Lunes, 19 de agosto de 2019

Trabajo digno

Terminadas las elecciones al Congreso y Senado, debemos felicitar a los vencedores y desearles que sepan administrar con sabiduría, humildad y solidaridad a todos los españoles, con un subrayado especial con los más necesitados. Deseamos la convivencia pacífica y vivir en paz de forma fraterna y construir un futuro más democrático y justo para todos, donde las particularidades puedan ser respetadas. Deseamos un trabajo digno para todos y que puedan vivir en un espacio habitable que exprese y acreciente la dignidad, la persona es lo más importante en nuestras sociedades.

El trabajo incide en todos los aspectos de la vida de la persona. El ser humano es el sujeto del trabajo, no es una mercancía, es un bien social. Son necesarios tres aspectos consustanciales a un trabajo decente, como son la dignidad humana, la solidaridad y la seguridad y la justicia social. Para desarrollar un trabajo decente, parece necesario desarrollar políticas nacionales basadas en una convergencia entre las políticas económicas y sociales que favorezcan adecuadas tasas de crecimiento sustentables e inversiones intensivas en empleos productivos, dentro de una globalización justa.

En la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, organizado por Cáritas, la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), CONFER, Justicia y Paz y la Juventud Estudiante Católica (JEC), presentamos un cuento bajo el lema “El trabajo decente no es un cuento”. Quisiéramos publicarlo en estas páginas en el día de hoy fiesta del trabajo, jornada reivindicativa de los derechos de los trabajadores desde 1886. En España se celebró por primera vez en el año 1890, cuando los socialistas dirigidos por Pablo Iglesias comenzaron a organizar la jornada, después del Congreso fundacional de la Segunda Internacional en 1889.

 

Ángela y sus anhelos de soñar.

Ángela y su familia no vivían mal con el negocio familiar, aunque su marido gastaba demasiado, cada vez estaba de peor humor, con lo que cierta preocupación perturbaba su existencia. La crisis se hizo presente y con ella las medidas políticas de ajuste estructural, liberación de los mercados, recortes sociales, desregulación del mercado laboral, precarización del trabajo. Primero fueron rumores e incertidumbres y después una preocupación real por la situación de su familia, el negocio familiar dejó de ser rentable, a ello se añadió la bebida y el exceso de gastos incontrolados de su marido que no aguantó la situación.

Para Ángela comenzó un auténtico vía crucis.  Se vio en la calle con sus dos hijos, se tuvo que divorciar y cambiar su domicilio a la casa de sus padres en otra ciudad. Ellos vivían con una pensión mínima fruto de sus años de trabajo en su jubilación reciente. Ángela tuvo que aceptar diferentes trabajos como empleada de hogar, sin protección, sin derechos, realizando mil tareas de cuidadora o de limpiadora donde no llegaba a cobrar ni el salario mínimo a pesar de trabajar numerosas horas al día.

A pesar de todo, la creatividad siempre ha formado parte de su hogar para llegar a final de mes, la ropa de los niños, los libros del colegio, poder colaborar con sus padres, las nuevas gafas que necesita Luis el menor de sus hijos, colaborar con los gastos de la casa. Nuevas realidades empiezan a ser cotidianas en su vida, como el ahorro, ayudas de la familia o los amigos, roperos, ayudas de los servicios sociales, cursos y cursillos para encontrar un trabajo digno.

Con paciencia y anhelo, pudo encontrar un nuevo trabajo limpiando habitaciones como camarera de piso en un hotel de su ciudad. Trabajo que podía compaginar con el de empleada de hogar, al menos al principio. Pensó que con este nuevo trabajo podía ser autónoma y poder criar a sus hijos sin estrecheces. Anhelaba también continuar con sus estudios que un día tuvo que dejar sin terminar cuando se casó, quería a su marido y primaba el negocio familiar. Ahora ya no quedaba nada de su príncipe azul que terminó con la mano demasiado larga y gastando lo que la familia necesitaba. Quería para sus hijos y para ella algo mejor. Ángela siempre había anhelado, estudiar, leer, crecer en sabiduría.  Muchos días se paraba en los escaparates de las librerías y observaba aquellos libros que leería cuando tuviera tiempo y desahogo.

Pronto se encontró con la dura realidad, a pesar de que firmó un contrato de cuatro horas por 500 euros al mes, ningún día trabajo menos de 7 horas. El contrato establecía que tenía que limpiar diez habitaciones en cuatro horas, pero la norma no escrita de la empresa para sus trabajadoras era limpiar catorce habitaciones. En las temporadas altas de turismo, llegó a trabajar más horas sin poder recibir ningún ingreso extra ni pagas extraordinarias. Ella y muchas de sus compañeras de la empresa superan con creces la jornada laboral. Se dio cuenta pronto que no se podía quejar, a la menor estaría despedida y numerosas trabajadoras esperaban en la cola del paro una oportunidad.

Cuando Ángela de manera silenciosa empuja su carro por el pasillo del hotel, reflexiona sobre su vida y recuerda todas las casas en las que había estado como empleada de hogar, a veces no muy bien tratada; las habitaciones que había limpiado y las que le habían endilgado sin estar estipuladas en su contrato, casi sin tiempo para comer, con dolores en las manos y la espalda por la sobrecarga de trabajo; así como las horas que había pasado en las paradas de autobús. Ángela seguía resistiendo, tenía que sacar adelante a sus hijos y seguir soñando. A pesar de tener un contrato laboral, ha tenido la oportunidad de sufrir en carne propia la explotación, pero también la generosidad solidaria de las compañeras en los momentos más duros del trabajo.

Sus amigas piensan que es una luchadora, con una profunda fe en la vida, sin perder su sonrisa y su determinación. Ángela siempre se preocupada por ellas, tenían también trabajos donde la dignidad no es la norma. Dependientas, cajeras de supermercado, alguna de ellas, teleoperadora; todas con hijos y con una situación laboral muy parecida a las suya. Sueldos muy bajos, altos ritmos de trabajo, falsos contratos como autónomas, temporalidad, inestabilidad, vulneración de los derechos, por no seguir. No podían llevar una vida autónoma e independiente, tirando siempre de la ayuda familiar o de los amigos más cercanos, muchas veces en riesgo de pobreza y exclusión.

A pesar de la dureza de su vida es de admirar su bondad, Ángela comparte lo que no tiene, a pesar de sus dificultades para llegar a final de mes. Sueña que su vida no será siempre así, quiere ir a la Universidad, aprender, viajar, crecer por dentro. Anhela un trabajo digno, donde no sea una mera mercancía de cambio, con un sueldo suficiente para no pasar necesidades y que sus hijos no tengan que ocultarse por no tener unas zapatillas nuevas. Un trabajo donde no sea engañada y ni explotada, con unas condiciones mínimas de salud y seguridad, sin discriminación, con derechos y con una protección para el día de mañana.

A pesar de todo, misteriosamente adorna su vida con una amplia sonrisa y, despliega un horizonte de esperanza que, a pesar de su precariedad laboral, tiene el anhelo de soñar con un mundo mejor y más justo. Levanta la cabeza y sigue adelante, con la profunda necesidad de crecer, de vivir y soñar en una vida llena de oportunidades en la que pueda ser ella misma y poder ser dueña de su propia existencia.