Aviso a navegantes

Cuando se supo que la final de la Champions, que tendrá lugar el próximo día 1 de junio en el estadio Wanda Metropolitano de Madrid, la disputarán dos clubs ingleses (Liverpool y Nottingham Forest), le faltó tiempo a un tertuliano para augurar unas suculentas ganancias a los bares próximos al estadio. Desde luego, no hay que ser adivino para garantizar que, en ese fin de semana -y no sólo en las inmediaciones del Metropolitano-, el consumo de alcohol aumentará en Madrid en varios centenares de miles de litros. Tantos litros en tan corto espacio de tiempo, y en áreas urbanas muy concretas, para cualquier ciudadano normal significa alterar la normalidad, pero para los hooligans ingleses es sinónimo de inexorable alteración del orden público.

Desde el apogeo del movimiento surgido en Paris con ocasión del “mayo del 68”, algo que comenzó siendo una protesta estudiantil se convirtió en una nueva conducta que, de forma audaz y arriesgada, se atrevió a enfrentarse a las fuerzas del orden. El inicial problema de unos pocos, unido al descontento general de estudiantes y obreros -todo ello muy bien aprovechado por partidos políticos y simpatizantes de la izquierda radical- dio origen a enfrentamientos muy violentos que ocasionaron muertos. Aquel movimiento llegó a poner en peligro la estabilidad política, en aquel momento de Francia, y rápidamente se extendió por todo occidente. Vistos los resultados y perdido el miedo inicial, la fórmula vuelve a emplearse teniendo como pretexto cualquier descontento de un grupo. Si el Estado no interviene, es inútil pensar que, por aburrimiento, se recupere la normalidad. Eso era antes. Ahora, aplicar la indiferencia como tratamiento del problema, equivale a echar gasolina en el incendio. Cuando se acude a uno de estos desafíos, se busca la provocación y no encontrarla ya significa el fracaso.

En el acontecimiento deportivo que nos ocupa, concurren todos los condicionantes necesarios para que prenda la mecha de los disturbios. Hasta ahora, en los desplazamientos al extranjero, los hooligans ingleses – que ya llegan bien “cargados” al estadio- tienen la fea costumbre de provocar dentro del campo a los simpatizantes del equipo contrario. Todos los aficionados que peinamos canas recordamos el trágico suceso del estadio Heysel de Bruselas, con ocasión de la final de la copa de Europa de 1985 entre el Liverpool y la Juventus. Una avalancha provocada desde las gradas inglesas, antes de comenzar el partido, acabó con 39 muertos por aplastamiento -de ellos, 32 italianos y 1 inglés. La gravedad de los hechos aconsejó celebrar el partido. En una tragedia de esas dimensiones, con otra clase de público, lo lógico habría sido suspenderlo. Con los ánimos tan calientes, creo que la decisión que se tomó fue la más acertada.

 Una vez terminados el encuentro, si su equipo ha tenido la desgracia de perder, los hooligans descargan su desencanto con lo que tienen más a mano, ya sea el asiento, las instalaciones del estadio, los vehículos estacionados, el mobiliario público y cualquier persona o agente de la autoridad que los reproche su conducta. Salvo excepciones, los efectos del alcohol unidos a la derrota, hace que pierdan todo asomo de civilización. Tienen, también, otra particularidad: no son menos peligrosos cuando ganan. Aquí, para más inri, los hooligans acompañarán al vencedor y al derrotado.

Es decir, Madrid no tiene escapatoria. Se calcula que acudirán al partido unos 100.000 ingleses, más de la mitad sin entrada. Estos últimos, que no han podido entrar en el campo -porque lo que menos les importa es el resultado-, suelen viajar con la idea preconcebida de subvertir el orden establecido y son los que siempre ocasionan más problemas.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, las imágenes que se difundieron por todo el mundo, con ocasión del conato de referéndum catalán, están siendo debidamente recordadas en algún medio inglés para provocar a nuestra Policía y, de esta forma, tener aleccionada de antemano a determinada prensa para poder captar las imágenes que pretenden volver a dejar en mal lugar nuestros métodos de represión.

Ese acontecimiento que, es cierto, supondrá una respetable cifra de ingresos para el sector de la hostelería y restauración, servirá también para examinar nuestra seguridad. La Policía española, que conoce el tema con suficiente antelación, es de suponer que tomará las medidas necesarias para no verse sorprendida. Ya es triste que unos destrozos nada despreciables, casi seguros, se conozcan de antemano y no se puedan evitar. Todo lo que se pueda solucionar con dinero -que no debe salir del bolsillo de quienes sufran los desperfectos, sino de los responsables de la organización del evento- servirá para no caer en la provocación. Si se puede detener a los responsables, mejor que mejor. Si no es posible, cualquier solución menos dar lugar a la foto de primera página. Y si sale la foto, que sea la de los provocadores en plena “faena”.

Otra cosa bien distinta es garantizar la integridad física de las personas. Por desgracia, estamos asistiendo al triste espectáculo de comprobar el poco valor que tiene hoy la vida de un ser humano. No ya el inadmisible número de víctimas de la violencia de género, es que vemos a diario cómo se acaba con la vida de otra persona por culpa de una discusión que antes terminaba con algún diente menos o con un ojo a la funerala. En los enfrentamientos callejeros de hoy siempre hay peligro extremo. Cuando un contendiente cae al suelo, la masa se vuelve loca y busca rematarlo con lo que se tenga a mano. Ante lo que se le viene encima a Madrid, los organismos responsables programan los planes de seguridad con antelación y siempre existe un último responsable de coordinar las medidas necesarias para corregir los posibles imprevistos. Siempre existen “puntos calientes”, originados por la aglomeración de visitantes, que son vigilados con más insistencia. No acercarse a esos lugares, que se peleen entre sí, pero nunca tratar de separarlos.

En cualquier caso, con esa rara especie de provocadores, si yo estuviera en Madrid en esas fechas, me alejaría de ellos y avisaría a la Policía ante cualquier conato de violencia o barbarie.