Miércoles, 17 de julio de 2019

¿De qué nación española hablamos? (y 2)

Lluís Companys y sus consellers encarcelados tras los sucesos de octubre de 1934

Divagaba yo sobre qué cosa sea la "nación española", que ahora coge pábulo en boca de la derecha triforme por reacción al proceso catalán. Señalaba las cortes de Cádiz y la Guerra de Independencia como origen de esa noción, que ya entonces aparece con un sentido doble y antagónico: el de los absolutistas y el de los liberales. Y no solo en el sesgo político, sino también en el territorial: se hablaba ya de "las Españas". Más recientemente, Anselmo Carretero concebía a este país como "nación de naciones" o "de nacionalidades", indicando que en él existen distintos sujetos históricos con identidades y proyectos políticos no necesariamente coincidentes sobre el futuro común y sobre las relaciones mutuas entre unos y otros.

El Profesor Álvarez Junco mostró en su magistral Mater Dolorosa cómo ese nacionalismo español nacido en Cádiz, un siglo después había fracasado: ni se había reforzado el sentimiento patriótico en la sociedad española ni se había propiciado la participación política, con un sistema viciado por el caciquismo y el pucherazo electoral sistémático. Y fue esa misma debilidad del nacionalismo español la que estimuló la aparición de los particularismos regionales por toda España. No mejoró mucho la situación en el siglo xx, antes al contrario: se llegó al punto de que en la Guerra civil se enfrentaron dos nacionalismos -o al menos dos patriotismos- de distinto corte (y la democracia al fascismo). Tras la dictadura, la democracia actual no ha logrado del todo que haya un sentimiento identitario y una visión de futuro común entre todos los ciudadanos que habitan el territorio del Estado español.

Parece como si el destino nos hubiera condenado a tropezar una vez y otra en la misma piedra: la situación actual recuerda la deriva anti catalanista de los partidos de derecha (monárquicos, agrarios, CEDA) durante los años de la II República, alimentada entonces por el debate del Estatut o, antes aún, cuando se creó la mancomunitat de Cataluña. En los tres casos se observa cómo la animadversión españolista contra los regionalistas o nacionalistas -secundada por intelectuales y medios de prensa- no hacía sino exacerbar el particularismo, dando mecha a un proceso recurrente en el que unos y otros avivaban el conflicto. Es digno de consideración que en las dos ocasiones anteriores el asunto se liquidó con sendos golpes militares y una guerra civil, dando lugar a las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco.

Ahora somos más civilizados y no llegaremos a esos extremos. Con todo, el conflicto se va enrevesando cada vez más y los políticos catalanes en prisión preventiva llevan encerrados ya más tiempo del que estuvieron los miembros del Govern catalán encarcelados en octubre de 1934 (y eso que estos fueron condenados a 30 años por un tribunal a raíz de unos sucesos en los que hubo más de 40 muertos). Por ello sería deseable que la nueva situación política abra un proceso desactivador de ese círculo vicioso y que vaya encauzando las relaciones entre el soberanismo catalán y las instituciones españolas. Pero la oposición de las derechas y de ERC a que Miquel Iceta, político consensuador donde los haya, ocupe la presidencia del senado e intente que este por una vez haga algo significativo, no indica que hayamos salido del charco bipolar.

Y en ésas estamos.