oleadas migratorias, según describe en su tesis Natacha Lillo (2001). De modo que, si por la configuración geográfica de la susodicha comarca, cabe suponer que el matrimonio de José y Ceferina se ocuparía en labores agrícolas, también es posible que ya allí tuviera contactos con alguna empresa análoga a la anterior, como los robledanos citados, antes de ir a parar a Aubervilliers. Pero esto sería más tarde, en otros desplazamientos, pues de hecho solamente Margarita nació en el país vecino, mientras que los otros miembros de la fratría nacieron en Robleda. Eran cuatro: Margarita (1914), María (1916), Francisca (1923) y Jesús (1928). Todos ellos conocieron la emigración interior o exterior, dentro de España las dos hermanas mayores, en Madrid, y Jesús en las minas de Asturias. Francisca se aventuró con su marido hasta Brasil en los años cincuenta. Pero al fin los cuatro regresaron a su tierra natal, donde acabaron sus días.

El cronista conoció a Margarita de cerca, pues durante una decena de años compartió la vecindad con ella y su familia en el “Altozano del Aciprés”. En la plenitud de su vida era una buena moza, alta y bien parecida, morena, de temperamento fuerte y semblante severo a veces. Este detalle salía a relucir cuando reprendía a sus dos hijos, a José María y sobre todo a Carmen, de la misma edad que el susodicho futuro cronista y con quien éste rivalizaba en ingenio para pasar el tiempo en la edad preescolar. Porque todavía al filo de los años cincuenta los juguetes residían principalmente en la imaginación infantil. El poyo a la puerta o una manta en el suelo ofrecían el solar de la vivienda, hogar y estancias aledañas, incluidos los compartimentos para animales en el corral; las piedrecillas y tejos adquirían funciones utilitarias y decorativas, las excrecencias del roble (bogallas) se trasfiguraban en vacas, las cañas burreras ofrecían materia prima para hacer yugos, carretas o lo que se terciara, y los palitos servían de herramientas; con un martillo se practicaban labores de ingeniería, con caminos y puentes esculpidos en la piedra cachimbera (esquistos blando), que aflora en los asientos de las casas robledanas. La magia se rompía cuando las madres asomaban por el cuarterón de la puerta o al postigo para llamar con gritos estridentes. “Tia Margarita” tenía una peculiaridad lingüística que difería de la modalidad vernácula del lugar y su vestimenta moderna contrastaba con los pañuelos a la cabeza, las chambras, sayas y vestidos talares de las mujeres ataviadas a la antigua. Era muy hábil con sus manos, y además de colaborar en las tareas agrícolas y ocuparse en las propias de las amas de casa, era modista. Ella le cortó y cosió a aquel niño el primer traje de su vida, de poca calidad, pero bien ajustado y de un vistoso color azul, para que a sus diez años pudiera participar en un certamen eucarístico en Fuenteguinaldo (1954), adonde no llegaría limpio del todo, debido a la travesía por un camino de tierra en la caja del camión de Arsenio Caño, allí encaramado con otros niños de su edad. Tardó casi medio siglo en enterarse de la escuela en que Margarita había adquirido aquellas artes.

Ella tuvo una infancia, adolescencia y primera juventud muy ajetreadas, a remolque de las andaduras y trasiegos de sus padres. Éstos, ya en el contexto de la primera guerra mundial, dejaron Francia para volver al pueblo, donde vivirían con las estrecheces que los habían obligado a emigrar. Por ello, José Manchado, que había estado en Cuba antes de su primera emigración a Francia, al término de aquel conflicto bélico, emprendió otra salida a este país, dejando en el lugar a la esposa con sus dos primeras hijas, que en la década de 1920 asistían a las clases de la maestra Concepción Esteban, con quien figuran Margarita y María Manchado en una fotografía de 1922, integradas en el grupo de niñas delante del ayuntamiento. Por entonces regresaría el padre, en todo caso un año antes del nacimiento de la tercera niña (Paca), y ya no se movería de Robleda, pues falleció poco después del nacimiento de su hijo Jesús (1928). En cambio, su viuda se sintió con fuerzas para emprender una insólita aventura, con cuatro hijos menores, dos de ellos muy pequeños, para instalarse en la susodicha localidad de  Aubervilliers, donde ella y las dos primeras chicas encontraron un empleo que no exigía mucha especialización: llenar botellas de lejía. Pero el cuidado de Paca y Jesús obligó a la madre, Ceferina Mateos, a regresar a España. Poco después lo harían Margarita y María, que en Robleda no se hallarían en una situación familiar idílica, pues Ceferina había reorganizado su vida con un señor viudo, en cuya casa no había espacio para ellas.

