Miércoles, 23 de octubre de 2019

El Buen Pastor

 

 

El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 23,22).

A pesar de que la tecnología en nuestra cultura general, la ha vuelto cada vez más urbana y se escucha hablar poco de «pastores», la imagen de «pastor» sigue siendo potente y significativa para aludir a alguien que dedica su vida a cuidar con dedicación, con paciencia. Por otra, la labor de pastor forma parte de nuestra experiencia: tantas personas gustan de rodearse de animales y traban un conocimiento personal con ellos y a su vez, esos animales han influido en sus vidas, a veces por períodos largos o para siempre.

El pastoreo en Israel y en el Medio Oriente era en tiempos de Jesús y aún es algo muy importante. Ahí están Abrahán y Lot, José y sus hermanos. Hoy día no es extraño encontrar pastores por los campos.

A los reyes se les designaba con el título de «pastor» y a nuestros obispos y sacerdotes se les aplica el mismo título porque Jesús una vez se lo aplicó a sí mismo. El salmo 23 —n. 22 en la Biblia Hebrea— es uno de los más favoritos del salterio. Jesús se autodenominó «el buen pastor» y dicha imagen ha permanecido ligada a Jesús desde los comienzos del cristianismo.

En las pinturas de las catacumbas y en los sarcófagos paleocristianos, es muy común encontrar representaciones de Jesucristo con una oveja sobre sus hombros. En consecuencia, el mundo ha idealizado religiosamente el icono, la imagen del pastor. Además, el arte plástico, la literatura y el cine han divulgado en proporciones insospechadas esa caracterización de Jesús, que como dice arriba, él mismo escogió para sí.

El salmista utilizó la alegoría del pastor para describir la relación de su Dios con él y por lo tanto su dependencia de Dios para sobrevivir. Hoy día la imagen del «Pastor Bueno» es aún enternecedora y propicia a la oración profunda de confianza y abandono a Jesús.

Jesús es el mejor pastor, de hecho, es modelo de pastor por excelencia. Es el único que nunca nos engañaría ni nos llevaría por malos caminos, ni se aprovecharía de nosotros. Jesús nunca buscó su propio interés. No lo hacía siquiera cuando arriesgaba la vida para confrontar el mal o enfrentarse a los poderes de su tiempo.