Lunes, 16 de diciembre de 2019

Ser morada de la paz

«Nuestro Señor dice: “Solo tendréis paz en mí” (cfr. Jn 16, 33). Cuanto más se penetra en Dios, más nos adentramos en la paz. El que tiene su yo en Dios tiene la paz, el que tiene su yo fuera de Dios no tiene la paz»

Maestro Eckhart

“Paz” es uno de los nombres propios de Dios

Dionisio Areopagita

El cristiano sabe de su vivir habitado. Su corazón es un lugar de revelación, Dios habla en el alma y se expresa por completo en la misma. Un cristiano es poca cosa si no arde en su corazón el fuego del resucitado, Jesús y su palabra está presente en medio de nuestras vidas, animando con su espíritu al hombre de fe a un renacer nuevo de su existencia en medio del mundo.

Vivir al estilo del espíritu de Jesús, es vivir en el amor. Un mandamiento nuevo que resumía toda su vida, una entrega amorosa que era como un pan partido y repartido: el Amor a Dios y el amor al prójimo. Por lo tanto, el corazón humano debe hacer sitio no solo al silencio que lleva al misterio, también deberá colaborar con una sociedad más justa, solidaria y fraterna.  No debe solo cultivar una vida interior de piedad y oración, sino desplegar un nuevo modo de vida que busque la verdad y la justicia.

Lo expresa con toda claridad Francisco y nos da pistas para ahondar en el ser cristiano: “La propuesta es el reino de Dios; se trata de amar a Dios, que reina en el mundo. En la medida en que él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos” (EG 180). La autentica fe nunca es cómoda ni individualista, siempre implica un profundo deseo de cambiar nuestra sociedad y sus injusticias.

En el evangelio del próximo domingo Jesús nos ofrece el don de la paz: La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde (Jn 14,27). La paz que nos ofrece Jesús no es la serenidad psicológica del que vive cómodo en su mundo y no se preocupa por nadie, es la seguridad que dan su presencia y su amor en medio de las angustias y preocupaciones. Es una paz capaz de acoger a los que han sido excluidos del sistema económico, social, cultural, político o religioso, ofreciendo una esperanza que se traduce en justicia y solidaridad.

Cirilo de Alejandría identificó esa paz que nos ofrece Jesús con el Espíritu Santo, un don de Dios necesario para desarrollar nuestra verdadera humanidad. Un camino nuevo de salvación, un gran don que ha traído Jesús a los hombres de parte del Padre. Un camino que busca sobre todo el amor, el bien de todos, que respeta las diferencias y fomenta todo aquello que une más allá del conflicto.  Necesitamos al Espíritu Santo para recibir la paz, pero también necesitamos la paz para recibir el Espíritu Santo.

El don de la paz (shalom), estaba anunciado desde el Antiguo Testamento: el enviado de Dios será un príncipe de la paz (Is 9,6), el heraldo de la buena noticia anunciaría la paz y la salvación (Is 52,7). El profeta Isaías anunció que el futuro vástago de Jesé será sabio e inteligente, instruido y temeroso de Dios, que impartirá justicia y propiciará una era de paz para el pueblo porque “toda la tierra estará llena del conocimiento de Yahvé” (Is 11,1-9).

La paz del resucitado no solo nos invita y nos trae el don de la paz y la alegría, sino abrir también caminos nuevos para la paz. Nuevos senderos que deber superar todo tipo de violencias y deben tener su base en un diálogo constructivo, buscando siempre la dignidad del ser humano. Armonizar lo global y lo local intentando limitar los conflictos entre los dos ámbitos, siendo la cultura de la paz uno de los valores más necesarios.  

Una cultura de la paz solo es posible, superando la racionalidad instrumental del sistema, en las coordenadas del perdón y en la promesa de situar su vida en unas coordenadas donde los gestos primordiales son la fe y la esperanza (H. Arendt).  Para la pensadora judía el perdón es la clave para no dejarse llevar por la espiral de la venganza y la violencia, es una actitud liberadora, restaura y rehabilita la capacidad humana de actuar. La pensadora, no fundamenta el perdón en el amor, sino en la dignidad del ser humano. Para el cristiano el amor nos debe llevar al perdón y a la dignidad humana.

La cultura de la Paz pasaría por la necesidad de desarrollar una ética mundial. Su postulado más hondo es un equilibrio caracterizado por el pluralismo de Estados a una nueva forma política planetaria, la comunidad mundial. Esta comunidad sería una plataforma privilegiada para asociar la paz con la justicia. Necesario para esta cultura de la Paz, es crear en los diferentes países observatorios permanente de las desigualdades, así como institutos que inviertan en justicia, solidaridad, eliminando los desequilibrios y luchando por unos derechos para todos los seres humanos.

Nos recordaba el profeta Isaías “La paz es fruto de la justicia” (Is 32, 17), Francisco denuncia: Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver con la distribución del ingreso, la inclusión social de los pobres y los derechos humanos, no pueden ser sofocadas con el pretexto de construir un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz. La dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios (EG, 218).

Estamos llamados a la paz por el amor de Dios que transforma nuestros corazones. Pero la paz es una tarea, cuyo primer paso es reconciliarse con el hermano y después luchando por la justicia, sobre todo de los más necesitados. Todos los que trabajan por la paz, serán bienaventurados y felices, serán llamados “hijos de Dios”. Concluimos el comentario de hoy con una oración que se repite en cada eucaristía todos los domingos: ”Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: -La paz os dejo, mi paz os doy-, no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.”