Martes, 25 de junio de 2019

Las ruedas de molino 

La gente de mi barrio es gozosamente madrugadora, tiene hijos pequeños, hipotecas que pagar, perros a los que pasear y sobre todo, una cierta conciencia cívica. Lo digo por lo rápido que llenan los contenedores de papel, plástico y cristal, lo digo porque alimentan a un par de gatos callejeros que son el orgullo de la manzana. Lo digo porque hacían cola para ir a votar y encima, comentaban felizmente la jugada.

Vamos todos a encestar el voto y uno entre los muchos conocidos del barrio con los que intercambio un cabezazo, un breve saludo, o más de una frase, me para y me suelta un párrafo lapidario: “Nosotros ya hemos cumplido y cumplimos todos los días con el trabajo, ahora que cumplan los políticos y que hagan la mitad de la mitad de lo que prometen”. Me confundo de mesa –no hay listas y he olvidado mi tarjeta electoral- voto y me vuelvo a mi casa con el pan y el periódico pensando en la mitad de la mitad, es decir, en lo poco con lo que nos conformaríamos.

Pasa la jornada electoral y uno se sonríe pensando en los viernes de rebajas, los viernes sociales que nos han hecho creer que se puede gobernar de otra manera, contando con lo que nos preocupa y no con lo que les ocupa. Pasa la jornada y pienso que aquí lo importante no es ganar, sino participar y decir que eres el vencedor de una jornada que nos ha enseñado, le oigo a mi chico en la charleta del móvil con los amigos, a que a los españoles, felizmente, no nos gustan los extremos. Estoy a la escucha, parece, y me gusta, me gusta oír, oír a uno de mis compañeros quejarse porque quizás este gobierno nuevo que salga de las urnas nos vuelva a castigar con otra reforma educativa de esas que lo acaban de rematar; me gusta oír que a los españoles no nos gustan los extremos; me gusta oír a la cola del pan que los del trastazo deberían dimitir sin preguntar, porque eso es lo que le pasa a uno cuando hace mal el trabajo; me gusta constatar que, a diferencia de otras ocasiones que he relatado, la gente no pasa de política, sino que la vive, la practica, la comenta y hasta demuestra más cabeza que aquellos que viven de ella. Cierto, si el resultado es desolador o cuanto menos, decepcionante, los cabeza de cartel deberían ponerla al servicio de su organización y hacerse el harakiri honorablemente. Claro que en este país la tienes que liar pero bien gorda para dimitir, pero gorda gorda… sino, ahí te quedas echándole la culpa al boogui como decían los Jackson Five. La culpa, como en mis alumnos, sobrinos e hija, siempre es de otros… mía no, ni siquiera cuando es un error evidente desenterrar jarrones chinos, poner de señuelo a gente que no sabe ni bandearse o, sencillamente, ser un poco elegante ganador que te cargas a todo el equipo de la contraria de un golpe de abanico. Vamos, que Soraya, la del PP, debe estar sonriéndose por lo bajini. Los de Pucela que tienen mucha sorna y mucha retranca castellana para que venga un mocito en edad de merecer. En este país de vez en cuando les damos lecciones a los políticos y vomitamos la rueda de molino con la que nos hacen comulgar. Y que se vayan preparando, que hay otra elección bien prontito, con lo cual, a seguir cumpliendo.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.