Domingo, 18 de agosto de 2019

Caleidoscopios primaverales

En este continuo y variado caleidoscopio que es el existir y la vida de todos y cada uno de nosotros –jamás, pese a haber constantes, hay un dibujo igual en cada momento–, cada momento va trazando su propia iconografía.

Las dinámicas electorales, en las que andamos metidos a lo largo de toda la primavera, con sus propuestas, escenificaciones, meteduras de pata, cambios de posturas hacia lo más conveniente…, se van tejiendo junto con otros acontecimientos de todo tipo.

La muerte va dictando sus sentencias, como hace de continuo y desde siempre, sin piedad alguna hacia nada, y lo mismo se lleva a un antiguo ministro de un ictus, que a un obispo de infarto de miocardio. Y esto es lo conocido, lo mediático, porque, con su eficacia silenciosa, la señora de la guadaña –como era representada en la baja edad media– es incansable y no da tregua a la vida.

Pero la vida se expande de continuo y trata de escapar y de afirmarse hacia la luz, a través de todos los entresijos que va encontrando; según esa lógica sabia, que ya expresara un hermoso libro sagrado de la tradición semítica, del creced y multiplicaos. Porque la vida también es incansable. Hay una energía en el cosmos, y también en nuestro mundo, que ensancha de continuo sus territorios.

Y, en estos días primaverales, dentro de ese caleidoscopio en el que estamos, como un bien cíclico, que todos los años ocurre por este tiempo, las ferias del libro se manifiestan en ciudades y villas, con su civilizada parafernalia de actividades, charlas de escritores, presentaciones de libros, firmas en las casetas o en los puestos, algún que otro espectáculo para los diversos públicos, tanto infantiles como adultos, y, en fin, todo un abanico de manifestaciones culturales en torno al libro, que es, desde el arranque de la modernidad hasta hoy mismo, uno de los objetos más altamente civilizadores con que el ser humano cuenta.

Porque –y esto lo reiteramos de continuo– el modo más eficaz de ser cultos está al alcance de todos: consiste en leer, por placer, por gusto, por curiosidad. Y todo ese poso que los libros van dejando en nosotros, una vez que los leemos, es el sustrato cultural con el que contamos; pues la lectura nos hace juiciosos, imaginativos, conocedores de mundos y de todo ese sustrato que el ser humano como especie ha ido atesorando a lo largo del tiempo.

De ahí que hayamos de invitar a todos a acercarse a los libros. Hoy, los libros están al alcance de cualquiera. Nuestras bibliotecas públicas, de todo tipo, son estupendas; no hay más que visitarlas, hacerse un carnet de usuario y sacar periódicamente libros, para irlos leyendo.

Caleidoscopios primaverales. Melodías de un tiempo, como todos, con sus claroscuros. Pero nuestro deber moral más inexcusable es orientarnos hacia el costado de la claridad. Los libros, con su poderoso imán civilizador, nos pueden ayudar muy bien a ello.