Jueves, 22 de agosto de 2019

Ignacio Martín, que veinte años no es nada

Vive y escribe en México, publica, arma revistas, participa de antologías… Nos llegan sus crónicas de gachupín chilango, porque Nacho escribe columnas, novelas con poético hálito, poemas, siempre poemas.
Ignacio Martín. Foto: Pilar Leal

Al tiempo compartido le salen versos, libros y se enredan las antologías del corazón, de la memoria y hasta las de la distancia. La que transcurre entre las dos orillas que comparten la vida y la obra ¿hay diferencia? de Ignacio Martín. Porque veinte años no es nada y nosotros, los de entonces, emulando a Gil de Biedma, seguimos siendo los mismos.

Y lo somos porque hace treinta años, muchacho salmantino del Maestro Ávila, Nacho Martín escribía poemas en las libretas de una línea, retazos de adolescencia perdidos entre los años universitarios de Filología:  Yo estudié Letras/ porque quería dedicarme a escribir/ y obtuve una parálisis poética,/ menos mal que ya se está pasando. Conocimiento de la materia, la sola materia, el amor, la lectura admirada. Tiempo de encuentro con el profesor que nos abriría las puertas del territorio de la Mancha donde hallar un valiente mundo nuevo de voces y ecos. El poeta y profesor andaluz Julio Vélez Noguera no sólo sabía de luchas antifranquistas y de afanes poéticos, también marcó en el corazón y en la página el hierro del genio y el luto, ecos de César Vallejo y de muerte temprana. De ahí que el volumen de la Obra reunida de Ignacio Martín publicada recientemente por la Diputación de Salamanca, se abra con el testimonio, el relato poético de la huella de Julio Vélez no solo en el autor, sino en una generación de escritores que, a día de hoy, mantienen viva la memoria de su presencia que la muerte no ha conseguido ausentar.

Ecos de Vallejo, certeza de Vélez, orillas unidas a través de la literatura. Ignacio Martín, era un recién licenciado experto en Arreola  dispuesto a estudiar al cuentista mexicano allá, en su mera salsa. Éramos un diente de león del que volaron las semillas a la Nueva España de Villaurrutia, de Arreola, de Rosario Castellanos, de Elena Poniatowska. Éramos estudiantes de ida y vuelta a la Autónoma de México, sin embargo, a Nélida Vidal, a Ignacio Martín y a Pilar Leal, les atrapó la vida al otro lado de un océano de palabras: ¿Solo hay una manera de estarlo o serlo?, mexicanos de alma, de corazón, de hijo, de vida, de casa, de vuelta… porque Nacho y Pilar jamás se fueron de esta tierra salmantina que es la familia, que somos los amigos, que son los recuerdos y los afectos: tierra en modo alguno baldía.

Tierra para recorrer, ricos de afectos, plenos de experiencia, próximos en la llegada, deseosos en la partida de volver a la casa de la otra orilla porque ambas son amorosas y cercanas. Nacho vive y escribe en México, publica, arma revistas, participa de antologías… Nos llegan sus crónicas de gachupín chilango, porque Nacho escribe columnas, novelas con poético hálito, poemas, siempre poemas. Poemas en papel, poemas en las redes, olvidada quizás la hoja adolescente de una sola raya. Poemas viajeros que viven en el amor, en el recuerdo, en la poesía, en la vida cotidiana, en el humor, en la amistad, en el juego arreolano, en la tragedia vallejiana, en el conocimiento de la literatura hispanoamericana, en la definición de México, España, patria… Y,/sobre todo,/ que no tengo más patria que Pilar./ Ni modo,/mi lugar en el mundo tiene mucho/de/lugar común.

Obra reunida que, gracias al empeño del autor y de F. Díaz San Miguel, la Diputación de Salamanca ha convertido en libro. Libro donde se suceden otros libros, libro donde se recorren los caminos del corazón, de la memoria, de la identidad y del humor con el que el prologuista, el también poeta y narrador F. Díaz San Miguel, recuerda que, la primera plaquette del poeta fue devorada por las polillas y que su propio ejemplar estaba horadado por este insecto libresco. Una polilla, como la de Charo Ruano, amante de los libros, de la poesía y elevada a portada, esa magnífica portada de austeridad salmantina que caracteriza a la colección en la que Ignacio Martín está en la mejor de las compañías: Tomás Sánchez Santiago, Charo Ruano, Mª Ángeles Pérez López, Aníbal Núñez entre otros… y sobre todo, con Julio Vélez. Una polilla que nos roe la memoria y deja agujeritos de nostalgia que conjura la palabra en el encuentro y en el prólogo de F. Díaz San Miguel: Yo aconsejo leer este libro de principio a fin, como una novela con fragmentos narrativos y recortes, con repeticiones y variaciones, como se construye la memoria.

Porque este es el volumen de una memoria no escindida entre dos espacios, sino enriquecida por ellos. Salamanca siempre presente: Para mí/Salamanca/es un recuerdo vivo. Una Salamanca sentida, habitada y poseída Ciudad pequeña;/ principio/que, como tantas otras cosas/ se volvió metáfora. Una Salamanca que se suma al México infinito que tiñe de suavidad el habla de un charro de dos orillas que ha sabido mantenerse en pie entre ambas, y que sabe que no hay un punto y final apilando libros y versos, sino un continuo discurso repetido: Debe ser por eso que me gustan tantos los puntos suspensivos… el de un poeta que retoma sus temas, que juega con el espacio, con el humor, con el lenguaje, con la versificación clásica y el caligrama, con la prosa, con la sentencia y hasta con la minificción. Porque veinte años dan para muchas innovaciones y muchos viajes de ida y vuelta.

Porque en esto se resume la obra reunida de Ignacio Martín, en un viaje de ida y vuelta con la mejor de las compañías, la de su compañera, la de su familia, la de sus amigos, la de Julio Vélez, símbolo de una literatura enriquecida con el soplo del peruano, acunada en las músicas populares más arraigadas. Esa música de Chefo y Godaiva que acercan aún más sus versos, convertidos en notas que emocionan al autor porque nada le gusta más que estar próximo al lector aunque su nombre se desdibuje. El nombre de un “charro de dos orillas”que durante semanas sorprendió a los lectores del periódico Salamanca al día con sus crónicas llenas de gracia, partícipes de una realidad salmantina y mexicana vivísima y consciente de su carácter mestizo, de su falta de arraigo en uno u otro lado, falta aparente, pues en ambas orillas está afincado: Ya lo escribí hace tiempo:/ este es mi lugar en el mundo./ Pero no el único./ Haya o no haya papeles,/ los afectos no saben de notarios ni leyes. Un lugar en el mundo de páginas y letras, de polillas que cruzan los océanos de la distancia salvada a través del encabalgamiento. Afecto, pertenencia y recuerdo entre los versos de esos veinte años que son página, la obra reunida e inacabada de Ignacio Martín, poeta español radicado en México, poeta mexicano de origen español… siempre salmantino.