Sábado, 17 de agosto de 2019

Máscaras

Hay, al menos, una doble acepción del término ‘máscaras’, una de tipo positivo y negativo la otra. La más hermosa es la que alude a esa careta ritual con la que se cubre el rostro en determinadas ceremonias. Es patrimonio de todos los pueblos de la tierra y no hay cultura que no conozca el uso de las máscaras en los contextos más variados.

Las máscaras aparecen asociadas, por lo general, a estadios de la humanidad que podríamos llamar –sin ningún tipo de connotación peyorativa– primitivos o, más bien, apegados a los orígenes, a los lugares primigenios, a esa vinculación –tan decisiva– del ser humano con la tierra y con el cosmos.

Constituyen las máscaras símbolos religiosos y sociales y las ceremonias en las que aparecían han cumplido, en el pasado,  una función reguladora en la vida de las comunidades humanas, como elemento garantizador de la cohesión grupal y, por ello, de la vida activa de la comunidad.

Las máscaras han aparecido en diversos tipos de ritos –ya que son objetos profundamente marcados por una ancestral ritualidad–, como, por ejemplo, laborales (agrarios, sobre todo), festivos, de iniciación y también, claro está, funerarios.

Los antropólogos y también los historiadores del arte han analizado las máscaras africanas, tan variadas y hermosas, y con significaciones tan sugestivas para el ser humano y las comunidades tribales en que habita, como, por ejemplo: si son funerarias, captar la fuerza vital que se escapa de un ser cuando muere; si aparecen en ritos agrarios, suplicar a los dioses la lluvia y la fertilidad de la tierra, para que los cultivos se logren; si aparecen en ceremonias de iniciación en los ritos de paso, propiciar el pasaje de niño a hombre, de niña a mujer, de la siembra a la cosecha; etcétera.

            Pero hay una segunda acepción del término ‘máscara’ que es el que parece estarse produciendo estos días entre nosotros, en el inicio de este segundo momento electoral que vivimos. Es una acepción ya marcada por lo negativo, por lo inauténtico, por aquello que se aleja de la verdad. En esta sentido, el diccionario nos indica: “Cosa tras la que alguien oculta sus verdaderos sentimientos o intenciones.” Si no logramos buenos resultados siendo radicales, nos pasamos a la moderación. Y por ahí podemos recorrer el camino hasta donde queramos.

            Nuestra sociedad, sin embargo, ya no está tan infantilizada como algunos creen y, por ello, –como indica la expresión popular– no está dispuesta a tragar sapos y culebras. Porque el menú de la dignidad, de la verdad… es el que le corresponde. De ahí que, se le proponga lo que se le proponga, haya que hacerlo siempre desenmascarados.