Esta contrariedad se resolvió con el envío a Salamanca de las dos mocitas para que se iniciaran en el servicio doméstico. En dicha ciudad se encargaba de la formación de muchachas como ellas una congregación religiosa (al parecer la Congregación de María Inmaculada), cuyas monjas les daban cobijo y les seguían los pasos en los hogares donde las colocaban, a cambio de la retribución que les dieran en ellos. Las dos hermanas robledanas empezaron a servir con un magistral de la catedral y personas de su entorno familiar, alguna de las cuales las llevó consigo a Madrid, donde ambas hallaron empleo. Con 22 años en 1936, Margarita servía en el hogar de una familia burguesa de Madrid, que vivía en la calle del Carmen. Se ocupaba principalmente de los niños pequeños. Sobre la orientación política de los señores existe división de opiniones, sin que la doncella de entonces, al cabo de sesenta años en 1998, tuviera claro si habían sido de derechas o de izquierdas. Pero en esta presunta ignorancia no hay que excluir una posible manifestación tardía de la estrategia desarrollada por los detenidos en el contexto bélico y de represión sesenta años antes, quienes pronto descubrieron la conveniencia de comprometerse lo menos posible con sus declaraciones, en previsión de lo que pudiera suceder, y esta prevención nacida del miedo los ha acompañado el resto de sus días. Lo cierto es que los amos desaparecieron al declararse la guerra, y ello es indicio de que no eran muy convencidos republicanos, dejando a la criada sola frente a su incierto destino. Fue detenida y, sin duda por sospechosa primero de connivencia con los antirrepublicanos y después de oculto republicanismo, estuvo encarcelada casi tres años, pues le faltaron dos meses para poder cobrar la compensación económica que le hubiera correspondido conforme a la legislación de 1978-1979 y sobre todo a la Ley 4/1990 (cf. “Secuelas”, 14/09/2017). Sus confusos avatares carcelarios antes y después de la victoria franquista se desarrollarían entre finales de 1936 y setiembre de 1939.

En esos 34 meses estuvo detenida durante la guerra y al final en Madrid, y en el período intermedio en Muchamiel (Alicante), aunque también se apunta a una segunda vuelta a este centro carcelario en 1939. Dentro de su desgracia tuvo la suerte relativa de conocer a una persona culta y de buenos sentimientos, que en su caso eran compatibles con un manifiesto antirrepublicanismo, tanto que el 18 de octubre de 1936 había sido detenida y posteriormente procesada con otros 18 vecinos de Madrid por hechos relacionados con el “espionaje”: “propalar bulos, oír radios fascistas, recibir dinero del Socorro blanco, etc.” (Causa 1.743/1937). Entre los detenidos se contaban dos hermanos y presumiblemente un primo hermano, respectivamente llamados Felisa y Teodosio Gallo Gallo (naturales de Villarcayo, Burgos), éste de 54 años y ella sin indicación de edad, y Arturo Gallo Vicente (natural de Ciudad Rodrigo), de 20 años. Este último era sobrino y los dos primeros seguramente hermanos de Nicanor Gallo Gallo, antiguo diputado provincial (1913), abogado fallecido en Ciudad Rodrigo a la edad de 81 años en 1962, quien a su vez tenía un homónimo que murió en 2018 con 97 años en Galdácano (Vizcaya). Por los indicios, los procesados en 1937 pertenecían a un grupo familiar de marcada ideología derechista. Aunque las diligencias de la susodicha causa no contienen información sobre la instrucción procesal posterior, debieron de ser juzgados y condenados a prisión, o bien, aunque por la correspondencia consultada, Felisa ya se veía abocada y preparada para el “martirio”, el procedimiento quizá fuera interrumpido por el triunfo militar del Movimiento fascista del que eran adictos.

