Sábado, 21 de septiembre de 2019

Salte de ahí, pardal

Cuando yo era niña, mi abuelo decía “Los perros y los niños, a la puerta del chozo”, meneando la cayada de tal forma que todo el rebaño de niños, perros, gatos, pájaros, pelotas y bicicletas nos dispersábamos por el corral riendo como locos. Niños que entraban, salían, merendaban una vez en cada casa, comían en silencio escuchando hablar a los mayores y en ocasiones, apenas tenían nombre ¿Dónde está tu hermano? ¡Mira a ver el niño! Niños que en la tarde del domingo recogía cada madre correspondiente, sucios de tierra y de babas de perro, para devolverlo al redil de la ciudad, del baño dominical, de la cartera preparada para el lunes. Niños que eran lo más preciado, sí, pero a los que se trataba con cierto despego. Salte de ahí, que te cortas. Vete a la calle que aquí molestas ¿Es que voy a estar todo el día detrás de ti? Los muchachos en racimo en las puertas de las escuelas, en el camino de la charca, en el corral de la abuela. Niños que son uno y todos, primos que se confunden en su algarabía de pardales. Ven acá, pardal, decía mi abuelo, y el niño gorrión, pequeño, vivo, ruidoso, saltarín como un pájaro, acompañaba al abuelo y por la calle le caía la misma letanía ¿Y tú de quién eres?

Todos éramos uno y todos. Íbamos por tandas de edad. Lo del amor propio y la originalidad no era para los niños del último franquismo. A las hermanas nos vestían igual, los niños parecían todos uniformados de nickis y pantalón corto, las rodillas llenas de costras de sangre y las uñas machucadas. Éramos una pandilla un poco salvaje repeinados con colonia y saliva cuando era la fiesta del pueblo o había una comunión. Lo malo era aguantar los zapatos nuevos, el vestido nuevo que no había que manchar. Al final todos los primos acabábamos igual, sucios de tierra y de mocos. A mi madre le daba un poco igual porque se daba mucha maña para poner rodilleras aunque siempre decía que mi hermano se había dejado la piel en el cemento del patio del colegio. Es que mi hermano más que refuerzos en la ropa debía haber ido con armadura o protecciones de rugby. Era propenso a todo tipo de accidentes y nunca o casi nunca tenía la culpa él. Le cosieron tantas veces que en urgencias le dijeron a mi madre que la próxima vez, le pondrían una cremallera. La mujer se hizo estoica a la fuerza. Este niño viene descalabrado de fábrica, decía mi tío.

Pienso en aquellas infancias de sol y pueblo ahora que mido mis palabras cuando hablo con los padres de mis alumnos y pronuncio muy cuidadosamente el nombre de mis sobrinos. El niño tiene una entidad casi milagrosa, una fragilidad que nos atenaza. Quisiéramos protegerle de toda perturbación y en ocasiones, rozamos el extremo opuesto y lo convertimos en un ser de cristal que se rompe con una mera negativa. Niños a los que no curtimos y apenas castigamos, niños a los que les ahorramos el trauma de leer cuentos populares o ver Bambi sin preparación para el llanto.

Niños, en fin, más sabios que los propios mayores. Porque solo hay que verlos juntos, echándose tierra en los ojos, peleando por una pala, dándole el chupete al perro y quitándose los calcetines a la mínima. Niños que se juntan, que se pegan, que se buscan, que se confunden ¿Dónde está el tuyo? Y en ese descuido que todas tenemos, de repente se oye un mamá lastimoso y allá vamos todas, dispuestas a quitar mocos, levantar del suelo, hacer curita sana, o de plano a decirles que se vayan a la puerta del chozo y nos dejen comer, coño, que no tengo otra cosa que hacer que andar detrás de ti todo el día.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.