Lunes, 3 de agosto de 2020

1919: Bauhaus, arte y diseño actual

Resulta un poco ortopédica la costumbre de volver mecánicamente la atención a momentos del pasado en los aniversarios decimales, pero a veces es difícil sustraerse a ella. Y si en 1919 empezó el "corto siglo xx", no son pocas las cosas memorables, buenas y malas, dignas de recuerdo desde este siglo xxi que no sabemos cómo ni cuándo acabará, si es que acaba. Serían, por lo general, cosas familiares, pues diríamos que nace entonces la contemporaneidad, esto es, un mundo en el que ya nos reconocemos, pues en buena medida es en el que nos movemos hoy.

La Bauhaus, academia de artes y oficios creada por Walter Gropius en 1919, tiene mucho que ver con ello y por eso es oportuno recordarla (como, por cierto, ha hecho la biblioteca de la Casa de las Conchas con buen criterio). Sin duda sus obras y enseñanzas supusieron el esfuerzo más importante y de más largo alcance por introducir el arte, la belleza y el confort en la vida de la sociedad industrial, con su producción y consumo a gran escala, su estandarización formal y sus masas de población hormigueando en megalópolis desafiantes.

Ya antes creadores como William Morris o Antonio Gaudí habían relacionado el arte con la artesanía (arts and crafts), las ideas y las técnicas, pero sin llegar a hacer suyos –más bien los rechazaban– los principios de la producción industrial en serie. La Bauhaus se adapta a ellos y no solo asume la dependencia de los poderes económicos, la atención a nuevas necesidades y el uso de nuevos materiales y técnicas, sino que ve la necesidad de encajar los edificios en un diseño urbano democrático y moderno, hecho con criterios funcionales, estos es, a la medida física y moral de los seres humanos que lo habitan. Todo ello con un espíritu libre y creativo que da sus mejores resultados durante los “felices años xx", en sintonía con el ambiente vanguardista que imperaba en la república de Weimar. Para los maestros y alumnos de la Bauhaus esta era la plasmación del ideal de Morris: un estudio y un trabajo no alienantes, gratificadores y multifacéticos; algo que da como resultado natural la obra bella y bien hecha (al menos, tendencialmente).

La frescura creativa de la Bauhaus se advierte mejor por contraste con lo que implicó la llegada del nazismo al poder en 1933. La academia fue cerrada y ello supuso la  huída a EE.UU. de muchos de sus creadores (Van der Rohe, Moholy-Nagy, M. Breuer, el propio Gropius), algunos de los cuales eran judíos. Con el fascismo, el nazismo y el estalinismo se implantará un arte oficial, impostado y ecléctico que vuelve a mirar al pasado y a las naturalezas y paisajes estéticamente "muertos”. Así, el arquitecto y ministro de armamentos de Hitler, Albert Speer, por ejemplo, tratará de emular y superar los monumentos de la Antigüedad: el estadio del partido nazi en Nuremberg debía ser la construcción más grande de la historia, con un volumen construido triple de la pirámide de Keops y mayor que los circos y teatros grecorromanos en los que se inspiraba. A su pódium de 24 metros de altura llegaría el Führer  con su comitiva en un desfile pomposo que evoca el del faraón –muerto como humano, pero vivo ya como dios– entre la avenida de las esfinges.

No deja ser un hiriente sarcasmo que Speer, de acuerdo con el Führer, manejara el criterio de la "estética de las ruinas": sus construcciones debían desafiar al tiempo y ser bellas incluso en su decadencia, tras el “Reich  de mil años”. Pero esa ruina fue traída por ellos antes de lo que se esperaba. En cambio, los edificios en que hoy habitamos y trabajamos, los muebles y objetos domésticos que usamos, el diseño urbano, gráfico e industrial (construcciones, máquinas, automóviles), en lo que tienen de más accesible, atractivo y confortable, aún derivan más o menos del aliento creativo de la Bauhaus.

(Imagen: Silla B3 o ‘Wassily’, de  Marcel Breuer)