Sábado, 21 de septiembre de 2019

Trivial 

Hoy, en la visita esperada de mi amigo el señor Manuel, con toda seguridad “tocaría” hablar del tema tan socorrido de las próximas votaciones del-26 A-. Pues sin duda y cómo bien decía un conocido “opinador”: “Hay que estar inquietos ante las perspectivas que se avecinan después de dicha fecha; pues habrá cambios profundos. Ya que vivimos en unos tiempos en los que conviven las mayores promesas y los peligros potenciales posteriores”…

También podíamos haber hablado del ácido úrico y si me apuráis un poco, de lo divino y lo humano. Qué tienen “su aquel”. Pero no; mira por donde todo ello de truncó cuando el señor Manuel y yo íbamos a iniciar nuestro ritual habitual a la vera del viejo olivo y degustando nuestro vermú con anchoas de las redondas y otras delicias culinarias. Y todo comenzó, cuando los dos nos dimos cuenta de que en el antañón yugo de mulas  que decora un lateral de la parcela se acababa de posar un “aguilucho” que llevaba entre sus afiladas garras, una paloma ya muerta, a la que empezó a desplumar y darse un festín al calorcillo del sol mañanero.

El señor Manuel fue el primero, que saliendo de la sorpresa que habíamos tenido por la inesperada visita, dijo con indisimulada admiración… ¡que listos son estos condenaos!

Aseveración que tuve que reconocer cómo cierta y que me trajo recuerdos de tiempos lejanos en los que el propio señor Manuel y yo correteábamos junto a otros niños del lugar por todos los recovecos, habidos y por haber del pueblo.

Señor Manuel… (Sorpresa de mi amigo, que estaba siguiendo ensimismado el yantar del “aguilucho” mientras las plumas de la paloma de deslizaban  en cascada hasta el suelo). Sí, dime.

Le digo y pregunto: ¿Recuerda usted de cuando siendo muy chicos y le preparábamos la “jera” a los “aguiluchos” de  los nidos en la Iglesia?

Pausa y rápida respuesta con brillo especial en los ojos y gran rotundidad… ¡Cómo no lo voy a recordar! Si en el pueblo vivíamos un montón de niñas y niños y que hacíamos una “montonera” de travesuras y algunas  muy “gordas”. Lamentablemente el descenso del número de nacimientos viene de lejos, porque ya a finales de los 80 España era el país con la natalidad más baja del mundo, prácticamente un hijo. Se recuperó algo, pero vuelve a presentar una situación dramática. Sí, soy rotundo y reiterativo: “Éramos muchos niños y las “preparábamos muy “gordas”…

A eso iba señor Manuel, algunas muy “gordas” y diría más; algunas un tanto bestias y que hasta hoy, que han pasado casi 80 años  se pueden ver en la pared lateral de la Iglesia, los efectos colaterales de las “grandes batallas que sosteníamos contra los “aguiluchos” que en los huecos hacían sus nidos. Mire, le voy a enseñar una fotografía que hice hace unos días con  las evidencias. En ella se aprecia con claridad, cómo por encima de la ventana hay un hueco y a su alrededor todo el cemento esta “machacado” dejando ver un descarnado de piedras al aire… Pues eso, señor Manuel, lo hicimos usted y yo junto a otros chavales, hace muchos, muchos años.

Recordará usted cómo nos poníamos de pie, abajo cerca de la puerta cerrada, con una piedra en nuestra mano y mirando fijamente a hueco que estaba por encima de la ventana y que era el objeto de nuestra “aventura” del día… ¡Nada menos que el nido de los “aguiluchos”, que además tenía polluelos ya volanderos!

Cuando los padres llegaban con la comida al hueco-nido,  y uno de los polluelos hacía presa en el pardal que los padres les llevaban se producía la avalancha de piedras en tromba, que los de abajo lanzábamos con contundencia. Cuando el “aguilucho” padre o madre lo sentía, su defensa inmediata era la retirada, Claro es que al hacerlo, arrastraba al polluelo que no le daba tiempo a soltar su presa y el pobre incauto caía hasta el suelo apenas revoloteando. Y, luego ¿Qué?

Pues luego los que ¡habíamos tirado la piedra! Nos lanzábamos a la “rebatiña” en busca de la pieza caída y aquello era Troya o más… y puedo asegurar señor Manuel que: “Usted y yo, sufrimos heridas de rozaduras, en el empeño”.

Señor Manuel; hay que reconocerlo: “Usted y yo, éramos bastante bestias y los demás, también”. Y, ahora en la distancia ¿Qué le parece “aquello”?

Pues qué quieres que te diga; a estas alturas ya de la película, cuando va llegando el final, a mi todo ya me parece-TRIVIAL-: “Común y sabido de todos, a lo que se puede añadir, que no sobresale de lo ordinario, que carece de toda importancia y novedad” ¡Ha pasado tanto tiempo! No obstante, para que te quedes tranquilo te diré que sí me acuerdo. Y sobremanera por tantos niños que nos juntábamos y que no parábamos de jugar al aire libre al salir de la escuela y me acuerdo mucho de un maestro que tuvimos, Don Vidal; que además era muy recto, pero gran persona…

Lo confieso; en algunos momentos el señor Manuel me desconcierta, pues no comprendo si viene o va, si me sigue la corriente a su manera o se ríe de mí, o puede que me esté mandando un “mensaje entre líneas” esperando que yo le ponga sentido. Pero si he comprendido cuando me vuelve a recordar que éramos muchos en aquel entonces los niños en el pueblo y que para entretenernos en los largos vacíos del tiempo, pues no había artilugios aditivos como ahora, teníamos que ¡inventar! Y si no, que se lo pregunten al señor Julián, al que día sí y al otro también le atábamos una lata vieja al rabo de su perro “Voy”. O, a la señora Esmeralda, que con eso de que todas las puertas de las casas del pueblo, siempre estaban abiertas y ¡no  había que llamar!, nosotros le tirábamos en el zaguán, un puchero viejo lleno de crines de caballo prendidas fuego y que olía a rayos….O, aquella vez…

Pero el señor Manuel, ya va camino arriba por la “Corredera” y no me hace ni pu… caso. Pues eso.