Domingo, 19 de mayo de 2019

La imprenta o la sacristía de los libros

Cuando usted, amigo, se halle deshilvanando esta columna, dos eventualidades habrán tomado nuestra Plaza Mayor. Una vez más, cual venta donde descansa Don Quijote, será ella la posada de la tradicional Feria del Libro. Sí, amigos, con más razón visítenla y saboréenla para que callen esos altavoces que la quieren ubicar en la evanescencia.

La otra eventualidad, ya lo habrán adivinado, serán las elecciones. En esta ocasión, como si se trataran del capítulo segundo de las celebradas el 28-A, la Plaza será visitada por nuestros políticos en la búsqueda del voto rezagado. Suerte a todos, porque este articulista, en tan preciados días, camino del Camino, se estará haciendo un Fray Luis lejos del mundanal ruido.

Claro, que los libros no son ruido. Eso que vaya por delante, pues bastante tienen con no agonizar y reinventarse en estos tiempos digitales. Y bien sé lo que digo, pues como impresor consorte, el mundo de la imprenta ha sufrido tal agonía, que, con más razón que ningún otro sector, hace tiempo que deberían haber sacado las máquinas a la calle.

Desde comienzos de los noventa, invadido por las nuevas tecnologías, el sector se quedó hundido, y fue una heroicidad que algunas imprentas no echaran el cierre. Sin embargo, los libros sobreviven y sus precios están al alcance de los bolsillos más modestos. Quizá sea un milagro de San Juan Ante Portam Latinam, patrono de las artes gráficas, cuyo día en el santoral se celebra el 6 de mayo.

Pero como en este artículo también hablamos de las elecciones, ¿podían decirme para dónde han mirado las instituciones del Estado desde los años noventa hasta la actualidad mientras era salvaje la irrupción sin piedad de las impresoras y ordenadores? Sí, miraban por la recaudación del IVA, IRPF y otros impuestos, que se llevaban las pocas ganancias, y los políticos carecían de la mínima sensibilidad para colocar algún apósito que cortara la hemorragia.

Así, para agradecer a quien se preocupó de manera sustancial de la imprenta y sus impresores, tenemos que echar mano de un hecho tan anacrónico como una real orden de Carlos III en la que decía: “Desde mi feliz advenimiento al Trono, ha merecido mi real protección el arte de la imprenta, y para que pueda arraigarse sólidamente en estos reinos, vengo a declarar la exención del sorteo y servicio militar no sólo a los impresores, sino también a los fundidores que se emplean de continuo en este ejercicio de abridores de punzones y matrices”.

Vaya nuestro reconocimiento para aquel rey -borbón precisamente-, que tuvo la sensibilidad de preocuparse de ese mundo vocacional que conforma la sacristía de los libros y que son los talleres.

Este artículo ha empleado un lenguaje un poco religioso, pero siguiendo nuestras enseñanzas de la infancia, ya casi olvidadas, he de decir que los libros, comenzando por la Biblia, son un regalo de Dios.