Lunes, 18 de noviembre de 2019

Elegir la alegría

Elegir la alegría

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La teología del “valle de lágrimas”.  De esto habla José María Castillo. Reproduzco su pensamiento, por considerarlo interesante. El afirma que la teología cristiana se ha ocupado más del sufrimiento que de la alegría. Y se ha preocupado más por las situaciones duras y costosas de la vida que por lo que nos proporciona felicidad, bienestar y satisfacción. En buena medida, se puede asegurar que a los teólogos les ha interesado más la muerte que la vida. Y aunque es cierto que, en los escritos teológicos, se habla con frecuencia de la vida, el hecho es que la teología y la liturgia dan la impresión de que la vida que interesa es la “otra” vida, no “esta” vida. Más aún, todos sabemos que en las iglesias se habla con frecuencia de la renuncia al placer, la mortificación del bienestar, la austeridad, la mortificación, el aguante y la resignación, mientras que apenas se escucha algo que impulse a la gente a procurar ser felices, gozar de todo lo bueno que Dios ha puesto en el mundo y en la vida, disfrutar de lo placentero, lo sensible, lo corporal. Sin duda alguna, la moral, la espiritualidad, la simple presencia de lo religioso le causa fastidio a mucha gente. Y, por supuesto, es infrecuente encontrar personas que espontánea- mente asocien a Dios y a la Religión con la alegría de vivir y, en general, con todo lo que nos hace sentirnos más felices.

¿Por qué ocurre esto? ¿Cómo se explica que quienes hablan de Dios y los representantes oficiales de la religión hayan organizado el discurso religioso de manera que tal discurso produce respeto, impresión o disgusto, pero casi nunca alegría, satisfacción y bienestar? Y lo malo que tiene todo esto es que la gente, como es lógico, lo que quiere es pasarlo bien en esta vida o, por lo menos, no vivir como unos desgraciados. Pero el hecho es que las cosas de la religión se han venido a organizar de manera que, cuando se trata de pasarlo bien, lo que menos se le ocurre a la mayoría de la gente es meterse en una iglesia o entrar en un convento. Es más, en muchos ambientes, la presencia de un clérigo, o de una persona “muy piadosa”, es lo mismo que la presencia de un “aguafiestas”: a lo mejor, hay que cambiar de conversación, moderar las palabras, “portarse bien”. Lo cual indica, a todas luces, hasta qué punto Dios y la Religión parece que andan allá por donde están los antípodas de la alegría. Repito, ¿por qué pasa esto?

Muchos son los increyentes que también se han acercado a Cristo a describir lo que es y lo que hace. Uno de ellos, Saramago, nos habla del Cristo español y el portugués.

El cristo español está siempre en su papel trágico. Jamás baja de la cruz, donde cadavérico extiende sus brazos y alarga sus piernas cubiertas de sangre. El cristo portugués anda por costas, prados y montañas, jugando con la gente del pueblo, se ríe con ellos, merienda y de vez en cuando, para llenar su papel, se cuelga un rato en la cruz.

El Dios de la Biblia no es indiferente frente al mal. Y aunque sus caminos no sean nuestros caminos, aunque sus tiempos y proyectos sean diferentes de los nuestros (cf. Is 55, 8-9), sin embargo, se pone de parte de las víctimas y se presenta como juez severo de los violentos, de los opresores, de los vencedores que no tienen piedad.