Miércoles, 21 de agosto de 2019

El pequeño dictador

Libertad de opinión, libertad de expresión, libertad religiosa, libertad sexual, de asociación, de reunión, prensa libre, Info-libre, Libertad digital, Enciclopedia libre. Cada día precisamos más reafirmar nuestra libertad y colocamos ese deseo al lado de importantes cosas de forma que podamos escucharla con frecuencia, tal vez porque la vemos peligrar. La libertad es una necesidad básica de los seres humanos ¿o no?

Hoy las nuevas tecnologías han invadido prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida, no es una opinión, es un hecho. La caída de un sistema informático no sólo puede producir daños materiales, económicos o caos social, puede llegar a ocasionar la muerte de personas. Imaginen un fallo en los sistemas de urgencia de un hospital, de los que vigilan los recorridos de las líneas de metro, de tren o del control aéreo. La interrupción o el mal funcionamiento de estos medios invisibles provoca víctimas tan reales como las de una guerra.

Nos gusta la libertad, asiamos sentirnos libres, pero nos sometemos gustosamente a una cada día más absorbente dependencia tecnológica. Si hace ya algún siglo logramos superar el estatus de siervos para convertirnos en ciudadanos, si al desprendernos de esa servidumbre fuimos libres para andar con la cabeza alta sin tener que mirar al suelo cuando pasaban señores, reyes o papas, hoy la pantalla luminosa de un pequeño instrumento tecnológico nos condena de nuevo a mantener la mirada baja para así acceder a un mundo virtual y asilarnos de ese otro real que tenemos a nuestro alrededor. Nos sentimos más comunicados cuando en realidad estamos solos, una paradoja que asumimos con absoluta normalidad.

Nadie puede negar los beneficios que nos han traído de la mano los avances tecnológicos pero, como ya he dicho en alguna otra ocasión, los seres humanos tenemos la extravagante capacidad de transformar lo útil en necesario y después lo necesario en imprescindible.

Un teléfono móvil resulta muy útil, nadie lo discute, pero hoy la función que menos utilizamos de él es precisamente aquella para la que fue diseñado. Fotos, contactos, ventas, compras, prensa, radio, televisión, gestiones administrativas o bancarias, mensajes, debates, política, etc. A todo ello se puede tener acceso a través de un pequeño dispositivo que cuenta con más y mejor tecnológica que toda la que fue necesaria en los años 60 para lograr la hazaña de llevar un hombre a la luna.

La libertad de estar conectado con una persona que reside en Paris, New York, Tokio o Nairobi, pasa por pagar el tributo de una atención permanente al “pequeño dictador”. Salir de casa sin él provoca angustia, quedarse sin batería es frustrantes, no disponer de conexión wifi causa ansiedad, quedarse sin datos produce espanto. Ciberadicción, tecnoadicción, dependencia tecnológica, pueden llegar a tener consecuencias ciertas en nuestra propia salud: estrés visual, daños cervicales, rigidez en los dedos, depresión, fomo[1], insomnio. Pero además, sabemos (aunque desconozco hasta qué punto somos conscientes de ello) que todo esto recorta nuestros insaciables deseos de libertad.  El móvil nos inmoviliza.

Nuestra vida real es invadida por nuestra vida virtual de forma desproporcionada. No se trata de elegir entre una u otra, es imposible, sino de hacerlas compatibles. Porque solo recortado nuestras dependencias podemos incrementar nuestras libertades. Las dependencias nos hacen vulnerables, nos debilitan y pueden llegar a esclavizarnos.

Steven Spielberg afirmaba que: La tecnología puede ser nuestra mejor amiga, y la tecnología también puede ser el mayor aguafiestas de nuestra vida. Interrumpe nuestra propia historia, interrumpe nuestra capacidad de tener un pensamiento o un sueño, de imaginar algo maravilloso, porque estamos demasiado ocupados tendiendo un puente desde la cafetería a la oficina en el móvil.

Y me parecen muy oportunas, ya para terminar, las palabras del periodista estadounidense Sydney J. Harris: El verdadero peligro no es que los ordenadores empiecen a pensar como los hombres, sino que los hombres empiecen a pensar como los ordenadores. Pues eso, a desconectar de vez en cuando, ya que aún somos libres para hacerlo, dicen, que es muy sano y recomendable.

 


[1] Es el pánico por perderse algo que haya pasado en las redes sociales o por quedarse excluido de algún grupo o actividad