Viernes, 4 de diciembre de 2020

Berlín 

Yo no soy politólogo, pero creo que Alemania está ganando la tercera guerra mundial sin disparar un solo tiro. Se acabaron los imperios y ahora no disparan los cañones sino los bancos. Así que ahí tenemos a USA, China y el Bundesbank repartiéndose el mundo. Hoy Eduardo Marquina, incluso Fernando Martínez Laínez habrían tenido que escribir otra cosa que  los himnos  y el teatro nacionalista de Flandes. (Por cierto, los famosos Tercios que tanto juego patriótico han dado estaban trufados de mercenarios belgas y holandeses. Así que menos lobos, Vox).

El sedentarismo te lleva a la nostalgia. Y a mí se me llena la memoria de los bosques de Franfort donde una extraña noche me la pasé en la ventana contando aviones: cada 30 segundos despegaba o aterrizaba uno, lo supe por las luces desafiando quietudes. O la paz de Munich, donde paseaba la burguesía de Baviera. Pero nada como aquel Berlín donde en 1970 yo atravesé  el muro dos veces, una porque lo pedí, y otra porque me llamaron.

Aún me dolía la herida de los jóvenes comunistas franceses de Mayo del 68, y me zumbaban los oídos de la conversación con el gran pope Victoriano Fernández Asís, licenciado por  Salamanca y testigo de muchos capítulos de la historia. A mí aquella derrota (si pronunciamos victoria habría cambiado todo) me había dejado un mal sabor de boca porque acabé rindiéndome a la evidencia: debajo del asfalto no estaban los sueños. Pero él lo tenía más claro: los estudiantes perdieron porque les dejaron solos los obreros. Aquella teoría de Fernández Asís no me tranquilizó, sino todo lo contrario. ¿Obreros dejando solos en la lucha a los estudiantes? Palomas disparando a las escopetas.

Cuando yo aterricé en el centro de Berlín ya sabía que el comunismo no es sólo dejar de beber coca cola. (Aterrizar en el centro de Berlín era literalmente cierto. Sólo existía el viejo aeropuerto, rodeado de casas. Así que desde  el avión americano que te llevaba - los rusos sólo permitían volar a  la Pan Am- casi veías planchar en el salón a las alemanas).

El Berlín Oeste y libre  estaba lleno de publicidad luminosa. Y el orgullo alemán escrito a los pies de una iglesia negra, puntiaguda, restos de la derrota. A sus pies, un letrero: “Si quiere ver nuestras ruinas, dese prisa”.

Al otro lado del muro había otro Berlín y otra Alemania. Los monumentos más señoriales y hermosos, y las casas de los ciudadanos, grises, uniformes y feas. Y un estallido de emoción ante la colina donde duermen puestos en pie 20.000 esqueletos de soldados rusos que cayeron en la toma de la ciudad nazi. Todos era casi niños, por eso también la emoción al monumento a la madre rusa con su hijo muerto en los brazos.

La chica alemana del Este que me recibió sabía bastante español y yo casi un perfecto francés. Fue ella quien quiso esforzarse en nuestra lengua. Y al final de la jornada me preguntó que si un día podía volver para hablar a un grupo de jóvenes sobre los poetas de la Generación del 27. Naturalmente, dije  que sí.

Cuando volví, el grupo era un batallón de muchachas y muchachos que andaban por los 20 años. Esa fue la primera sorpresa. La segunda, que en el coloquio demostraron que sabían de los nuestros (adoraban a Miguel Hernández) tanto o más que yo. Y ya puestos, hablamos de todo: ellos ganaban tres veces menos que cualquier occidental. Pero se extrañaban de que les preguntase si querían ganar más. ¿Para qué?  Seguramente no todos los muchachos y muchachas  berlineses del Este pensaban así, pero aquellos que me hicieron feliz un día entero, sí. Fue un atisbo de que yo estaba ante una juventud alejada del consumismo que al otro lado del muro irradiaba desde la publicidad luminosa devorando voluntades.

En el último recital de música y poesía de Santa Inés, donde estuvo como invitada nuestra poeta Montserrat Villar González, le dije que ese acto de junio se debe al esfuerzo de un grupo del pueblo, que no teníamos más recursos que nosotros mismos. Ni un euro por parte de las instituciones. Y así vamos resistiendo cinco años ya.  Porque en España el Poder, sea grande o chico, desama la cultura. Y si eres viejo, te penaliza. Hoy Ayala, Sampedro, Marsé, Mendoza, y un largo etc. o no podrían escribir o escribrían contra corriente. Mi amigo, el escritor Rafael Soler me dice en su Café Comercial donde se sentaba Antonio Machado y varios como él, que eso se va a resolver.

Y pobres víctimas alumnos y profesores de una sistema educativo cada vez más escuálido al que van despojando de todo humanismo. Demasiadas amputaciones que conducen a una sociedad donde va a quedar solamente una educación para lo útil. Por eso España ha decidido que los jóvenes españoles no oigan hablar de Cortázar o Borges. ¿Para qué?

Pero la cultura es algo más que informática e inglés. La cultura es el pasado, el nuestro y también el de Sócrates que nos enseñó a pensar. A ver si lo que quieren es que nuestros jóvenes no piensen. Porque una sociedad que piense, una sociedad culta, tiene capacidad de reacción. Uy, qué peligro.

No hay valor absoluto, escribe en un poema Manuel López Azorín (el verdadero Azorín, como decía Claudio Rodríguez). Lo cantan mucho Rafa Mora y Moncho Otero, impagables músicos que van donde está la gente llevando la cultura. ¿Por qué entonces ronronean decisiones en Salamanca intentando alejar los libros de la Plaza Mayor? El resultado sería que si preguntamos a los jóvenes españoles de 20 años por Miguel Hernández, quizás no habría respuesta. Y esto no es un ejercicio de nostalgia, porque ningún mundo anterior fue mejor que este. Pero que no lo empeoren.

Alemania, sí está ganando la guerra. Y también una buena cuota de libertad, o incluso la libertad entera que no tenía en el Berlín Este. Pero yo me entrego sin remedio al recuerdo de lo que también perdió: aquellos muchachos y muchachas de 20 años que sí encontraron los sueños debajo del asfalto.