Domingo, 19 de mayo de 2019

Y seguimos, vaya tropa, vaya tropa

Lo consabido. En este país enterramos muy bien. No hay nada mejor para la hagiografía que morirse. Nos gustan las bodas y los funerales, aunque critiquemos el vestido de la novia y antes de entrar en el velatorio recordemos los defectos del difunto, no tenemos remedio. El halago que vendemos tan caro en vida, nos sale a borbotones ante la muerte y quiero pensar que, un hombre tan templado como Rubalcaba, se sonreiría a medias entre la barba, haciendo ese gesto con las manos que tan bien imitaba Mota. Mi amiga Francisca del Teso dice que los químicos dan muy buen resultado, añadiría yo que los de orgánica, mejor, quizás tengan compensada la fórmula de la vida. A mí, cuando Alfredo Pérez Rubalcaba se retiró de la política para dar clases me pareció un atrevimiento ¿Cómo iba a recuperar tantos años de avances? No sabía que tenía a una de las mejores químicas en su casa en la persona de la investigadora Pilar Goya, su mujer y además, que esa mente preclara de político bregado le haría adaptarse de nuevo a la cátedra, y más aún convertirse en uno de los profesores indispensables.

Porque frente a la mediocridad imperante, las tesis de corta y pega, los másteres de pague y sírvase usted mismo, los doctorados de medio pelo y los grados a medio gas, existe la excelencia, la política con cabeza, el político que antepone primero al país, luego al partido y luego su propia persona. Política y políticos que no sabían tanto de gestos ni de mercadotecnia, políticos a salvo de la dictadura de la imagen. No lloramos por Rubalcaba, dice uno de nuestros diarios, lloramos por una forma de hacer política que ahora no existe. Altura de estado, altura de miras, gente con criterio… El viento que nos lleva ahora es demasiado voluble. No es política de pactos, es marxismo de Groucho porque si no me sirve con desempolvar al indeseable del jarrón chino de las Azores, recurro a la retranca gallega y me quedo tan ancho. Lo mismo me da por desenterrar para tener titulares, que acallar ciertos temas como los rescates en el Mediterráneo. Poner a Iceta en el Senado o ponerle un piso en Móstoles. Todo vale y todo en un cortoplacismo atroz, porque los objetos no nos duran una vida y las convicciones, nos vistamos o no de rojo, tampoco, véase el trasiego de nombres y listas de un lado a otro del espectro político

Somos gente de arreones. Todos a una a lo que toque en ese momento y ya pensaremos en mañana. Obviamos al que se retira y después, le cubrimos de gloria cuando ya no molesta. Olvidamos la obra de quienes ya no están para defenderse y somos más modernos que nadie a la hora de apuntarnos a la última estupidez. Lo bueno es que al cabo de unos días recuperamos tanto la calma como la serenidad. Y todo vuelve al lugar de su quietud salvo en la política, si está en campaña. Al pobre Romanones le debemos esa frase que repetimos hasta la saciedad cuando toca de nuevo escuchar al político en pugna electoral: Vaya tropa, vaya tropa. Por suerte luego nosotros, los demás, los vecinos que elegimos al alcalde y no al revés, tenemos criterio y cabeza. Y vamos bien temprano a votar a quien nos gestiona bien y a dejarnos de promesa vana. Criterio y sensatez. Y honor a quien honor merece.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.