Domingo, 19 de mayo de 2019

El Patrimonio de Salamanca

     En mis años como profesor de Primaria –más algún pequeño escarceo en Infantil hace muchos años-, Secundaria, Bachillerato y -unos pocos cursos- Universidad, tuve la fortuna de conocer a miles de niños y jóvenes que, andado el tiempo, son ahora adultos y puede que alguno de ellos, abuelo. Claro que la vocación pedagógica no me venía tanto de la educación formal, de la Escuela, vaya, sino de la Educación no formal vivida desde niño en la Acción Católica Infantil e, inmediatamente, en el Escultismo católico (MSC). En general, ha sido una experiencia gozosa, o por mejor decir, gozosamente agridulce, por asistir, un año tras otro, sin aparente remedio, al exilio forzosamente voluntario de esos jóvenes hacia otras tierras de la madre Patria o, incluso, hacia el extranjero, porque en Salamanca no veían futuro.

     A pesar de ese éxodo, el patrimonio principal de Salamanca siguen siendo sus niños, cada vez más escasos, casi “especie protegida” y sus jóvenes. A mí me hubiera gustado encontrarme con ellos en la calle o en cualquier evento social o cultural y preguntarles qué tal les iba en la empresa de transformación de productos agrarios, o en la industria puntera del automóvil, o cómo veían el gran desarrollo de la industria bioquímica y farmacéutica que crecía sin parar en los polígonos industriales salmantinos, apoyados por las Facultades de Ciencias Médicas y Biológicas, Física y Química, Ingenierías y, ya en los últimos años, las grandes empresas de electrónica e informática y por Institutos varios de Investigación pura. Este sueño, sin embargo, sigue siendo un sueño, salvo para una pequeña minoría de ex alumnos que han podido orientar su vocación profesional por esos derroteros.

     Puede que todo venga de los orígenes de la repoblación de la ciudad, cuando las más altas autoridades políticas del Estado y algunos eclesiásticos ilustrados fundaron en el Claustro de la Catedral Vieja el Estudio General, nuestra Universidad, vaya, que acaba de cumplir ochocientos años, en los que ha demostrado cumplidamente su capacidad para formar funcionarios, sean altos, medios o bajos, eclesiásticos o laicos, pero siempre eficientes y bien preparados. Cierto es que pasó baches profundos, no el menor de ellos la época inmediatamente anterior a la llegada a nuestra ciudad del gran Miguel de Unamuno. El escaso número de alumnos que tenía D. Miguel, como el resto de Facultades, le permitió desarrollar su pedagogía creativa, sus clases dialogantes en las que se podía hablar de todo, aunque siempre con fundamento, rigor, y amor a la verdad. Puedo imaginarme ese estilo de enseñanza porque fue el que yo viví con el pequeño número de compañeros de la Facultad de Filosofía de la Pontificia.

     No hay que llorar por la leche derramada ni añorar un pasado que no fue, sino dar gracias a Dios, yo al menos, por poder trabajar en el presente en favor de esta mi patria adoptiva y apostar por su futuro. Y así, me cabe el honor, con su responsabilidad aneja, de preocuparme por el mantenimiento y la revalorización del Patrimonio artístico y cultural de la catedral. No debo ocultar que el origen y el fin último de este patrimonio es la evangelización y el diálogo amistoso y profundo entre la fe que lo ha originado y la cultura que tiene, ahora, un origen ideológicamente plural.

     Estamos en período electoral y grande imagino la tentación de utilizar este patrimonio histórico, artístico y cultural y su gestión de una manera partidista, en favor de la ideología o ideologías que hayan resultado o resulten ganadoras en los comicios. Y no quiero ni imaginar que triunfara alguna opción que postulara una nueva desamortización del patrimonio eclesiástico. No lo digo por mi condición de eclesiástico, sino por no repetir el desastre y el fracaso de anteriores desamortizaciones.

     No hay duda: el Patrimonio es uno de los principales activos de nuestra ciudad. Nos jugamos mucho en su gestión. Todos debemos implicarnos, el Gobierno de la Nación, la Junta de Castilla y León, el Ayuntamiento de Salamanca. Es demasiado pedir que los políticos de turno no quieran hacerse alguna foto, pero debemos huir de los personalismos y protagonismos individuales o de partido como de la peste. Hombro con hombro Iglesia y Estado y, dentro de la Iglesia, obispo, clérigos y laicos. Sinergia, diálogo, objetivos comunes, amistad verdadera. Un papel muy importante lo van a jugar las Universidades, singularmente las Facultades más relacionadas con el Arte, la documentación y la gestión. Algunas grandes empresas ya han tomado iniciativas de mecenazgo que deben continuar. Algún papel tiene también la industria turística y el comercio, beneficiarios inmediatos. Y no podemos ni debemos olvidar a los mecenas democráticos y anónimos, los turistas. Hay que pensar más en ellos y ofrecerles servicios de todo tipo, también higiénicos y de descanso, que contribuyan a que su experiencia espiritual y cultural sea placentera y significativa.