Felisa Gallo era maestra, y el hecho de tener familia en Ciudad Rodrigo (sin que haya constancia de que ejerciera allí su profesión), la llevó a tomar a su cargo la formación (y adoctrinamiento) de Margarita, lo cual pudo hacer a rajatabla y, accesoriamente, prueba que en las cárceles controladas por las autoridades republicanas no estaban los presos como piojos en costura ni sometidos a una ceñida censura, como sucedía en la retaguardia franquista. El programa pedagógico era amplio y metódico, a juzgar por un cuaderno, al parecer escrito en prisión, hoy en posesión de Carmen Manchado y su marido. El abanico de actividades incluía la Caligrafía (Felisa daba ejemplo señalando algunos epígrafes con una esmerada letra gótica), las reglas de Ortografía, el estudio y análisis de Analogía, el recitado de poemas de J. M. Pemán. Lógicamente, el trabajo de Margarita consistiría en realizar los ejercicios previstos por la Maestra, copiar lecciones y memorizar textos. En el manuscrito de 48 páginas, con caligrafía presumible de la Maestra figura al inicio un abecedario (letra inglesa), con la indicación del año 1938 (sin lugar), las cifras arábigas y los nombres de los padres y hermanos de Margarita; y al final en algunas hojas aparece el borrador de una carta y detalles de una rudimentaria contabilidad doméstica, con mención de Francisco (el marido). De esto último se deduce la utilización posterior de las hojas en blanco del manuscrito. Es probable que hubiera otros cuadernos similares, o con poemas de Felisa Gallo (que se autodesigna como “la Coplera” en alguna carta).

La familia de los Gallo no se olvidó de Margarita al término de la guerra civil y la siguió ayudando después a ella y a su familia. Seguramente le echaría una mano para salir del laberinto carcelario, donde ella se sentía en peligro de muerte en el verano de 1939, estado anímico acentuado por el seguimiento cercano del proceso contra las conocidas “Trece Rosas”, pues, según la tradición familiar, compartió la cárcel con ellas. Como es sabido, por el relato de Carlos Fonseca (2004), fueron condenadas a muerte y ejecutadas contra las tapias del Cementerio del Este el 5 de agosto de 1939. Aquellas mujeres, algunas de ellas menores de edad, eran señaladas sindicalistas de la Juventud Socialista Unificada que habían colaborado en la defensa de la República, de cuyos valores no habían abjurado después de la victoria nacional-católica proclamada cuatro meses antes. No eran delitos que merecieran la muerte, pero en la España de Franco se fusilaba por eso y por menos. El caso de Margarita era muy diferente. No hay indicio alguno de que tuviera antecedentes análogos, e incluso haber sido detenida por los republicanos obraba más bien a su favor para un desenlace feliz. Sin embargo, poco después de aquella esperpéntica ejecución, cuando su hermana María y su futuro cuñado José la visitaron en prisión, más o menos textualmente, les dijo: “Ya mataron a las niñas, pronto me tocará a mí”. Y les entregó, como regalo de su próxima boda (06/11/36), un bordado que les tenía preparado. Pasadas varias decenas de años, los ruidos de los cerrojos carcelarios resonaban en sus oídos y las sombras de las sacas macabras saturaban sus pesadillas nocturnas.

