Jueves, 22 de agosto de 2019

Nuestro Azorín 

No hay una sola persona que no lo quiera. Hasta su familia. Hablo de Manuel López Azorín, el verdadero Azorín según Claudio Rodríguez. Porque al otro, al pulcro  escritor levantino le daban asquito nuestro pueblos viejos, nuestras gentes oscuras, nuestros niños silvestres del interior de un país donde la monarquía había condenado a la mitad al analfabetismo y a casi todos al hambre. A la república le faltó tiempo para tanta redención como necesitábamos.

José Martínez Ruiz, el usurpador de una firma, era un burgués partidario de los seudónimos, escritor de excelente técnica para engatusar paisajes, desertor a la hora del compromiso, luminoso en los libros. Acabó en brazos del cuñadísimo Serrano Suñer.

Este Azorín verdadero del que hablaba el gran Claudio Rodríguez y hablo yo hoy acaba de ser nombrado hijo adoptivo de San Sebastián de los Reyes, un pueblo de casi 90.000 habitantes al norte de Madrid donde antes se acababa los gorriones urbanos y hace tiempo dejó de ser impar soledad para latir la vida -toda la vida- por sí misma. El caudal de su cultura se debe en gran parte a nuestro Manuel. El 24 de Mayo le entregan el título, allí estaremos.

Y yo siento el goloseo no sólo del reconocimiento oficial que ha puesto de acuerdo a todos los grupos políticos, ahora que es tan difícil eludir el obstruccionismo cainita, sino de contar que  cada día que amanece los dos inventamos el mundo, el nuestro tan difícil y tan maravilloso.

Porque no es que Manuel López Azorín y yo seamos hermanos, que también. Un día nos salió al paso un descubrimiento: fuimos el mismo niño, y cuando dejamos de ser niños nos pasaron las mismas cosas, seguramente por soñar los mismos sueños. Como para dejar escapar yo la ocasión de hocicar públicamente en este hijo de Claudio Rodríguez, de Pepe Hierro, de Antonio Gala, y de tantos y tantos que han ido marcando los pasos de baile en torno a su poesía.

Así que aquí hoy presumo de amigo y de poeta. Porque Manuel López Azorín es poeta desde dentro, eso se ve en todos y cada uno de sus libros. Somos muchos los que nos acercamos a la poesía intentando aprender el oficio de los versos, pero es que en el caso de Manuel López Azorín son los versos los que le buscan y le nombran, como si hubiesen nacido y crecido juntos, como si el verdadero Azorín no pudiese eludir la poesía porque es forma de su naturaleza sentimental y casi mineral.

Alguna vez ha intentado hacer una pausa y decir: ya no escribo más. Resultó inútil, gracias a los 4.200 dioses que existen. Y al hablar de Azorín y su fusión ya casi eternal con la poesía me viene a la memoria tantos expósitos que se nombran poetas. Que lean al Azorín verdadero y luego se lean y comparen.

¿Es la poesía de Manuel López Azorín algo serio? Yo diría que algo importante, muy importante.

Importante para él, como un sacramento, o como un estigma. Vivió siempre dentro de la poesía, vivió rodeado de poetas, vivió multiplicando la poesía a su alrededor porque sabe que el universo total no es un lugar sino una manera de vivir en todos los actos y gentes donde la poesía tiene derecho a llegar y quedarse.  La poesía fue siempre para él una pasión y un oficio. Cualquier otra cosa que haga, no le librará nunca de su condición natural y única de poeta.

Y ahora que lo pienso: no sé por qué demonios estoy hablando de Manuel López Azorín en pasado. Quizás porque su vida poética ha sido larga pero rápida, y eso tapa el gallardo laboreo diario que hace de lo que toca un mundo de luz presente.

Iba a aguantarme las ganas de decir que Manuel López Azorín no sólo es poeta, sino un enorme poeta. Pero no me aguanto y lo digo hoy en voz alta, no vean en esta pronunciación ninguna hipérbole. Los dos niños que fuimos en uno solo  no han llegado a contaminarme. Los dos sabemos exactamente lo que medimos. Y a la hora de la poesía, yo tendría que subir de tamaño para estar a su altura.

Estoy eufórico con el reconocimiento de Sanse, pero sobrio. Así que  voy a hacer un ejercicio de tremendismo por el que los lexicógrafos -tan puristas- me pueden condenar. Pero digo y mantengo que no  he leído en los últimos años una biodiversidad poética tan grande como la de Manuel López Azorín.

Ello es fruto quizás de que la poesía de Manuel López Azorín tiene muy buen oído para el idioma, sin abandonar  nunca la técnica, exigencia de cualquier forma de expresión. Si a eso unimos su inquietud interior, tenemos varios libros para la memoria.

 Su último libro, que acaba de nacer (“La voz que me protege”) es un ejemplo implacable de su presente. En él está no más que nunca, sino como en todos. Sigue estando y sigue siendo.

Hay amores de verano, fugitivos y de vuelo corto. Se van todos. Dejan su sitio a los apacibles membrillos, y a los rastrojos que en  las manos de Manuel López Azorín parecen ilustres trigales, o versos para guarecerse de la vida. Este es el libro que llegó para quedarse a esperar el resto del estío mes a mes, donde los caminos se empinan y aparecen grietas o muros. Quizás fue un verano donde nació la voz que no es estertor sino un manojo de emociones, algún recuerdo, y los presentimientos al fondo: la salvación. Lloverán infinitos sin ninguna negación, porque los poemas que hoy entran en el universo andan sin prisa, como explicándose. Hay que prestar atención a los libros que se nombran a sí mismos, sin apellido: saben hablar como todos los vientos que vuelven sobre sus pasos y  nunca se marchan. Como cuando eres niño y no lo sabes, y cuando se acaba el tiempo y queda la voz en la palabra.

Y en la  memoria habitará siempre la imprudente eternidad enamorada de Manuel López Azorín. Nuestro Azorín.