Sábado, 7 de diciembre de 2019

En ningún lugar. Nadie. Ninguno. Nunca.

“No hay más que dejarse llevar. La realidad está ahí, disponible. La palabra también.”
JORGE SEMPRÚN (superviviente de Buchenwald), La escritura o la vida

La noticia quiere resumirse, se resume, en que el pasado día 5 de mayo la ministra de Justicia abandona el acto de homenaje a los españoles muertos o torturados en el campo nazi de exterminio de Mauthausen,  debido a que la representante de la Generalitat catalana cita en su discurso a uno de los independentistas actualmente juzgados en el Supremo. Y hasta ahí la relevancia periodística y mediática de un acto que, como todos los que se basan en la pura fachada, ha mostrado una vez más la imagen de lo que la burocracia es capaz de hacer con la historia y de qué forma la memoria se constriñe y empaqueta en una placa, en un día de recuerdo fijado por decreto o en el repetido discurso oficial de la libertad y la democracia (políticamente correcto) que cierra, clausura y olvida durante trescientos sesenta y cuatro días al año, el significado y el sentido de lo que en realidad fue, provocó y generó la banalidad o la fría programación del mal consustancial al totalitarismo y al fascismo, valga la redundancia.

A nadie se oculta que este homenaje en Mauthausen, y la fijación de una jornada anual para hacerse fotos junto a sus muros en presencia de escolares, pretenden ser representativos del recuerdo que quiere hacerse de todos los españoles asesinados y torturados en los campos de concentración europeos a mediados del pasado siglo. No serán estas líneas las que se alejen de ese abrazo ni cuestionen ese tributo. Pero  tampoco puede olvidarse, y eso no está inscrito (y debería) en ninguna placa de lugar alguno, que los culpables primeros, los cómplices necesarios, los causantes de esos crímenes y de todo el sufrimiento de las mujeres y los hombres españoles hundidos en esos campos de tormento y angustia, fueron los esbirros del franquismo, españoles también a nuestro pesar; los lacayos de los golpistas de 1936 contra la legalidad republicana, los corifeos de la larga dictadura de cuarenta años, que empujaron, denunciaron y entregaron con odio, inhumanidad y perfidia a miles de compatriotas a la diáspora hacia la muerte,  y que colaboraron estrecha y gozosamente con Himmler, Hitler, Goebbels y Eichmann, a hacer de los republicanos españoles expulsados de su país reos de la sevicia y víctimas de la más oscura iniquidad que se recuerda.

La inmensa cantidad de estudios, literatura, investigaciones y todo tipo de documentación sobre el nazismo y, específicamente, sobre los campos de trabajo y exterminio con que la barbarie fascista ensució Europa para siempre, contrasta con la escasa documentación, información e investigación sobre la no menos escalofriante barbarie del franquismo y de la dictadura franquista, sus propios campos de concentración y extermino dentro del país, tanto o más siniestros y crueles que Auschwitz, Dachau, Treblinka o Buchenwald, y que la cada vez más débil memoria de ese horror específicamente español, hoy solo depositada en sus ya poquísimas víctimas supervivientes, ha sido negada y esquivada, burlada, ninguneada, abaratada y despreciada, gobierno tras gobierno, legislatura tras legislatura, por una democracia herida de desmemoria (o, peor, voluntariamente desmemoriada); una democracia (o algo así) enferma de poquedad e incapaz para el esclarecimiento y aceptación de su propio pasado, y que todavía, todavía, admite sin empacho en su nómina de representantes y da carta de naturaleza y espacio en sus instituciones a los apologistas, defensores y herederos directos de Mola, Yagüe, Franco, Millán Astray o Sanjurjo.

Una placa en Mauthausen (dedicada por España a sus hijos “caídos”, ese participio todavía colgado del lenguaje patriotero...). Un día al año para fotografiarse junto a esa placa. Una visita escolar ese mismo día para procurarse oídos al discurso oficial, correcto y repetido, plagado de lugares comunes y encendidas loas a los muertos. Pero ¿dónde está la placa, en qué lugar de España, en qué campo, en qué rincón, en qué esquina, que recuerde y mantenga viva la memoria por los asesinados y torturados por el franquismo? En ningún lugar. ¿Quién pronunciará el discurso de la reparación y la justicia para todos los españoles que durante cuarenta años estuvieron sometidos al miedo, la incultura y la imposición? Nadie. ¿Qué día es su homenaje? Ninguno. ¿Cuándo se abrirán todas las fosas de la vergüenza que hacen de este país el más indigno con la memoria de su propio pasado? Nunca. ¿Irán los escolares a aprender historia y escuchar encendidas loas a los muertos cuando se desentierre a sus mayores? No. ¿Asistirán nuestros hijos al necesario e imprescindible proceso al franquismo y a sus responsables? Jamás.

Tal vez, porque es más fácil condenar al diablo universal que a los propios demonios, una pátina de olvido y molicie mental impide a este país mirar atrás, reconocerse y asegurarse un futuro sin huevos de serpiente. Pero también, ya que con tanta displicencia tratamos nuestra historia, sea comprensible que algunos piensen que ciertos encendidos discursos, gestos, actos y hasta desplantes, tengan escaso valor. O ninguno.