Recobrada la libertad, Margarita siguió en Madrid algunos meses, con el carnet de “Auxilio Social – Ficha azul” en el bolsillo, hasta que decidió regresar al pueblo. A sus 26 años, en aquellos tiempos, ya se consideraba moza mayor y no pensaba quedarse soltera. Encontró el compañero idóneo para el matrimonio en la persona de Francisco Toribio Hernández, de 34 años, labrador mediano, que tenía un hijo (Eusebio) de unas primeras nupcias con Estefanía Sánchez Ovejero (acta matr. 23/11/1933), que había fallecido (31/10/1938, con 31 años) a los diez días de un parto en el que dio a luz a gemelos (Narciso y Narcisa). Este trance, ya de por sí agónico, solía tener consecuencias mortales para muchas mujeres en aquellos pueblos desasistidos, máxime en el contexto de la guerra. Incapaz de hacer frente a una situación desesperada, con un niño de 3 años y dos recién nacidos, el padre tuvo que enviar a estos últimos a la casa cuna de Ciudad Rodrigo, donde los familiares ya no han dado con su rastro cuando los han buscado. Francisco y Margarita contrajeron matrimonio el 8 de junio de 1940, sin que la novia recibiera una acogida entusiasta en la fratría del primero (dos hermanas y un hermano). Llevaron una vida solidaria, hasta el fallecimiento de Francisco en 1992. Margarita aportó toda su energía y saber en el mantenimiento del hogar y la educación del entenado y de sus propios hijos, susodichos compañeros de juegos en la infancia del cronista. Los tres emigraron a Francia, aunque José María se estableció finalmente en Madrid, donde falleció en 2018.

El propio cronista había emigrado (1955) cuando estos vecinos suyos lo hicieron, pero de antes echaba de menos a dichas personas queridas en el “Altozano del Aciprés”, que dejaron para abrir casa extramuros, cerca del tejar que regentaban José Lozano y María Manchado, quienes también se habían instalado en el pueblo en 1941. En cierto modo la salida a este paraje vino a ser un anticipo de la gran emigración que en las décadas de 1950 y 1960 afectó a los hijos y sobrinos de Margarita, quien iría esporádicamente a visitarlos en vida de su marido. Cuando éste falleció, ella se abstraería un poco más en su particular retiro de Rascapiernas. Los antepasados llamaron así un teso hoy poblado de pinos y antaño de arbustos mortificantes de pies y piernas: zarzas, gatuñas, espinos, escobas broncúas y cardos. Era un lugar adecuado para aquella especie de ascesis contemplativa en que se convirtieron sus dos últimas décadas de vida, con el cielo casi al alcance de la mano en el horizonte de la Bolla Grande y la Chica, la Canchera y la Peña de Francia, con sus cimas redondeadas, doradas por el sol de la mañana, sosteniendo la bóveda celeste del medio día, inciertas depositarias de la luz mortecina en el atardecer. De los testimonios cercanos se deduce que la luminosidad diurna era un remanso de paz para Margarita, y las tinieblas nocturnas la retrotraían a las espantosas zozobras y sevicias carcelarias vividas antaño. Falleció el 14 de octubre de 2002 en una residencia para ancianos de Ciudad Rodrigo.

Esta mujer de recio carácter, como informante en 1998, mostró una faceta desconocida, afectuosa y cooperativa, pero ya minada su capacidad de análisis por una situación anímica que arrastraba desde mucho tiempo atrás. Margarita Manchado, trabajadora e ingeniosa, probablemente aceptó con resignación la condición de la piedra movediza que le asignó la vida, pero sin instalarse en ella con un complaciente victimismo.

Referencias:

Jesús Bonilla (traducción de Á. Iglesias Ovejero): “Sebastián Bonilla Roncero” https://farinatosporlamemoria.jimdo.com

Ángel Iglesias Ovejero: https://salamancartvaldia.es/not/156157/memoria-desterrados-republicanos-so-salamanca-robleda-i/

https://salamancartvaldia.es/not/159542/memoria-desterrados-republicanos-so-salamanca-ciudad-rodrigo-iii/

Natacha Lillo, Espagnols en “banlieue rouge”: histoire comparée des trois principales vagues migratoires à Saint-Denis et dans sa région au XXème siècle, Institut des Hautes Études Politiques, Paris, 2001.